<< Volver a la lista de textos
Aprendí a hablar en voz alta - por CLAUDIA AVILA VARGASR.
Los gritos comenzaron a escucharse fuerte. Siempre que ocurría, cuando era pequeña, me sacaban de la casa para que no supiera lo que pasaba. Pero aunque era niña, algo sospechaba. A veces, ya muy tarde, me llevaban a caminar, a hacer mandados con mis hermanos, mientras las voces subían y subían dentro de la casa.
Yo le tenía miedo a él, a mi papá. Su temperamento era fuerte, su voz dura, su rostro lleno de arrugas no por los años, sino por la vida misma. ¿Han sentido alguna vez miedo solo por escuchar murmullos de otros? Eso me pasaba a mí. La tensión llenaba la casa, y con ella aprendí a callar.
A veces salíamos al campo con mis hermanos, subíamos al camino de piedras que llevaba a la casa de mi abuelita, tropezando con cada piedra y cada hierba. Él nos alumbraba con la linterna y su grito nos hacía levantar, apresurarnos, callar.
Si, los días de semana eran uno, los fines de semana otro. Cuando él llegaba, todo cambiaba. Se llenaba de silencios, de formas únicas que no quiero que lleguen a mi memoria.
Recuerdo la angustia de mi mamá. Todos debíamos dejar de jugar, no era posible reír fuerte, ni hablar con libertad. Con los años aprendí a hablar en voz baja. Ella empezó a hablar en voz baja para protegernos del miedo, para no ser escuchada. Y sin querer, ese mismo patrón se dejó ver en nosotras, en algunas de mis hermanas, incluso en mí. Hablábamos bajo, susurrábamos secretos, cuidándonos de quienes no debían oír.
Mi mamá, sin embargo, siempre fue valiente. Diez hijos, una fuerza infinita, capaz de asumir lo que nadie veía, de protegernos con su silencio y su amor. Ella nos enseñó a sobrevivir, a mirarnos a nosotras mismas, a aprender que podíamos ser fuertes y tiernas al mismo tiempo. Aunque ella dejó de hablar bajo, los rastros quedaron, y nosotras, sin darnos cuenta, replicamos por momentos ese miedo silencioso.
Pero no solo nosotras aprendimos a callar. Mi papá también cargaba sus propios silencios, sus miedos, sus frustraciones. Con los años, he empezado a verlo desde su lugar: desde su historia de vida, sus contextos, sus formas de sobrevivir a un mundo que lo moldeó con dureza. Mis hermanos y sobrinos también tienen sus maneras de guardar palabras y emociones, de aprender a callar por miedo, vergüenza o simple desconocimiento de cómo expresar lo que sienten. No se trata de justificar, sino de entender que los silencios y las voces se transmiten en todos los géneros y generaciones.
Espero que mis sobrinas, y todas las que lean esto, nunca tengan que susurrar por miedo. Que nadie lo haga. Que aprendamos a protegernos, a cuidarnos y a mirarnos con amor y sororidad. Que nuestras voces sean fuertes, aun cuando tiemblen por dentro. Y que los hombres que nos rodean, sobrinos y hermanos, aprendan también a reconocer sus silencios, a mirar sus miedos y a transformarlos en fuerza y cuidado.
Hablamos bajo cuando el miedo nos enseña a callar, pero podemos también aprender a hablar en voz alta, a pedir ayuda, a acompañarnos. Podemos abrazar nuestra historia, reconocer los silencios que nos marcaron, y decidir que no se repetirán. Podemos crear un espacio seguro para nosotras mismas y para quienes vienen después.
Mi mamá fue mi heroína. Una mujer dura, brillante, valiente, capaz de enseñarnos con su ejemplo a enfrentar la vida con cuidado y ternura. Ella nos mostró que ser fuerte no significa ser insensible, que proteger a quienes amas requiere coraje y a veces silencio estratégico. Pero también nos enseñó que el amor, la sororidad y la compasión son armas más poderosas que cualquier grito.
Si alguna vez te encuentras en una situación donde empiezas a hablar en voz baja, recuerda: no estás sola. No es debilidad, es supervivencia. Pero no dejes que el miedo sea la única voz que escuches. Cuida tu cuerpo, tu mente, tu corazón. Protege tu alegría, tu risa, tu libertad. Cuida a quienes amas y deja que te cuiden a ti.
Porque las voces que callan no deben ser eternas. Porque los gritos y los silencios pueden herir, pero la sororidad y la comprensión sanan. Porque cada ser humano, mujer u hombre, merece sentirse seguro, fuerte y escuchado. Y si alguna vez dudas, recuerda que incluso en la sombra del miedo podemos abrir los ojos, respirar profundo y hablar, reír y abrazar la vida con todas nuestras ganas.
Comentarios (0)