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La casa vacía - por Cristina BridgertonR.
¡Por fin ya es mayo! Es uno de esos meses que a nadie le importa a no ser que sea su cumpleaños, pero en la agencia inmobiliaria en la que trabajo es una de las épocas favoritas del año. Nuestra jefa nos asigna a cada uno una de las propiedades que más tiempo lleva en el mercado. Quien consiga venderla antes de que termine el mes, ¡se llevará un jugoso bono de nada más y nada menos que el 20% de la ganancia de la venta!
Cuando la jefa se acerca a mí para darme los papeles de la vivienda que me ha tocado, no contengo mi emoción y los agarro como si me fuese la vida en ello. Es mi primer año en la agencia, así que es mi momento para demostrar lo que valgo, más allá de vender los pisos del centro.
Tecleo la dirección en nuestra base de datos y… efectivamente, una casa antigua en una finca con la hierba crecida y poco más, literalmente, está vacía y en medio de la nada.
Es un reto, no hay duda.
– ¡Marta! ¿Qué te ha tocado? – me pregunta Jordi, uno de los indiscutibles “invictos” (nunca se le escapa una venta). Se inclina a mi mesa y le echa un ojo a mis papeles – ¡Pero bueno, te han dado una fácil! – mira a la jefa riéndose y se vuelve hacia mí– Ya verás, la vendes fijo.
Me quedo más tiesa que las fotos de la propiedad y guardo para mí mis pensamientos previos ¿Fácil? Sonrío con suficiencia, dando a entender que opino lo mismo sobre mi suerte, pero mi cabeza empieza a ir a mil.
“Inversores, tengo que ir a por inversores… ¡Gran oportunidad, casa agrietada con humedades…!” Suspiro con frustración.
Me paso el resto del día estrujándome la cabeza para actualizar el anuncio y subirlo a todos los portales de internet que conozco. Aunque, para qué mentir, eso es todo lo que he estado haciendo durante la primera semana del reto. Es en la segunda cuando empiezo a ver un rayito de luz.
– ¡Buenos días! Ajá…, sí, está disponible para visitar… ¡Claro! – hablo por teléfono con entusiasmo mientras apunto los datos en la ficha de cliente – Es una excelente oportunidad para un reacondicionamiento…
Esta escena se repite varias veces durante los próximos días, pero a cada llamada que llega, mi emoción es menor. Siempre que me desplazo hasta allí, los inversores invalidan uno por uno mis (débiles) argumentos con tecnicismos acerca de porcentajes de rentabilidad, por eso, cuando llega la tercera y penúltima semana, Jordi se acerca a animarme.
– ¿Qué, cómo vas? – me da una palmadita en el brazo,.
– Bueno, me está costando un poco más de lo que pensé… – reconozco, esperando que la tierra me trague en cualquier momento – supongo que debería limitar mis expectativas, al fin y al cabo todavía soy junior…
Su expresión se endurece. Él es uno de los sénior y sé que siempre ha visto potencial en mí, pero… debe de dar bastante lástima verme darme de bruces contra un muro por un reto que supuestamente era fácil.
– ¡Marta! – me quita de mi ensoñación y se agacha para hablarme por lo bajini – ¿Conoces la historia de esa casa?
– Pues… no. Esa información es irrelevante – dudo un momento – ¿No?
– ¿Segura? – me contesta, guiñándome un ojo – a veces los sentimentalismos ganan a los números.
Como si acabase de revelar el secreto mejor guardado de la oficina, se levanta y me deja de nuevo pensando. ¿Lo habré enfocado mal? He estado pensando mucho cómo vender la casa, pero… ¿Por qué alguien iba a querer comprarla?
Llegan los últimos días de mayo y, con ellos, las últimas visitas, pero me desenvuelvo con seguridad. Conozco esta casa como la palma de mi mano.
– Es una casa antigua y vacía, sí, pero justamente por eso podrán observar detalles llenos de recuerdos – me muevo por la estancia con soltura y señalo una de las puertas – ¿Ven estas marcas?
La pareja se acerca, achinando los ojos, sé que he captado su interés.
– Las hizo una de las familias que vivieron aquí hace tiempo, indican las alturas de sus hijos, ¿Se imaginan hacer lo mismo? – utilizo mi tierna risa comercial y prosigo– ¡continuemos! ¿Han visto este papel de pared…?
Al rato, firman los papeles de reserva y, sin saberlo, graban a fuego un aprendizaje que no olvidaré nunca. La casa nunca había estado vacía.
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