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La casa vacía - por Ulises Vidal
La casa vacía
Hoy Martín cumple tres años. La familia completa lo festeja en el jardín de la casa de mamá.
Olivia mueve la cola y mira fijo a los ojos a Martín, ladeando la cabeza mientas él le tira el súper oso, Bear: —¡Va! —le grita—. La Golden se lo trae y lo deposita a sus pies. Así dos veces hasta que ella decide meterse a nadar en la piscina.
La casa se fue llenando de nuevas historias que se van mezclando con las ya vividas. Cuando éramos niños, el festejo de los cumpleaños era una fiesta esperada con ansias por los tres. Mamá nos preparaba la clásica chocotorta. Invitábamos a todos los amigos de la escuela, nadie se lo quería perder. Jugábamos a las bolitas, con el trompo o a la pelota. Antes de que comience a usar el celular, me he prometido jugar con Martín todos los juegos que yo jugaba cuando era niño.
De los tres hermanos fui el último en irme de la casa familiar. Fue cuando alquilé un piso cercano a mi lugar de trabajo. Regresaba para cortar el césped, ayudar en la poda de árboles o limpiar los techos y desagües. Iba de visita los fines de semana. Era bueno compartir los ravioles caseros a la boloñesa, un ritual que nos convocaba a todos.
Pero mi madre murió. La presión arterial alta le jugó una mala pasada y le produjo un accidente cerebrovascular. La casa estuvo vacía dos años.
Nos costaba entrar. Dolía la casa vacía. Negábamos la muerte. Pensábamos que ella nos estaría esperando en su dormitorio, sentada frente al espejo de la cómoda, maquillándose. O que, en cualquier momento, regresaría de hacer las compras.
Otros de los recuerdos que me vinieron a la cabeza en estos días, son los juegos de agua en los carnavales en los que participaban mamá y papá y todos los vecinos de la cuadra. Eran verdaderas batallas campales que iban desde los pomos con agua perfumada a los baldazos en la vereda. Ahora, tomo conciencia de que lo que realmente me gustaba era no tanto el entretenimiento con agua sino las reglas no establecidas del juego, porque era una diversión en la que todos se sentían iguales. Cualquiera podía mojar o ser mojado y nunca nadie se enojó.
De a poco, la casa se llenó de polvo. Nos turnábamos para mantener la limpieza y regar las plantas. También, retirábamos la correspondencia, pero ninguno se animó a retirar la ropa de mamá o las fotos que colgaban de las paredes. Paso a paso, iniciamos la mudanza y vendimos los muebles.
Pero los hechos se desencadenaron de manera imprevista. El test de embarazo de mi pareja dio positivo. La noticia nos llenó de felicidad a Maite y a mí. En un par de meses seríamos tres. El departamento nos resultaría pequeño. Debido a nuestras posibilidades económicas, la casa de mamá era la opción más conveniente, aunque momentánea. No podía sacarme de la cabeza que volvía “con la frente marchita”. Para consolarme me decía a mí mismo: «Nada hacía sospechar que volvería, mamá, pero lo hice y no lo hice solo».
Sobre todo, tenía miedo de las noches, ya que son propicias para rumiar los recuerdos, para soltar la memoria. No pude dormir los primeros días, aunque eso cambió rápidamente. Apenas si me quedaba tiempo libre con los preparativos para recibir al bebé. Y, las habitaciones que me parecieron enormes y silenciosas dieron un vuelco con la llegada de Olivia, la perra Golden que resultó sociable y juguetona y, que llegó casi al mismo tiempo que Martín. ¡Por fin nos dábamos el gusto de tener una mascota! Sin duda, sería una compañera de juegos inseparable de nuestro hijo. Y, así fue.
—Sí, mamá, ahí dondequiera que estés, asegurate de ser feliz. Ojalá pudieras vernos. La idea de mudarnos sigue en pie, pero sin tanto apuro, porque de todas maneras tu casa nunca más estará vacía. Voces frescas interactúan con las que ya habitaban entre sus paredes, paredes que si hablaran tendrían muchas aventuras y anécdotas que contarte. Me pasa, viejita querida, que si me asomo a tu dormitorio te veo como te viera, recién llegada de la peluquería, el peinado impecable y maquillándote ante el espejo de la cómoda.
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