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LA CASA VACÍA - por IGNACIO ZrgzR.
El día empieza con un café amargo y la llamada de mi hermana. Le aseguro que voy a pasar por la residencia a visitar a Esteban a primera hora de la mañana para ver cómo se está adaptando. Quiero pensar que para él aquello es mejor que la soledad de la casa vacía, con los telediarios repetidos, la baraja gastada de tantos solitarios y los libros ya leídos del círculo de lectores.
Cojo un taxi en la puerta del hotel que me lleva hasta un edificio que me recuerda a otros similares que hay en mi ciudad. El arquitecto debe ser el mismo. Me recibe una ordenanza que me avisa a la encargada.
—Su hermano está bien. Tardará unos días en adaptarse al cambio pero aquí lo vamos a tener bien cuidado.
Me lleva hasta una salita en la que Esteban está viendo la tele con otras personas de la residencia. Pienso para mis adentros que si ven la televisión a las diez de la mañana, el día se les va a hacer extremadamente largo.
Esteban me sonríe.
—¿Has pasado ya por casa? Mira en la cocina que dejé una bolsa de patatas, se van a poner malas si no las aprovecha alguien.
Le tranquilizo e intento explicarle que todo lo que hay en casa, todo lo que hemos ido dejando los que hemos ido abandonando el hogar de nuestra niñez, va a ser recogido por personas que harán lo más conveniente. No sé si me entiende, pero no reacciona. Se podría enfadar, o alegrar, pero permanece indiferente. Pienso en la enfermedad que tuvo mi madre en su última etapa y un escalofrío me recorre la espalda.
Vuelvo a coger un taxi para ir al anticuario. Me está esperando en la calle. Nos dirigimos a la casa acompañados por cuatro jóvenes en buena forma física. Ya tienen aparcado un camión en la puerta.
Dentro, el anticuario saca de su cartera una hoja escrita a mano. Firmo el contrato de venta sin apenas leer el contenido y cuento y recojo el dinero que me entrega.
Me siento en una silla de la entrada intentando no molestar a los que cargan con todo lo que hay, electrodomésticos, libros, muebles, cuadros, cortinas.
De vez en cuando el anticuario se me acerca con el inventario para hacer algunas aclaraciones sobre la historia de los objetos que se están llevando.
Envuelto en la nostalgia le enseño la cómoda con escritorio abatible y el secreter en el que mis hermanos y yo escondíamos los planos del tesoro, cuando éramos piratas y bucaneros.
El anticuario, con oficio envuelto en amabilidad, sigue reclamando mi atención. Le explico que la caja nacarada estaba descoyuntada desde que yo era niño. No le preocupa, debe ser fácil de arreglar.
Le enseño el azulejo con patrón floral y relieves azul cobalto que, según decían mis padres, pertenecía al altar de una iglesia en la que el Cardenal Cisneros había oficiado misa.
Le cuento que mi padre, ante la imposibilidad de cobrar sus honorarios por el pleito que llevó para las monjitas de Villena, se hizo con aquella colección de cuadros de la casa palacio de doña Leonor.
El anticuario toma notas acompañadas de palabras amables mientras yo pienso en qué interés pueden tener los deseos impostados de una nobleza rural venida a menos.
Cuando veo que ya me hacen poco caso y que los mozos de cuerda terminan con el traslado, me despido educadamente al tiempo que respiro aliviado.
Llamo a mi hermana, le cuento lo triste que ha sido la jornada, pero le tranquilizo respecto a Esteban. Hemos hecho lo que debíamos. Cojo un taxi para ir a la estación. En aquella ciudad ya no está mi casa.
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