Literautas - Tu escuela de escritura

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La casa vacía - por Marianela Marín

Al empujar la puerta de la entrada, se escuchó un suave chirrido que parecía haber estado contenido todos estos años.

Durante mucho tiempo creyó que el silencio de aquella casa era calma.
Solo ahora comprendía que había sido una máscara.

La vista tardó unos instantes en acostumbrarse a la oscuridad del interior de la casa. Al poco, se empezaron a intuir las paredes sin cuadros colgando. Los espacios vacíos de muebles. El aire que pesaba al respirar. Un olor a tiempo detenido. Una vida que ya no transcurría entre las paredes de la casa.

Con apenas unos pasos, las sensaciones de su vida en esa casa comenzaron a apretarle las entrañas. No esperaba volver a sentirse así. Habían pasado muchos años desde la última vez que estuvo allí. Pensaba que ya le era indiferente y que tan solo iba a hacer unas fotografías, para poner por fin la casa en venta, porque ya no formaba parte de su vida presente. Pero en realidad sentía que necesitaba que la casa saliese de su vida. Que no existiera en su vida. Que no le afectase hoy no era cierto, por más que abrigase sus recuerdos con una indiferencia fingida. Podía sentir cómo el rencor le carcomía, por las cosas que no vivió. La culpa por no haber dicho lo necesitaba pedir. El miedo cuando se sentía arropado por la calidez del afecto. Su vida le hería.
De alguna manera, evitaba lo que él mismo sabía que necesitaba.

No haber vuelto nunca no era suficiente. Había una parte de él que solo buscaba alejarse de allí. Pero no lo podía evitar, la memoria siempre encontraba un resquicio por el que volver a dejarse sentir. Una imagen, un recuerdo que brotaba con un sonido. Siempre había algo que le evocaba ese lugar.

En las paredes de la cocina tan solo asomaban las tuberías abiertas como cicatrices. No había mesa donde mirar la huella de las ollas con los guisos de su madre. La sombra del rectángulo de la pared seguía marcando el paso del tiempo, como el calendario que antes colgaba. Podía sentir el vacío de las palabras cercanas, que nunca se pronunciaron allí. La presencia de él ahogaba la respiración. Las miradas tensas alrededor de la mesa. La imagen de cuando estalló la jarra de agua contra la mesa llegó nítidamente como si estuviera sucediendo otra vez. Los cristales rotos manchados con gotas de sangre.

Con un leve giro de cabeza aparecieron ante su mirada, los grandes ventanales del salón, con las persianas cerradas que contenían los gritos que en otros tiempos se escuchaban. El tiempo había pasado, la familia que vivió allí ya no existía como tal, pero podía seguir sintiendo la fuerza de su presión intimidante.

Ahora la casa solo estaba habitada por el silencio, un silencio real, no fabricado como sucedía antes cuando él vivía en ella. El sonido del roce de las suelas de sus zapatos quebraba la quietud del pasillo vacío de carreras infantiles. Los recuerdos asomaban en cada pliegue de su piel. Adentrarse en aquel lugar, no era caminar por una vieja casa vacía, era volver a sentirse el niño que creció allí. El niño que volvía a su habitación infantil, pero que la silueta que bordeaba la tenue luz devolvía las hechuras de un hombre con los hombros vencidos.

En las paredes de su habitación quedaban las marcas de las chinchetas que clavaban sus dibujos en la pared. Al recorrer con los dedos las rugosidades que aún permanecían, las sintió clavadas, pero dentro de sí mismo. El desasosiego le hizo sentir la presión del latido del corazón. No vivir allí no había cambiado nada. El dolor seguía viviendo en el mismo lugar: dentro de él.

Había tenido que volver a entrar en la casa, para ser consciente que en realidad nunca había salido de ella, porque siempre le había habitado. No solo era la casa la que estaba vacía, sino él mismo. Estaba vacío de abrazos, de miradas cálidas, de la sensación de hogar que te reclama volver.

¿Cómo había podido no verlo? ¿Cómo había podido vivir ajeno a su propia realidad?
Ahora era consciente de que no podía huir de sentir todo ese dolor. Lo respiraba a cada momento. Le arañaba la piel. Le tensaba el cuello. Le presionaba las sienes. No solo era su cuerpo lo que sentía, sino todo lo que había vivido dentro de él.

Le vaciaba la vida.

Comentarios (7):

airun

19/03/2026 a las 11:43

Buena redacción en detalles descriptivos y emociones del relato. Por suerte la sociedad está avanzando en este tema del maltrato , pero todavia queda mucho trabajo por hacer para proteger a la infancia. No sólo quedan vacías las casas, también las familias.

JL.Martín

20/03/2026 a las 11:39

El dramatismo se percibe con abundancia en tu relato, pero tal vez podías haber descrito con mayor contundencia las razones o los hechos de tanto dolor que representa el conflicto del relato. Es una historia que consigue que el lector acompañe al protagonista, tanto cuando el personaje es niño como en la actualidad. Sinceramente me han gustado mucho los detalles descritos de los recuerdos de niño, dibujos, etc. Tal vez hay un exceso de sufrimientos del personaje en la historia. Por cierto, gramaticalmente: excelente.

Violeta Negre

20/03/2026 a las 15:49

¡Hala!Qué barbaridad de relato. Me ha gustado mucho. Ha empezado y me daba la sensación de que era un montón de palabras que poco decían; pero he visto enseguida construcciones muy poéticas y evocadoras: “la vasa que le apretaba las entrañas” o las tuberías de la cocina como cicatrices…De hecho, la intensidad y el drama suben exponencialmente en la cocina. En esa persona que creció en una casa sin amor que ha acabado creciéndole dentro del cuerpo. Coincido en qué me hubiera gustado saber qué le pasó al protagonista o conocer más detalles de los padres pero si no, no pasa nada. El relato funciona igual.
Enhorabuena.

Eliana Escudero

21/03/2026 a las 03:44

Que hermoso texto Marianela! Me quedé con un poco de ganas de saber que le pasó al niño. Algún detalle sobre lo que vivieron, más allá de la jarra. Estimo que el culpable del dolor ha sido el padre.

Muy acertado como transmite el re-descubrir el dolor recién al volver al espacio físico, la casa. Y como hay heridas que lamentablemente nunca se cierran.

Felicidades por el relato!

María Jesús

21/03/2026 a las 21:35

Hola Marianela: Me ha gustado mucho tu relato, heces unas descripciones, y narras de una manera que sientes el dolor del protagonista al enfrentarse a tantos recuerdos. Se percibe muy bien la amargura de esa persona que vuelve a la casa familiar a reencontrarse con un pasado que ha deteriorado su alma. La frase del final es muy acertada, resumen muy bien lo que has ido desgranando a lo largo de todo el texto. Muy, muy buen trabajo.

Edu, S.C.

22/03/2026 a las 10:36

Buenas Marianela!
Lo primero, muchas gracias por tu visita y por tus observaciones en mi relato. Vamos ahora con el tuyo.
Empiezo por lo que me ha gustado, y mucho. Creo que dominas de manera excelente el lenguaje y que el núcleo de la historia es potente: una persona que sigue vacía y rota por una infancia con un vacío afectivo por el maltrato del padre. Creo que consigues imágenes muy potentes: la jarra rota en mil pedazos, las chinchetas, las carreras infantiles. Ahí, en lo concreto, creo que es cuando el relato toma más fuerza.
Donde me parece que pierde fuerza es en la parte más explicativa, la de los sentimientos del protagonista. Creo que hay un exceso de abstracción e incluso de repetición de como se siente el protagonista. Estos verbos: creyó, comprendía, pensaba, sentía…creo que hacen perder peso, entidad, al relato y explican demasiado.
En mi opinión, si recortaras esa parte y redundaras más en las imágenes de lo que sucedió en la casa, hechos que el protagonista arrastra en su interior, el cuento ganaría.
En todo caso es mi opinión, tómala en la medida que te aporte, en caso contrario ya sabes.

Muchas gracias por tu relato, creo que tiene imágenes con mucho talento y una historia profunda.

Marianela Marín

22/03/2026 a las 11:40

Muchas gracias Edu por tus comentarios, me ayuda mucho ver como se recibe el texto y que trasmite, para seguir mejorando.

Saludos.

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