<< Volver a la lista de textos
Cosa de magia - por Cristina BridgertonR.
El ambiente del avión se notaba cargado, como si los nubarrones negros que lo rodeaban hubiesen entrado en la cabina. De vez en cuando, las turbulencias sacudían a sus pasajeros, pero estaban demasiado acostumbrados a ese tipo de temblores como para reaccionar.
Una niña estaba acurrucada con las rodillas pegadas a su pecho, después de recibir una regañina por apoyar los pies en el respaldo del asiento delantero. A su lado, su madre la observaba en silencio por esa rendija que quedaba entre el peso que ejercían sus párpados y la hinchazón de sus ojeras.
En el otro extremo del avión y llevando la contraria a todos los humanos, un hada revoloteaba con gracia, bailando con una flor azul y amarilla que bien podría hacerle de paraguas, mientras tarareaba al ritmo de un vals conocido. Aquel brote que ahora estaba radiante había sido una vez una semilla, proveniente del mismo lugar al que hoy se dirigía.
En un determinado momento, miró hacia el pasillo. Sabía que nadie se fijaría en un pequeño destello, principalmente porque todos se habían acostumbrado tanto a la oscuridad que no podrían reconocer un rayo de luz incluso aunque les impactase de frente.
Impaciente por llegar a su destino, se permitió sacudir la flor con elegancia, dejando caer un poco de la magia impregnada en su estambre y creando una difusa visión en el aire. A través de ella se veía un paisaje natural y bucólico. Esa imagen había sido su esperanza por mucho tiempo en un lugar donde no crecían las flores.
De repente, una turbulencia más acentuada que todas las anteriores sacudió la cabina de un lado a otro. El hada chocó con las paredes, hasta que no pudo soportar la inercia y salió disparada como una estrella fugaz, lo que le hizo agarrarse desesperadamente a lo primero que encontró: la cola de caballo de una niña.
Debido al brusco movimiento, la magia que tanto había cosechado el hada se liberó por completo, rodeando a ambas y sumergiéndolas en una visión mucho más intensa que las que había invocado hasta entonces. Una montaña y un lago cobraron forma, pero también sensaciones como el calor del sol, las caricias de la brisa y el olor a rosas.
—¡Por tu culpa se va a agotar la magia! —gritó el hada temerosa, golpeando con su bracito la pronunciada mejilla de la pequeña que, mientras tanto, totalmente ajena a esa acusación, miraba el paisaje con ojos inocentes.
Fue esta mirada la que le hizo coger distancia y ver a la niña con perspectiva. Ambas venían del mismo sitio: carreteras con gravilla, olor a cerrado por un cielo infinitamente encapotado y el ruido de los aviones de aquí para allá. La diferencia era que el hada era consciente de esa realidad y se había agarrado a su flor para sobrevivir, mientras que la niña había vivido en un lugar disfrazado de hogar, pensando que eso era todo.
—¿Dónde estamos? —preguntó, mirando al hada y sintiendo curiosidad por cómo un lugar tan diferente le reconfortaba más que su propia casa.
Ella empezó a hablar en voz baja, con miedo a deshacer la visión antes de tiempo, aunque sin abandonar su tono refunfuñón.
—Este es el lugar al que nos dirigimos —puso sus brazos en jarras— ¿Coges un avión sin siquiera saber tu destino?
—Eres un hada ¿verdad? —continuó la niña— ¿qué es esto tan bonito que siento aquí?—preguntó señalando su pecho, pensando que era cosa de magia.
Entonces la flor, que estaba algo aplastada entre las manos del hada, empezó a reponerse, irguiendo de nuevo sus pétalos. El hada comprobó cómo, en unos segundos, respondía al sentimiento de la niña, convirtiéndose en algo recíproco.
—Eso, niña, se llama esperanza —contestó.
Entonces lo entendió. Esa semilla no había crecido por sus esfuerzos como hada de tierra, sino como respuesta a sus propios sentimientos, iguales a los de la niña. Quizás no se trataba de que ella viajase a ese lugar guiada por la flor, sino de que volviese con más semillas para guiar al resto.
Salieron de la visión y el avión se estabilizó, la madre de la niña la examinó con frenetismo, buscando la más mínima herida. Por el contrario, la pequeña, con el corazón cálido y una calma extraña dentro de sí, miró a su alrededor. Ya no había hadas, ni montañas, ni lagos, pero recogió de su regazo una pequeña flor azul.
—Toma, mamá, ¡una flor!
Comentarios (0)