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Error de Principiante - por Ana Laura PieraR.+18

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Error de Principiante.
El abordaje del avión fue caótico como siempre. En el estrecho pasillo, que olía ligeramente a combustible, los cuerpos sudorosos de los pasajeros se rozaban mientras batallaban para acomodar maletas en los compartimentos superiores.

La mujer junto a mí, sentada del lado de la ventanilla, era una joven treintañera de pelo largo y facciones agradables. Meditaba o rezaba, pues tenía los ojos cerrados y estaba inmóvil. Me llamó la atención un anillo plateado en su mano izquierda, con una enorme piedra negra que bien podía ser ónix u obsidiana.

El avión carreteó hacia la pista. Se detuvo, y los motores rugieron preparándose para el despegue. Miré de reojo a mi compañera, quien seguía en «meditación». La aeronave aceleró y en el momento en que se elevaba, sentí su mano buscando la mía y, al encontrarla, ejercer una presión desagradable y húmeda contra mi piel. La volteé a ver, extrañado. Ella me miraba con los ojos muy abiertos y una expresión de terror en el rostro. Retiré mi mano con brusquedad.

La nave se estabilizó en el aire. Los viajeros se relajaron, dejándose mecer por el suave murmullo de los motores. Ella empezó a hablar en voz baja:

—Creo que he cometido un error de principiante.

La miré sin entender. Ella bajó la mirada y acarició la enorme piedra negra de su anillo, casi con devoción.

—Este anillo es una reliquia mágica que potencia conjuros. Yo creí lanzar uno de protección, pero pienso que lo dije mal, e hice lo contrario. Quizás no lleguemos a destino.

El aire se espesó entre nosotros. Afuera, el avión sobrevolaba un banco de nubes blancas y algodonosas.

—Me toma el pelo —dije, aunque su angustia era convincente.

—Soy una aprendiz de bruja. No ponga esa cara; la brujería existe. Son prácticas espirituales que…

—Le ruego que no siga, por favor.

Se encendió el aviso de cinturones y el capitán anunció que tendríamos turbulencia. La luz menguó, el avión dio varios saltos y por la ventanilla vimos relámpagos. Los rebotes y giros se intensificaron. Aquello se estaba descontrolando. Cayeron las mascarillas de oxígeno y la gente se lamentaba. Ella me miró como diciendo: «¿Lo ve?».

Jalé la mascarilla y me la coloqué. La aeronave vibraba, se oían golpes sordos, fuertes. A ratos los motores hacían un sonido agudo, como de sirena. Cerré los ojos; sentía sequedad en la boca y noté que transpiraba. Algo helado rozó mi brazo derecho, ¡era el anillo! Y ahora, no era negro, sino blanco azulado.

—¡Aleje eso de mí! —le dije quitándome la mascarilla y señalando el extraño objeto. Ella lo miró asustada y se lo quitó.

—¡Hay que deshacernos de él! —dijo gritando.

Ignoré lo que consideré una locura. Miré hacia la ventanilla. Entre las ráfagas de lluvia, vi algo caminar sobre el ala. Era una figura pequeña, como un niño, y volteaba a verme con ojos llameantes. Me estremecí. Cerré los ojos con fuerza y cuando los abrí, ya no estaba. ¿Lo había acaso imaginado? Las luces parpadeaban y las sobrecargos pedían a gritos que nadie se levantara de su asiento. Me pareció estar viviendo una pesadilla.

La chica había envuelto su mano en el cinturón de seguridad y con la hebilla trataba, frenética, de golpear la piedra. Abrí la mesa de servicio, solo un poco, y le hice señas de que pusiera el anillo en uno de los bordes. Cerré la mesa de golpe contra el seguro. La piedra estalló en pedazos y, junto con un crujido seco y potente, se oyó también un grito extraño que no tenía nada de humano y que me heló la sangre. Terminamos cubiertos por astillas de cristal de color oscuro.
Las sacudidas persistieron un poco más, pero con menor intensidad; las nubes oscuras dieron paso a un cielo limpio y luminoso. La gente suspiró aliviada.
El resto del vuelo la chica se lo pasó dormida y yo me preguntaba: ¿Qué diablos había sucedido?

Ahora procuro abordar al último momento después de observar bien a todos los pasajeros; siempre temo encontrarme a alguien portando un anillo parecido.

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