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ATERRIZAJE NO PREVISTO - por IGNACIO ZrgzR.
Si supiera cómo, le hubiera pedido perdón, pero me temo que cualquier explicación resultaba superflua.
Aproveché la tregua impuesta por las instrucciones de aterrizaje del sobrecargo. Ordené mis cosas para evitar olvidar algo. No quería sumar al desgarro de la separación el bochorno de los objetos olvidados.
Julia despertó, me miró y le sonreí. Pensé para mis adentros que me estaba comportando como un traidor. ¿Pero de qué iba a servir preparar el terreno con gestos desagradables? Todo drama tiene su momento y el nuestro iba a llegar en el aeropuerto del Prat. Esta vez estaba completamente decidido, se separaban nuestras vidas: tú a Boston y yo a California, o por ser menos peliculero, tú a la casa de Gracia y yo con mis padres. Ser el que toma la iniciativa del divorcio me obligaba a renunciar al domicilio común. Mala suerte. Pero a cambio, con mis padres iba a tener el frente doméstico resuelto.
Nos levantamos de los asientos cuando nos llegó el turno y con los nervios por poco me olvido de la maleta de cabina. Iba pensando en hablar con Germán. Aunque su especialidad es el derecho laboral suponía que sabría llevar una separación por mutuo acuerdo. No esperaba que Julia pusiera problemas por acudir a un abogado amigo mío.
Iniciamos el recorrido laberíntico que tienen los aeropuertos grandes. Al ritmo de paseo que impone ir arrastrando las maletas se iba desarrollando la particular cuenta atrás hasta el momento de la verdad. Era mejor así, breve, quirúrgico, sin escenas innecesarias, en medio de cientos de viajeros que van y vienen mientras nuestros destinos se separaban.
Enfilamos el pasillo que lleva a la zona de taxis, respiré hondo y le sonreí poniendo mi mejor cara de circunstancias. Comprobé que llevaba los pañuelos a mano en el bolsillo, nunca se sabe cómo puede reaccionar alguien que es abandonado. En ese momento ella empezó a hablar en voz baja. Sus palabras se mezclaron con los anuncios de megafonía y no entendí qué me decía. Le tuve que pedir que repitiera. Con esa naturalidad que siempre me había cautivado, manteniendo el tono bajo de voz pero hablando más cerca de mi oído derecho, me explicó que todo había terminado entre nosotros, que no buscara culpables, que así es la vida; que este viaje con tantas horas de silencio le había confirmado que no podíamos continuar juntos.
Empecé a respirar muy deprisa y le miré con cara de sorpresa. Julia, con mucha tranquilidad, me indicó que se iba a quedar con el piso del barrio de Gracia, que estaba segura de que yo estaría mejor en casa de mis padres, que los detalles ya los arreglaríamos, que se había asesorado con la letrada de su empresa que tenía experiencia en estos temas y que yo podía hablar con mi amigo Germán si no lo tenía claro.
Noté que la cara me ardía. Quise consolarme con el argumento de que yo mismo estaba maquinando la separación ¿Qué cambiaba que lo propusiera ella o que lo dijera yo?
Instintivamente saqué el paquete de pañuelos del bolsillo. Me miró con una sonrisa en sus ojos.
Balbuceando le dije que estaba de acuerdo, que yo le iba a sugerir hoy mismo hacer un paréntesis en nuestra relación. Me sonrió afectuosamente mientras detenía un taxi y en su cara vi que no me creía.
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