Literautas - Tu escuela de escritura

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ERA UNA CITA A CIEGAS - por SABAS EFRAIN BOU

Empezaba el día definitivo. Ella se encontraba emocionada y excitada solo de pensar que en unas horas lo vería al otro lado del mundo. Tenía muchas cosas que preparar antes de ir al aeropuerto, con destino a Venecia, donde se suponía le esperaba la persona que podría ser el amor de su vida. Desayunó rápidamente sus tostadas con aguacate y tomate natural, su vaso de leche con avena y su huevo duro. A continuación subió al cuarto de baño para asearse y darse una ducha. Eran las diez de la mañana y el avión despegaba a la UNA por lo que debía darse prisa, pues tenía que estar a las doce para facturar y poder tomar un café antes de embarcar. Hizo la maleta , colocó los elementos fundamentales de aseo en la mochila de viaje, volvió al baño a darse los últimos retoques cosméticos y salió precipitadamente a la calle para coger un taxi que le llevara al Aeropuerto Internacional John F. Kenedy. Su corazón latía rápidamente pues el stress que suponía la circulación de Nueva York podría ser la causa de perder el avión. En la zona del Alto Manhattan, y después de 15 minutos de espera, pudo detener un “boro taxi”. En el momento que hizo ademán para coger la maneta notó una mano, que a la vez que ella, intentaba abrir la puerta del coche. Giró rápidamente la cabeza y vió como un atractivo hombre intentaba apoderarse también del vehículo. –Perdone señorita- replico el extraño. – cogeré el próximo.-
Con una mirada y una sonrisa de agradecimiento, ella entró precipitadamente en el taxi. Ahora solo quedaba el maldito tráfico de la ciudad para llegar a tiempo al aeropuerto. El taxista se bajó del coche para poder introducir el equipaje en el interior del maletero, y volvió de nuevo al asiento del conductor para iniciar la marcha.
-¿A donde vamos, señorita?- le preguntó.
– Al JFK- respondió ella. Rápidamente puso el intermitente para indicar que se incorporaba al tráfico y comenzó la carrera. El conductor, como la mayoría de los taxistas neoyorkinos, procedía de Bangladesh. Era un muchacho joven y bien aparente , lo que atrajo la atención de ella para poder entablar la típica conversación que distrajera el largo trayecto que debían recorrer hasta llegar a su destino.

-¿Cuánto crees que tardaremos?- pregunto inquieta. Pienso que en media hora llegaremos a nuestro destino –contestó el chófer cortésmente.-
– Llámeme Niloy- dijo.
– Oh, muy bien. Yo me llamo Susan- dijo ella.
Continuaron ambos relajadamente charlando sobre sus vidas, mientras avanzaban a trompicones por el odioso tráfico hasta que llegaron al aeropuerto. Ella se bajó del taxi, recogió sus maletas, se despidió de Niloy muy amablemente después de dejarle una generosa propina, y se dirigió a los mostradores de facturación para depositar su maleta. Objetivo cumplido, pensó mientras se sentaba para tomar un café que la tranquilizara.
El avión despegó a la hora prevista dirección a Italia. El viaje iba a ser largo por lo que tomó la decisión de reclinarse sobre el asiento, y dormir un poco después de tanta tensión en su cuerpo. A mitad del viaje se despertó, ya que su cerebro había estado constantemente generando esa “ansiedad”, que le suponía la incertidumbre de una cita a ciegas y ella empezó a hablar en voz baja sobre la posibilidad de un fracaso en la cita, por un lado, y por otro la de haber podido perder la oportunidad de conocer al galante y atractivo individuo que le cedió el taxi, el que no pudo quitarse de la cabeza.
Se instaló en el hotel, contactó por e-mail con la supuesta cita que le intranquilizaba, pues nunca había conseguido una foto del mismo a través de los múltiples contactos que habían tenido en las redes sociales.
Llegó al “Ristorante Quadri” en la plaza de San Marcos; se sentó en la mesa que habían reservado y esperó durante dos horas la llegada de la supuesta cita. Nunca se presentó. La situación era patética. Se sentía estafada y por sus mejillas resbalaban unas ligeras lágrimas de humillación, mientras abandonaba el restaurante.
– ¡Señorita, se le caído esto¡- resonó una voz a su espalda. Se giró mientras se enjugaba la humedad de sus ojos y su rostro se transformó súbitamente ante la sorpresa que observaba delante de ella: era él, alto, elegante y atractivo. El hombre que le cedió el taxi.

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