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La casa vacía - por Dorotea Mix
De pie frente a la puerta de entrada Sara se preguntó si no estaría cometiendo un error, pero descartó la idea rápidamente. Después de todo había quedado en encontrarse con el agente de bienes raíces esa mañana para no perder tiempo. Giró la llave en la cerradura y entró. Ya se habían llevado los muebles, los cortinados, las alfombras, las lámparas, los cuadros, todo. Caminó hasta el centro de la sala. El eco de sus pisadas la obligó a enfrentar la infinita soledad que la rodeaba. No pudo evitar estremecerse. Cerró los ojos y se quedó muy quieta. No se oían risas traviesas ni ladridos cómplices ni llegaba de la cocina el aroma de galletitas recién horneadas.
Nada. Vacío. Fin.
¡Qué pesado es el silencio!
Abrió los ojos, miró a su alrededor y avanzó con decisión. Levantó las persianas y abrió las ventanas. La luz invadió la sala y la fría brisa matutina se coló por todos los rincones. Sara se sintió mucho mejor. Mecánicamente recorrió las demás habitaciones una a una, repitiendo el mismo rito, como con desesperación, buscando exorcizar esa pesadumbre que la había aprisionado cuando entró. Poco a poco se fue relajando y volvió a respirar con normalidad. Todas las habitaciones estaban impecablemente limpias. Si no fuera por sus recuerdos, no habría sabido quien había ocupado cada una ni para qué se habían usado. Sintió que algo se le escapaba de las manos sin poder identificarlo.
De regreso en la sala se quedó mirando la pared de la chimenea. Nunca le había gustado el papel tapiz que la cubría de piso a techo. Casi sin darse cuenta empezó a imaginar. Jugó con distintas ideas. ¿Y si sacaba el empapelado victoriano y pintaba las paredes con colores pastel que potenciaran la luz? ¿Se podrían pulir los pisos? ¿Cuánto costaría modernizar la cocina y el lavadero? ¿Y renovar el baño? Paulatinamente la nostalgia que la había invadido al entrar dio paso a un frenesí creador. Su mente convirtió el cuarto de los chicos en escritorio y el dormitorio grande en sala de música y dibujo. Amplió la cocina y agregó la galería con la que siempre había soñado. Ni el jardín se salvó de su afán creativo: tenía infinitas posibilidades.
Sin saber por qué recordó los barcos que quedan fuera de servicio y, una vez reducidos a un casco desmantelado, son hundidos en aguas costeras para convertirse en hogar de corales y refugio de peces… Durante un largo rato su mirada se perdió en el infinito, como si estuviera buscando algo etéreo, casi inasible, que insistía en escapar de su comprensión.
El sonido del timbre señaló la llegada del agente de bienes raíces. Todavía sumida en ese trance inexplicable, fue a su encuentro.
— Cambié de opinión — le dijo —. No voy a vender.
El hombre trató de hacerla razonar. ¿Para qué quería una casa grande y vieja? Además, estaba muy lejos de la zona céntrica. La ubicación no era favorable. Llegó a proponer demolerla y vender los lotes por separado para sacarle más provecho. Pero por más que lo intentó ninguno de sus argumentos logró convencerla. La casa emanaba una fuerza vital poderosa. Inconscientemente Sara la percibía y, lejos de rechazarla, se hermanaba con ella.
Acompañó al agente hasta la puerta y se despidió de él amablemente, pero con firmeza. Toda la indecisión, toda la incertidumbre habían desaparecido. De pronto, se encontró sonriendo con tantas ganas que le dolían las mejillas. En un instante había comprendido con total claridad lo que quería. Ahora tenía planes: la casa y ella renacerían juntas.
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