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Silenciado a la tormenta - por Jaime de JesúsR.
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El vuelo 909, con destino a Barranquilla sobrevolaba el Caribe cuando una tenaz turbulencia comenzó a sacudir la cabina con una violencia atrevida. Los cinturones de seguridad se encendieron al instante y las azafatas corrieron hacia sus asientos, intentando lucir lo más calmadas posibles, manejando el profesionalismo. En la séptima fila, una mujer de setenta años, en el asiento de la ventana, miraba fijamente los nubarrones que chocaban con el fuselaje. A su lado, un hombre ejecutivo apretaba los brazos del asiento con tanta fuerza que tenía las orejas enrojecidas. El avión dio un salto al vacío, una caída de algunos metros, el cual generó un grito hórrido de cada uno de los pasajeros. En ese momento fue que el ruido de los motores pareció detenerse para el hombre. Ella empezó a hablar en voz baja.
—No tengas miedo, muchacho —susurró la mujer sin quitar los ojos del cristal—. El aire es solo otro tipo de tierra, y las alas son manos que saben donde apoyarse.
El joven la miró, sorprendido por la serenidad de su voz en medio del caos. Ella no rezaba, no lloraba. Simplemente relataba historias de un lugar que él no conocía: una casa con patio de mangos, el olor a salitre de la costa y el sonido de una máquina de escribir que nunca se detenía. Su voz era un hilo de seda que lo mantenía anclado a la realidad mientras el mundo exterior se desmoronaba.
—Mi esposo decía que la vida es como un libro de cuentos —continuó ella, bajando aún más el tono, obligando al joven a inclinarse hacia ella para escuchar—. Algunos capítulos son tormentosos y parece que no habrá más páginas, pero el autor siempre guarda un giro para el final.
Mientras ella hablaba, el joven sintió que el miedo se transformaba en una extraña curiosidad. La mujer le contó sobre un hombre que, tras sobrevivir a una gran tragedia, encontró el amor en los ojos de una antigua amiga y cómo, años después, su mayor tesoro era una niña que le había devuelto la vista al alma.
—Esa niña —dijo la mujer con una sonrisa tenue— hoy me espera en el aeropuerto. Y por eso sé que este avión no va a caer. Porque el amor tiene una gravedad propia que nos tira hacia donde debemos estar.
De repente, el traqueteo cesó. El avión se estabilizó en un cielo limpio y anaranjado por el atardecer. La voz del capitán anunció que lo peor había pasado. El joven soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo y miró a su compañera de asiento.
—Gracias —le dijo, sintiéndose extrañamente conmovido—. Sus palabras… me salvaron de un ataque de pánico.
La mujer le dedicó una última mirada cómplice antes de cerrar los ojos para descansar el resto del trayecto.
—A veces —concluyó ella— solo necesitamos que alguien nos recuerde que el destino ya está escrito, y que nosotros solo somos los encargados de pasar la página.
Cuando el avión aterrizó en la pista de Barranquilla, el joven la vio bajar con paso firme, lista para reencontrarse con su historia, dejando atrás el eco de una voz baja que había silenciado a la tormenta.
Ccomentarios (1):
Ignacio Z.
20/04/2026 a las 10:36
Hola Jaime. Me toca comentar tu relato. Es el primero que leo de esta serie y me ha gustado mucho. El texto es muy poético, tanto por la expresión como por la historia que cuenta. Estoy relativamente de acuerdo con la filosofía de la señora, nuestro destino está parcialmente escrito, pero algo podemos hacer para modificarlo. Pero la tranquilidad de la protagonista, su mirada con las luces largas y su bello lenguaje valen un fuerte aplauso.