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Contares de Antaño - por Osvaldo Mario Vela Sáenz
Esta historia posee unas letras amenas. Encanto de lectura que se nutre, del eterno “chismolear” de un pueblo.
Su valor de gesta escrita, trasciende por mérito propio, cual obra teatral cuyo guion, se convierte en “leyenda”.
La mejor difusión, de este género es: de boca en boca. Narradores, sin título en letras, la dosifican con su propio ingenio y picardía; dando como resultado una vivencia con chispazos variados de atrevimiento.
Yo, ante una historia filial, aporto un escenario propio a dicha “creación narrativa”.
Don Lorenzo de la Garza, escritor histórico de mi pueblo, Era parte de la familia. Su principal logro editorial, “La Antigua Revilla en la leyenda de los tiempos”. Reseña histórica, geográfica y anecdótica del municipio de Cd. Guerrero. Obra que narra a Villa de Revilla, desde el ciclo de su fundación en 1750 a la época de 1952.
“Café a la orden” es una reseña corta, crítica e indudable: nn guion atrevido y veraz sobre la vida de don Lorenzo. Este, digno representante de las letras de Revilla, casóse en segundas nupcias, con la tía Panchita Gonzales Peña, hermana de mi abuela Pilar.
Él, unióse a ella, con la creencia, que sus bienes durarían el tiempo que Dios les permitiera, y, ella con la certeza que él la mantendría.
Ambos arriesgaron sus expectativas: se equivocaron. Este desbalance entre sus creencias y certezas dio paso a una vida azarosa de desacuerdos como pareja. Pero, aun así, siempre unidos. La tía se volvió recelosa y el tío exigente.
Los cónyuges vivían en una casona de abolengo; vivienda con amplios ventanales y un patio grande con un bello y bien cuidado jardín.
El continuo trabajo de Don Lorenzo en el Archivo Histórico Municipal, entre libros y reseñas, llenaba sus mañanas con puntual vigencia. A la una de la tarde salía de regreso rumbo a la mansión de familia. Allí, lo esperaba la tía Panchita.
Desde el ventanal de la cocina, ella lo veía en cuanto abandonaba la biblioteca de sus saberes. Los años de convivencia le dieron la sabiduría de descifrar el estado de ánimo de don Lorenzo.
La tía abuela ponía todo su esmero en cumplir las exigencias del marido. Ella sabía, que le gustaba el café bien caliente. Sapiencia que la obligaba a esforzarse a prepararlo al gusto. Más, había ocasiones en que, por ofuscación, él deslizaba la tasa sobre la mesa con un fuerte regaño: "¡caliéntalo bien!"
La tía Panchita siempre imperturbable: se lo calentaba de nuevo. Sucedió un día que, debido al trabajo de la casa y el jardín, a la esposa abnegada, por docencia patriarcal, se le hizo tarde en el laborar de la cocina. Además, sus ánimos de dama algo alterados por el daño que le hicieron al jardín, un par de canes que se habían colado por entre la reja de entrada. La mañana, cumplió su tiempo haciendo corajes con aquellos animales que se rehusaban a salir y que, en su juguetear, causaban destrozos al edén de jardinería.
Debido a aquellos afanares llegó con retraso a la cocina, se puso de inmediato a calentar el café, al mismo tiempo acercó el comal a la lumbre para cocer las tortillas; recalentaría un poco de carne para prepararle unos tacos.
Apurada como estaba, lo vio salir de la Biblioteca. Su rígido caminar sin voltear a saludar a nadie le indicaba que, "Don Lencho" venía muy contrariado, Al verlo, en aquella condición tan vulnerable, una travesura pasó por su mente. Con una reacción intrépida tomó una de las tazas de peltre y la puso boca abajo en un comal ardiendo. Tal como lo esperaba, Lorenzo vociferó desde la entrada a decibelios no permitidos en aquel hogar: " ¡Vieja!, sírveme un café bien caliente".
La reacción de la tía fue por instinto: tomó la tasa directa del comal y le sirvió el café que ya hervía con sonoro burbujeo y lo posó delicadamente sobre la mesa. Confiado Don Lorenzo se lo llevó a los labios.
Lo caliente, del filo de la taza, dejó marcado un colorado rosetón bajo la comisura del labio inferior.
Fue entonces, que ella empezó a hablar en voz baja. a decibelios muy claros.
—¿Así está bien de caliente viejito o quieres que lo caliente aún más?
—Por primera vez, desde que nos casamos, creo que así está bien.
No volvió el tío Lorenzo a vociferar en la casa. o a pedir el café bien caliente, sabía que la tía Panchita tenía una receta de carácter, que podía rebasar lo ordenado.
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