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La casa vacía - por Edu, S.C.R.
La casa vacía
—Es una casa muy grande—dice Carmen.
Tras la frase, que queda suspendida en el aire, pero apenas, porque tiene un peso asombroso para ser solo cinco palabras, se hace el silencio. Uno de esos que son como una rasgadura de la chaqueta cuando te giras, o el de un jarrón valioso que se hace añicos por un codo atolondrado.
Carmen, con su vestido de dos piezas y su perfume elegante, enrojece. Rosita y Sonsoles pasan el peso de un pie a otro, sin saber qué decir. Desde la repisa de la chimenea una foto tuya me devuelve la mirada y te veo en este mismo comedor, dando vueltas para acapararlo todo, diciendo esas mismas palabras: «Es una casa muy grande solo para los dos, ahora que Laura se independiza».
Me acerco al mueble y abro una puertecita.
— ¿Rummikub o parchís?
Rosita, ochenta años, pero toda energía, sonríe y saca una botella de vino.
—Lo que sea, pero bien acompañado.
El resto de la tarde los espacios de la casa se llenan de carcajadas, de esas escandalosas que van con el vino y la edad. Luego se van y me quedo sola. Cuando me acuesto, el silencio de la casa toma una consistencia real, un peso insoportable. Lo noto reptar por las frías baldosas de mármol, subir a nuestra cama y rodearme, aplastarme hasta hacerme desaparecer y, al fin, solo queda nuestra casa soñada, vacía ya del todo.
Pero amanece de nuevo y, aunque cuesta levantarse, abrir los ventanales y dejar entrar el aire y la luz, lo hago. Luego me acerco al mar y como un autómata me zambullo en él. Nado hasta que el escozor de la sal y el ardor de los brazos lo ocupan todo. El agua tapa mis oídos y durante unos minutos el mundo desaparece.
Al día siguiente vamos a Montserrat las cuatro. Rosita asciende las cuestas como un diablo, animando a Sonsoles, que suele quedarse atrás. A Sonsoles le falta su única hija. Cáncer en los huesos. Habla de ella en presente, dice que le ayuda. Carmen camina a mi lado. Me habla de su marido y yo le hablo de ti y de nuestra hija Laura y su pareja Claudia. Y de esta manera alcanzamos la cima de Sant Jeroni. Las cuatro nos acercamos a ese balcón sobre el mundo. Hace viento y frío y tras nosotras las conversaciones del resto de excursionistas se escuchan lejanas, como provenientes de otro universo. Cierro los ojos y pienso en ti. No me doy cuenta, pero estoy llorando. Siento que mis amigas me cogen de la mano y me apartan del borde. Luego nos abrazamos las cuatro y así nos quedamos un buen rato, entrelazadas, azotadas por el viento, ajenas al mundo que nos rodea y a las miradas de extrañeza.
Hoy es sábado, por fin. Nuestra hija y Claudia vienen a comer, quieren contarme algo importante.
La comida está preparada y espero ansiosa su llegada. Últimamente, cuando nos vemos, hablamos mucho de ti, recordamos viejas historias y hasta nos reímos. Sentada en el sofá, mientras espero, observo mi alrededor, las estanterías repletas de nuestros libros, la chimenea, tu butaca, en la que nadie se sienta ya. Fantaseo sobre mundos paralelos. Ante mí se desdoblan dos casas que ocupan dos planos de existencia, una vacía, donde tal vez rondan los fantasmas y donde el silencio y el polvo coexisten en lánguida armonía y la otra llena de personas, con heridas que no cierran, pero capaces aun así de seguir amando.
Pican al timbre. Me levanto con un suspiro. En los segundos que tardo en ponerme en movimiento, la casa desdoblada titila un instante y se funde de nuevo en una. Vuelve a ser nuestra casa.
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