<< Volver a la lista de textos
AAL109 - por MORGAN H. FREEMANR.
Última llamada a los pasajeros del vuelo AAL109 a Nueva York. Embarque por la puerta 3
Soy el último en cruzar dicha puerta. Y sabiendo que no ibas a venir a despedirme mantuve hasta el último momento la esperanza de verte.
Subo mi maleta al portaequipajes y saludo a la pareja que ocupan los asientos central y de ventanilla. Me contestan apenas con un leve gesto con la cabeza. Él es alto, corpulento, de alrededor de sesenta años. Lleva un sombrero tejano y gafas oscuras, viste ropa deportiva pero cara y tiene los labios curvados hacia abajo. Parece constreñido en el asiento de la ventanilla, por la que ahora está mirando. Ella, rubia y de ojos azules parece mucho más joven que él. No es muy alta y su silueta curvilínea, le impide ser esbelta.
Cuando tras el despegue, con el consabido pitido nos desabrochamos los cinturones de seguridad, él exclama:
—¡Qué ganas tengo de llegar a casa! Esta semana se me ha hecho eterna.
—Lo siento Marcus —dice ella con una sonrisa tensa, artificial— pero me prometiste estas vacaciones. Y también que te replantearías lo tuyo con Linda.
—Lo de Linda no tiene marcha atrás, querida —contesta él levantando la mano para atraer la atención de una azafata— dentro de dos semanas estaré casado con ella.
—¡Podría ser tu hija!
—Eso dijeron también de nosotros hace cinco años, y a ti no pareció importarte.
—Pero, me prometiste…
—Yo no te prometí nada. Ya me has sacado en estos días tres meses extra de asignación.
Él tiene una voz grave, categórica, inapelable. Ella aguda, desapacible.
Siento el abandono de esa mujer como pude sentir el mío la última vez que nos vimos.:
—Cuando vuelvas de Nueva York hablamos. —Me dijiste— Nos vendrá bien tomarnos un respiro.
—Por favor Marcus ¿qué va a ser de nosotras? ¿de mi hija? Hazte cargo.
Ella está al borde del llanto, pero su rostro no lo refleja. Él mira por la ventanilla y trasiega el bourbon que le han servido.
—Trabaja querida. Eras actriz y cantante. Actúa, sirve copas, prostitúyete. Ya no es problema mío.
—Marcus, por Dios te lo pido. Deja que nos quedemos en la casa, aunque estés con ella.
—El martes firmamos los papeles del divorcio, y el viernes ya no os quiero en mi casa ni a ti ni a tu hija.
Marcus, satisfecho como quién ha resuelto un problema, apura un trago y se sirve otro. Ella mira al frente y gruesas lágrimas recorren su cara. Yo la miro de soslayo e imagino que cuando vuelva, mi novia quizá tenga preparados también mis papeles.
—Pero ¿adónde vamos a ir? Y con lo que cuesta el tratamiento de la niña.
—Mira Helen, —contesta él, con la voz un poco pastosa— yo no te obligué a casarte ni a dejar tu trabajo. Te he pasado una generosa asignación durante todo este tiempo con la que ahora, si te hubieras administrado bien tendríais una pequeña fortuna. Pero tu pensaste que esto era para siempre, y la dilapidaste en joyas, ropa y clínicas de estética. Ahora te toca responsabilizarte. ¡Espabila!
Marcus reclina el asiento, se pone el sombrero sobre la cara y al momento empieza a resoplar. Helen se seca las lágrimas y parece recomponerse, se sirve un bourbon y lo bebe a pequeños sorbos. Me mira extrañada, como si me viera por primera vez y me sonríe levemente, algo sonrojada diría yo, como sorprendida en alguna falta.
Le pide a la azafata un café solo, con dos azucarillos —a mi marido le gusta muy dulce, explica— y añade un polvo blanco que ha sacado de un diminuto cucurucho de papel; cuando lo tiene listo despierta a Marcus y se lo ofrece. Él se incorpora, lo bebe en dos tragos y vuelve a recostarse en el asiento.
Pasados unos minutos ella empezó a hablar en voz baja:
—Escucha querido —le dice girada hacia él— te quedan unos 15 minutos de vida.
—Como ya habrás notado, has perdido el habla a causa de la parálisis —le explica mientras Marcus boquea sin articular sonidos— pero no te preocupes que no vas a sufrir; tras unas cuantas convulsiones se parará tu corazón. Ah, y para cuando tu cuerpo llegue a la mesa de un forense, la aconitina ya habrá desaparecido de tu organismo.
Mientras inexpresiva, me clava en los ojos su mirada azul, grita hacia dónde están los auxiliares:
—¡Socorro! Creo que mi marido ha sufrido un infarto.
Comentarios (0)