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La chica del violín - por Federico Nicolás
Siente el calor en sus mejillas.
El viento entra por la ventana haciendo danzar suavemente su cabello sobre los hombros.
Mantiene el ritmo de su respiración: no debe descontrolarse.
Sus movimientos son de seda. Hay algo quirúrgico en ellos: suaves y calmados.
Sus oídos zumban mientras sus dedos caminan por las cuerdas, produciendo la más bella sinfonía.
El ruido de la puerta rompe el clima. Intenta continuar. Sabe que no podrá. La están observando. Siempre la están observando.
Su padre le besa la frente. Huele su perfume, mezclado con el sudor. Ha estado con la maldita tabla. Todo el día en su despacho. Ahora se va a La Luna.
Y todo vuelve a ese orden silencioso.
Nunca ha visto una peluca. Ni una nariz de payaso. Le encantaría conocer a Jezabel. Pero en dieciocho años nunca lo ha hecho. Se lo pidió a su padre, que se puso como loco con solo escucharlo.
Escucha a Beatriz, la enfermera que vive en su casa desde hace un año y medio. Sube la escalera a paso rápido.
Las pulsaciones de Sofía se aceleran. Deja el violín en su estuche y sale corriendo tras la mujer de delantal blanco.
Encuentra a su madre incorporada, a punto de caer de la cama. Con ayuda de Beatriz, la vuelven a acomodar.
—Te escuché tocar y quise acompañarte.
—Puedo traer el violín la próxima vez… Me asusté.
—¿Tu padre se fue?
—Hace diez minutos.
Clara agradeció a Beatriz con un gesto débil y lastimoso. La mujer se retiró en silencio.
Cuando sus pasos se alejaron, su postura cambió.
Entonces, dirigió a Sofía una mirada llena de vida.
—¿Cómo te preparas para tu gran día? —preguntó de repente.
Ella empezó a hablar en voz baja… casi agonizante.
Pero algo cambió en un instante.
Por un segundo, fue la de siempre.
La que le había enseñado la música.
La que había traído a su vida ese compañero de cuatro cuerdas y crin de caballo.
La charla fue breve.
Había algo en sus ojos que no le cerraba.
Después de dejar atrás el tema de la música, Clara Fisher pareció marchitarse frente a su hija.
Su voz perdió fuerza. En cuestión de segundos, parecía más vieja.
Acarició el rostro de Sofía por un instante… y luego se quedó dormida.
El parque de atracciones La Luna era el más grande de Sudamérica. De noche, sus luces se veían a kilómetros, iluminando un mundo entero de juegos, animales y espectáculos. Entre sus mayores atracciones estaban los hermanos Abadón, domadores de bestias, y Jezabel, la acróbata que parecía desafiar la gravedad. Para los más chicos brillaba el circo “Risitas”, aunque nada superaba a LUNÁTICO, la montaña rusa más grande del mundo.
Arnold Fisher era un hombre poderoso.
Dueño del mejor parque de atracciones del país.
Ubicado en un pueblo de mala muerte, donde él era el rey.
No necesitaba ser religioso ni político para lograrlo.
La tabla tenía todas las respuestas.
La tabla le había entregado una jugosa herencia.
La tabla le había dado una mujer con la que formar su familia.
La tabla le mostró el camino al éxito.
La tabla era su fe.
Sus voces, las más sabias consejeras.
Solo tenía que obedecer.
Sabía las consecuencias de no hacerlo.
Y, a pesar de todo…
Lo hizo.
La noche del 1 de abril de 1970, Sofía Fisher dio su primera y única función en La Luna.
Había dedicado cada pieza a su madre.
Cada aplauso. Cada grito de su nombre.
Las nubes poblaron el cielo estrellado.
El viento comenzó a crecer.
Los relámpagos iluminaban la ruta 19 más que los reflectores del parque.
Arnold Fisher sonreía desde el palco, aplaudiendo, gritando el nombre de su hija.
Clara Fisher luchaba contra su garganta cerrada.
Aferrada a las sábanas.
Beatriz dormitando en la habitación de al lado.
Los hermanos Abadón sonreían.
Jezabel también.
Había algo en esa sonrisa.
Algo que no encajaba.
Sofía terminó su acto en medio de un aluvión de aplausos.
Arnold Fisher corrió hacia ella.
Pero se detuvo.
La voz de la tabla irrumpió en su cabeza.
—Las reglas… son las reglas.
El aire se volvió espeso.
Clara.
La vio.
Aferrada a las sábanas.
Luchando por respirar.
—No… —intentó decir.
Su voz no salió.
La casa.
Humo escapando por la chimenea. Alzó la vista.
Sofía.
Inconsciente en el escenario.
La risa de Jezabel causaba escalofríos.
El 1 de abril de 1970
El pueblo de Lud fue condenado al infierno
Comentarios (3):
Pilar (marazul)
22/04/2026 a las 13:59
Hola Federico, soy Pilar tu compañera de un poco más arriba y me corresponde comentarte.
He leído tu relato, una, dos, tres…y más veces. Con lápiz y papel he anotado todos los personajes que aparecen en la historia: Sofía, Beatriz, Clara, Arnold, el padre…para hacerme una idea de lo que se quiere contar.
En primer lugar quién es el narrador: hay un narrador omnisciente en primera persona y el texto está escrito en tiempo presente. Es verdad que en ocasiones se pasa del presente al pasado: “Clara agradeció a Beatriz con un gesto débil…”
El comienzo tranquilo y musical se ve roto por la aparición del padre y ya nos vamos haciendo una idea de su carácter. En ese aspecto creo que los personajes de tu narración están bien descritos. El lector entiende la buena sintonía de Sofía con su madre, pero es difícil entender todo lo que ocurre después. Hay un cambio repentino cuando se empieza a explicar lo que es La Luna, el circo, pero no llego a entender lo que es la tabla (¿una fuerza mayor, una secta, tal vez?)
Mi opinión, Federico, es que tu historia tiene mucho que contar y para un relato corto es difícil de desarrollar. Creo, desde mi modesto punto de vista, que para llegar al lector hay que centrarse más en un episodio concreto. Es verdad que el relato tiene intriga, pero le falta orden.
En fin, espero que consideres esta opinión como positiva y desde el punto de vista de una lectora y compañera.
Un cordial saludo
Pilar
José Torma
22/04/2026 a las 18:14
Que tal Federico.
La chica del violín, ¿qué te puedo decir? Me pasó igual que a Pilar, me perdí un pelín. La narración empieza con dos frases a doble espacio y luego se compacta y no volvemos a respirar hasta el final.
La tabla, para mi es la ouija, es de lo poco que me hace sentido.
El estilo fraseado de punto y aparte, se siente rígido, militar. Son afirmaciones y me parece que, en ocasiones estaría mejor servido con un punto y seguido más que aparte.
Como Pilar lo leí un par de veces. El padre le pide a la tabla (ouija) éxito en la vida y esta se lo concede con un costo por cada acción y aquí vemos que él no es el que paga el precio, sino su familia, su casa, su patrimonio.
Un Fausto de tiempos modernos que no se detiene ante nada.
Te felicito porque lograste un relato diferente y no hagas mucho caso de mi opinión que no captó bien de que iba el asunto.
Violeta
24/04/2026 a las 14:10
Hola, Federico. Tu relato me ha resultado impactante pero como han dicho tus compañeros, no sé si lo he entendido del todo. Al igual que José Torma comprendo que la tabla es un sinónimo de ouija, que son los espíritus quienes han conseguido que la vida de Arnold Fisher esté repleta de éxitos pero quienes también reclaman un precio muy alto como es la vida de Clara, ¿no es así?. Destaco el cambio de ritmo del texto, que me encanta. En la primera parte es más convencional y también más fluido. En la segunda, se dispara con las oraciones enlazadas solo con los puntos aparte. Es como si el texto se precipitara, va a una velocidad de vértigo, pero esta rapidez contrasta con la necesidad del lector -o al menos así lo veo yo-de comprender lo que se está leyendo. Es una composición muy original. Enhorabuena.