<< Volver a la lista de textos
Modo Avión - por Arc FrancesR.
Erik Holm se dirige al aeropuerto de Barcelona-El Prat el primer día de junio mientras, a más de 2.900 km, personas ultiman los detalles de uno de los congresos internacionales más importantes del sector marítimo. Más de 50.000 asistentes. Casi 900 empresas. Entre ellas, la suya.
En su cabeza todo constituye un valor. Márgenes, porcentajes, previsiones. A sus cuarenta y cuatro años, el control sigue siendo una necesidad.
A las 11:10, su coche queda aparcado en el parking preferente. Exactamente a la hora prevista.
Erik no corre. Nunca corre.
Dentro de la terminal, apenas mira las pantallas. Ya sabe que embarcará de los primeros. Que despegará a las 13:10 y en poco más de tres horas estará en Oslo.
Todo está medido.
Tras el control de seguridad, su teléfono vibra en el bolsillo interior de la americana.
Un mensaje de WhatsApp.
—¿Te has “olvidado” la corbata adrede en mi piso? Si querías volver a verme solo tenías que decírmelo… 😉 Que vaya bien el viaje, te echaré un poco de menos.
Erik lo lee apenas un segundo y sonríe. Reacciona con un corazón rojo.
Bloquea la pantalla.
Más tarde, una llamada interrumpe su podcast.
—Hola, cielo… Sí, embarco en nada. Lo de siempre: reuniones, clientes. Dale un beso a Beltrán por su cumpleaños. Siento no estar… sí, te aviso al llegar. Yo también te quiero.
Cuelga y se queda mirando la pantalla: su mujer y sus hijos, con esa sonrisa por la que dejó todo al mudarse de Lillestrøm a Barcelona cinco años atrás.
Allí tenía un equipo pequeño pero eficaz. Gente que entendía cómo funcionaban las cosas.
Aksel. Oskar. Nora, que nunca se despidió.
Y una becaria sin más, con gafas de pasta demasiado grandes para su cara y muy tímida, incapaz de sostener la mirada. Recuerda cómo alguien enseñó su perfil de modelo en redes sociales y fue la comidilla de muchos afterworks a los que ella no estaba invitada.
Ya en el avión, se sienta y revisa el correo mientras observa de reojo a las azafatas.
—Disculpe, señor Holm, debe poner el dispositivo en modo avión.
La voz le sorprende desde atrás. Se gira. “A. Elise”.
—¿Cómo sabe usted mi nombre?
Ella deja sobre la bandeja su acreditación.
—Se le ha debido caer del bolsillo.
—Cualquier cosa que necesite, no dude en avisarnos. Es usted un pasajero preferente.
Le guiña un ojo.
Ese gesto le despierta algo inmediato.
Durante el servicio, vuelve a buscarla con la mirada. Sus ojos, la piel clara con pecas, el moño tirante… parece en su sitio, pero no lo suficiente como para disuadirle.
Cuando pasa por su fila, pide una botella de licor.
Minutos después, las turbulencias obligan a interrumpir el servicio. El aviso se enciende y todos vuelven a sus asientos.
Cuando ella pasa comprobando cinturones, Erik la detiene.
—¿Puedo ir al baño?
—¿Se encuentra mal?
—Después de hablar contigo, sí. Si solo puedo verte el rato que queda, se me romperá el corazón.
Ella hace una mueca leve y se aleja. Erik se levanta y camina hacia el fondo del pasillo.
—¿Y a su mujer? —dice ella, bajando la mirada hacia su dedo anular—. ¿A ella no se le romperá el corazón?
—Está muy lejos para enterarse.
—Es usted deleznable.
Abre la puerta del baño.
Él entra detrás.
El espacio es reducido. Ella se suelta el pelo oscuro. El resto ocurre rápido, impreciso.
Al terminar, un leve ‘clic’ distrae a Erik.
—¿Qué ha sido eso?
—Nada… se me ha caído una lentilla —responde ella, colocándose la falda.
Erik no le da importancia.
—Por cierto, Elise…
—Elise es mi segundo nombre —le interrumpe—. Si antes de aterrizar adivinas el primero, quizá te dé mi número.
—Acepto el reto.
Ella sale primero, impecable. Él lo hace unos segundos después.
El avión comienza el descenso.
Erik repite mentalmente nombres que empiezan por A. Ninguno encaja.
Entonces recuerda su antiguo despacho. La puerta cerrándose.
—Sé que no eres tan tímida como aparentas.
Las lágrimas de ella. Cómo salió llorando.
El avión toma tierra y, al desbloquear su iPhone, aparece una notificación.
AirDrop.
Se sorprende. No suele usar ese sistema que permite compartir archivos entre dispositivos cercanos. Acepta.
La imagen se abre.
Es él. Subiéndose los pantalones.
El encuadre es demasiado preciso.
Y entonces lo recuerda:
Astrid.
Recuerda la frase exacta que él le dijo cinco años atrás.
La azafata se acerca, se inclina hacia él.
Ella empezó a hablar en voz baja…
—Cuidado, ahora tengo tu futuro en mis manos.
Comentarios (0)