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En voz baja - por Amadeo
La fiesta por el cumpleaños treinta y dos de Ethel, llegaba al apogeo entre los quince invitados, bebidas por doquier y músicas atronadoras. De pronto varios observaron a Nayra, íntima amiga de la dueña de casa, que dejó de bailar y pálida miraba perdida hacia lo alto. Su cuerpo vibraba ondulante.
—¿Estás bien? ¿Qué te pasa? —preguntó Ethel y ante la mudez total, la tomó del brazo y salieron al patio.
Entre caricias y consultas tiernas, ella empezó a hablar en voz baja, pero con inocencia verbal solo ofrecía incongruencias. Agotadas dichas palabras, Nayra pidió que fueran a su departamento dónde vive sola. Ethel dudaba, pero fueron ante la insistencia. En el trayecto Nayra comenzó a responder con certezas: que era huérfana de ambos padres desde los veinte años, que trabaja en área de ventas en AA y BB, que no quiere más novios… Respondía bien pero con voz muy baja y pausada, como si se sintiera a orillas del mundo.
En la primera visita de su amiga, Nayra le comentó su avanzar más allá del instinto, sin voluntad propia y entonces percibir mentalmente, predicciones con plazos diferentes. Ante la mirada plena de bondad acongojada de Ethel, ella, con el rostro encendido por la excitación, le confirmaba que las profecías más cercanas, se habían cumplido con exactitud.
—¡Contame una! —pidió Ethel.
—Sí, amiga mía. La primera fue: tres días antes supe que el miércoles tropezaría en una vereda al ir a trabajar. Y así fue. En ese momento recordé el haberlo sabido con anticipación.
—¡Increíble! Contame otra…
—Veremos si acontece. Predigo que este domingo durante la mañana, no tendré gas para cocinar. Recién a la noche volverá el servicio. Te llamo y te cuento si fue así. No sé por qué me ocurren estas “locuras imaginadas”.
—Yo tampoco lo sé. Veremos…
Ante dos pocillos con café tibio, conversaron sobre la fiesta de cumpleaños. Las risas y anécdotas se superponían.
En visitas alternadas entre ellas, Nayra le contaba las nuevas predicciones —confusas o con detalles, algunas a largo plazo, varias preocupantes, otras livianas o hasta podría decirse “graciosas”.
Ethel, confundida en sus laberintos conceptuales se preocupaba al escuchar los relatos de las imágenes muy dañinas, al suponer que se concretarían al igual que las ya acontecidas. La más doliente fue la predicción de que Nayra, el día doce de mayo del año en curso —dentro de noventa y dos días—, sería despedida del trabajo sin causa justa e indemnizada según la ley.
Vigente en su mayor potencia, el día trece de mayo, la expectativa dejó de existir por haberse cumplido con precisión. Ambas habían agotado sus esperanzas. Bloqueada y sin trabajo, Nayra cada día hablaba con voz más baja. En algunos momentos era casi inaudible: apenas superaban un murmullo ingenuo.
Ethel, por no entender cabalmente lo dicho por su amiga, y por la tensión que se sumaba cuando pedía que le repitiera las últimas predicciones, comenzó a distanciar las visitas que eran para ayudarla económicamente.
Nayra invadida por la inercia de su angustia ondulante, se sabía rodeada por predicciones desechables, pero una madrugada estando insomne, lo que llegó a intuir la rigidizó. Supo que se presentaría a los seiscientos dieciocho días, durante esa media mañana, tal vez soleada y ella en plena soledad. Quiso descubrir otros pormenores. No lo logró. Solo le restaba esperar la fecha maldita..
A las 10:30 horas del día prefijado por el destino, hacía ya casi dos años, Nayra enmudeció al perder la memoria en su totalidad, tal lo previsto por ella misma: el perverso vaticinio que nunca contó a su íntima amiga Ethel.
Esa noche, entre amalgamas de terror y estupor, Nayra lloró sin lágrimas y se liberó de crear sus futuros personales.
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