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La casa vacía - por Madame BovaryR.
La casa vacía
El camino de entrada parece más corto ahora que cuando era niña. Tal vez sea el peso de los años. Quiero despedirme de la casa vacía, la que abandonamos hace cincuenta años y ahora pretendo vender.
Las piedras crujen bajo mis zapatos y el aire trae el olor del jazmín que sembró mami hace un siglo. Detrás de los matorrales se adivina la casa solariega y abandonada de mis abuelos y de mis padres.
Continúo caminando hasta el imponente pino que sembré con mi hermano y, unos pasos más adelante, la casa aparece frente a mí. Luce triste, como si me mirara con reproche. Mi corazón se aprieta, pero no hay tiempo para sentimentalismos. Hay que venderla. Si no lo hago ahora, ¿quién querrá comprarla cuando esté aún más arruinada?
Me dirijo a la escalera de la cocina porque siempre se entraba por esa puerta. Antes de subir reviso los espacios bajo la cocina y el comedor: baño, almacén y lavandería. Allí yo imitaba a Lucecita y a Lissette, trepada en un taburete con un palito como micrófono.
Subo la escalera con mucho cuidado y llego al balconcito desde donde miro los escalones del aljibe donde mami me preguntaba las tablas de multiplicar.
Es momento de entrar. Saco la llave y abro el viejo candado. Halo la puerta y entro a la cocina. La casa parece respirar. Las arañas y las cucarachas corren a esconderse.
La casa está vacía, pero no para mí. Los recuerdos llenan cada rincón. Me parece ver la nevera, el fregadero de porcelana, la estufa de gas y la alacena con racimos de uvas tallados en las puertas.
Abro las ventanas. Entonces llegan las voces y los olores: papi regresando de la finca, sudoroso, pidiendo su cacharro de agua; el olor del sofrito y del jamón; el sonido del arroz cayendo en el caldero; Juana y mami discutiendo quién ocupa primero la estufa; y Bernabela cantando mientras plancha la ropa de la semana.
Paso al comedor. Allí veo a una niña pequeña sentada sobre una pila de libros, hojeando con seriedad un volumen de la enciclopedia World Book. A su lado, un globo terráqueo en el que señala con el dedo. Su hermano adolescente le toma fotos. Esa niña soy yo.
Camino hacia la sala: el piano de mi hermano, la butaca reclinable de papi, el televisor. Por un momento lo veo allí sentado, fumando y mirando televisión. Entonces escucho su voz:
—Negra, tráeme un cacharrito de agua.
Los aleteos y chillidos de murciélagos y ratones me dan la bienvenida. Recorro las habitaciones abriendo puertas y ventanas. La luz entra por todas partes. La casa parece despertar. Finalmente llego al que fue mi cuarto. Allí estaba mi escritorio, junto a la ventana. Allí leí mis primeros libros sin imaginar que volvería para despedirme.
Viví en esta casa hasta los diecinueve años, cuando nos mudamos a la casa nueva. Ese día la abandonamos. Y hoy, cincuenta años después, parece seguir esperándonos.
De pronto recuerdo por qué estoy aquí. El sobre con los documentos de venta está dentro de mi bolso. Los abogados dijeron que era lo más sensato. Mis hijos también lo repitieron:
—¿Para qué quieres esa casa vieja?
Bastaría una firma. Una sola. Y todo esto —la casa, el pino, el jazmín, las voces que aún escucho— pasaría a manos de alguien que nunca supo quién fue Juana, ni Bernabela, ni el padre que pedía su cacharro de agua al llegar de la finca, ni la madre que llamaba a sus hijos a comer, ni los cuatro hijos que crecieron aquí.
Me siento en el suelo. Entonces entiendo algo que no había comprendido en cincuenta años: no vine a vender la casa. Vine a comprobar si todavía era mía. El silencio responde, pero no es vacío; está lleno de pasos invisibles y de risas que aún rebotan en las paredes.
Palpo el sobre dentro del bolso.
—No —digo en voz baja. De ninguna manera.
Salgo al balcón. El pino se mueve con el viento y el jazmín vuelve a perfumar el aire. Antes de irme cierro la puerta con cuidado, pero dejo las ventanas abiertas. Porque ahora lo sé. La casa no estaba esperando compradores. Me esperaba a mí; he venido a devolverle su nombre, su historia, su memoria. La casa ya no parece triste. Parece despierta. Y mientras me alejo, con el olor del jazmín siguiéndome como una despedida antigua, siento que la casa —por fin— ha dejado de estar vacía.
Comentarios (8):
Cristina Otadui
19/03/2026 a las 12:01
Hola, encantada de pasarme por tu relato… Allá voy 🙂
A través de un ritmo pausado y una estructura clara llena de recuerdos infantiles y reflexiones presentes tu texto envuelve al lector en nostalgia. El ambiente, la atmósfera del lugar se logra estupendamente gracias a todos los apuntes sensoriales que manejas: el pino, el jazmín, el arroz cayendo en el caldero… así, nos permites “entrar en la casa” y compartir intimidad con la protagonista.
Observo algunas cosas a mejorar.
1- “La casa vacía” se repite varias veces en frases muy próximas: la palabra “casa” has 15 veces. Podrías alternarla con sinónimos o reescribir para no perder fluidez.
2- A veces las frases resultan demasiado largas y descriptivas: busca el equilibrio y oxigena el texto: intercala frases mas cortas, quizás en los momentos de mayor tensión, o puedes jugar con la puntuación.
3- A veces demasiados nombres propios confunden si no están debidamente presentados.
4- Ojo con los conectores: cuando, entonces, pero, allí…si pasas el buscador encontraras hasta treinta y cinco “y”
En cualquier caso, tienes un buen trabajo y espero que mis comentarios te sirvan de utilidad, al final, tan solo son apreciaciones completamente personales que llegan desde un aficionado.
Gracias por escribir y compartir
¡¡Nos leemos!!
Monica Bezom
19/03/2026 a las 21:03
Hola, me toca comentar tu texto y lo hago con gusto.
A través de recuerdos anudados que despierta el recorrido por la casa, afloran nostalgias y emociones transmitidas con pulso adecuado. Los recursos descriptivos resultan todo un acierto, enganchan y hacen que cueste desprenderse de sus imágenes, de gran fuerza y belleza visual.
Adhiero a la devolución de Cristina Otadui.
Ha sido un placer leerte.
Hugo
19/03/2026 a las 21:07
Hola Madame Bovary:
Creo que es la primera vez que leo un relato tuyo y ha sido un verdadero placer. Me gustó mucho.
Para no ser reiterativo, ya que pondría lo mismo que te dijo Cristina, con otras palabras, adhiero plenamente al primer párrafo de su comentario y a la observación sobre la repetición dela palabra “casa”.
Las consignas están bien cumplidas. Destaco el reto optativo. El narrador cuenta la historia al mismo tiempo que la percibe. Es un presente real muy bien logrado de principio a fin. Hay un párrafo en la mitad del cuento, el que comienza con “Abro las ventanas.”, donde percibo un presente con un matiz distinto. Creo que estamos frente al tipo de presente denominado presente histórico. Es un presente en la forma pero refiere hechos del pasado.
Esta pequeña variación (que quizás solo ocurra en mi cabeza), junto con la alternancia con algunas conjugaciones en pasado (abandonamos, sembró, sembré, entraba, imitaba, preguntaba, etc.) y hasta una en futuro próximo (querrá), le dan buen ritmo al relato, justamente, por las variaciones rítmicas que ofrece la alternancia entre tiempos verbales.
En esta frase: ”Saco la llave y abro el viejo candado. Halo la puerta y entro a la cocina.” Creo que tanto detalle en la descripción minuciosa para entrar, ralentiza el relato.
La arquitectura del texto está compuesta por quince párrafos, de los cuales el último es el más extenso (seis líneas) y está formado por nueve frases. En general son todos bastante similares en longitud. Pero eso no es malo ni bueno, todo depende del efecto que quieras lograr. En este caso creo que está muy bien.
También es de destacar que cada párrafo comienza anunciando de qué se trata. De esa forma nos pone en tema desde las primeras palabras.
Felicitaciones por la historia que nos regalaste.
Hasta pronto.
Verso suelto
21/03/2026 a las 13:46
Hola Emma.
He leído tu relato con gran placer. En esta ocasión ha habido una gran cantidad de compañeros que se han decantado por el mismo tema, como es natural con desigual acierto. Si tuviera que decir la razón por la que el tuyo me ha gustado tanto diría que es porque rezuma autenticidad y, al poco rato de empezar a leer, ya me he identificado con la protagonista.
Un relato de diez.
Angélica Bohórquez
21/03/2026 a las 21:47
¡Oyee! Qué lindo escrito, lleno de recuerdos infantiles olorosos de jazmín,un recorrido muy bonito por el pasado para no desistir de la presente vivienda que tiene un valor familiar.
¡Hermoso escrito!
Felicidades. Abrazo
Carmen Figueroa
22/03/2026 a las 17:49
Saludos a todos:
Muchas gracias por sus comentarios y sugerencias; los acojo con beneplácito. Los tomaré en cuenta a la hora de reescribir y mejorar mi relato.
Carmen Figueroa
22/03/2026 a las 19:01
Saludos a todos:
Muchas gracias por sus comentarios y sugerencias; los acojo con beneplácito. Los tomaré en cuenta a la hora de reescribir y mejorar mi relato. A veces, por la presión de someter el texto, paso por alto esos importantes detalles.
Codrum
28/03/2026 a las 11:18
Hola, Madame Bovary;
Me quedo con la frase ; no vine a vender la casa. Vine a comprobar si todavía era mía.
Me
Parece de una contundencia bestial y muy significativa.
No he leído los comentarios. Pero como te habrán dicho casi todo, únicamente decirte que el ritmo pausado de tu texto hace que se asimilen los recuerdos .
Con el título que nos han propuesto para este taller, han salido textos muy diferentes, pero me voy con una idea que tú también has planteado. Una casa y el hogar, puede ser lo mismo o no. Tu protagonista necesita esos recuerdos de la gente que se ha ido y por ello decide no vender.
Una decisión hermosa.
Gracias por este ratito de nostalgia .