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Última llamada de embarque a Mexico DF - por LysnaR.

Necesitaba volver a reencontrarse con Adolfo Suarez. El aeropuerto, no con el político. Aunque de manera acertada pensaron en nuestro primer presidente de la democracia como suelo, como realidad, como sueño, capaz de aguantar tormentas y controlador de los distintos destinos evitando colisionar. Para Susana, Barajas es el lugar más cercano donde sentir la paz. Su hermana ya sabe que cuando se muera quiere que esparzan por allí sus cenizas. Es el lugar donde ha sido más feliz. Lo primero que hace es mirar todos los destinos en la pantalla, se imagina en cada uno de ellos y fantaseaba con colarse en otro avión como hizo Kevin en el vuelo Nueva York.

Tras pasar el control rápido sin colas, se dirige a la sala Dalí de la T4 con tiempo suficiente para desplegar ritual. Ella sigue llevando tacones de aguja y un traje de raya diplomática desentonando en esa sala llena de gorras Gucci, conjuntos deportivos de Alo y zapatillas On. Los tiempos cambian, aunque ella se resista. Camina segura y altiva por la sala, toma una copa cava y lo acompaña de aceitunas Kalamata, galletas saladas y tortilla de patata. Ya no puede tomar una revista de viajes que tanto le gustaba. Las sustituyeron por un kiosko digital y lo digital ganó. Nadie lee en la sala, sólo se ve un dedo haciendo scroll. La gorra tapa la cara, los grandes cascos las orejas y las gafas la vista. Sólo se ve un dedo, haciendo scroll. Susana abre su pesado portátil, se pone a escribir correos electrónicos tecleando firme y segura. En medio del éxtasis del sonido de las teclas se da cuenta que su vuelo a México DF ya se encuentra embarcando.

Toma su maleta de cuatro ruedas y se mueve ágil hacia la terminal de salida. Ese es el momento que más le gusta, cuando se salta todas las colas ostentando su tarjeta Platino. Se siente alguien importante. Accede inmediatamente con su acceso prioritario a la parte delantera de Business. La sorpresa viene cuando se percata de que esta vez no va en ventana le ha tocado asiento central. Con la nueva distribución de asientos se sienta pegada a otra persona como en los vuelos económicos. No se queja a la sobrecargo con el cambio de última hora porque se ve a su lado a un apuesto argentino de mediana edad bien vestido con camisa. Se saludan porque les tocará compartir unas diez horas juntos. En cuanto el avión despega y las señales se lo permiten, saca su portátil que le hace sentirse tan importante. Ella le mira de reojo, él lee a Kazantzakis.

Es cuando la azafata pasa con las toallitas calientes, al quemar demasiado los dos instantáneamente exclaman ¡Ay!, se miran, sonríen y comienza la charla. Él se presenta, se llama Mario y es socio en una gran consultora estratégica. Le pregunta que ella a qué se dedica que le había visto trabajando intensamente. Y de repente, ella empezó a hablar en voz baja. Se dio cuenta que estaba hablando en voz baja, se ruborizó, se bloqueó, se mareó. No fue posible llegar al destino manteniendo su mentira. ¿Por qué no fue capaz de decir en voz alta y firme que era la directora, la CEO de la multinacional farmacéutica más grande de Europa? No pudo tener la seguridad, esa voz baja la delató. De nada valieron sus tacones con tiritas, su traje sacado del armario, sus mails a ninguna parte. No era nada. Toda su vida consagrada a ser tres letras que se le habían esfumado.

¿Qué haría cuando se agotasen sus vuelos por puntos que le hacían seguir sintiéndose especial y camuflar su fracaso? No había rumbo, ni destino. “Por favor, abróchense los cinturones, estamos atravesando una zona de turbulencias”. Despertó. Cruzó unas pocas palabras más con Mario y tomó su tarjeta de trabajo. Prometió que le escribiría, sabiendo que nunca ocurriría. Aterrizaron de madrugada en México DF. Al salir se olvidó el portátil, los tiempos cambian.

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