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La soledad del grito - por Guillermo Cédola
El estruendo de su propia voz era lo único que Julián sentía como real. Subido a aquel banco de madera gastada, en el centro del parque, sus palabras caían sobre los paseantes como una lluvia ácida. Gritaba a los cuatro vientos lo que él llamaba sus verdades: la falta de compromiso de los jóvenes, la frialdad de los vecinos, la manera en que todos, sin excepción, hacían mal las cosas.
Su voz, potente y cargada de una amargura antigua, buscaba desesperadamente un eco que no llegaba. Era la soledad del grito: esa necesidad de elevar el tono cuando uno siente que el mundo se ha vuelto sordo a su existencia. En su afán por señalar el error ajeno, Julián se había construido un pedestal de juicios que, aunque lo hacían sentir superior, lo dejaban terriblemente solo. Cada frase condenatoria era un ladrillo más en el muro que lo separaba de la ternura.
Elena lo miraba desde un sendero cercano, con los ojos empañados por una mezcla de compasión y nostalgia. Ella no veía a un juez implacable; veía al hombre que alguna vez supo recitar versos al oído, al niño que todavía habitaba en ese cuerpo cansado y que gritaba porque tenía miedo de ser invisible.
Julián la vio acercarse. Tomó aire, preparándose para lanzarle a ella también alguna de sus verdades afiladas, alguna corrección sobre su puntualidad o su silencio. Sin embargo, al verla caminar con esa suavidad que el tiempo no había podido arrebatarle, el aire se le quedó atrapado en la garganta.
Elena no se detuvo ante el estruendo. Atravesó el círculo de curiosos y llegó hasta la base del banco. Con un gesto de una dulzura infinita, extendió su mano y la puso sobre los dedos de Julián, que apretaban con fuerza el respaldo de madera. Fue un contacto eléctrico, un puente tendido sobre un abismo de soberbia.
Él, desarmado por la calidez de esa mano que conocía cada una de sus cicatrices, bajó del banco. Ya no había púlpito ni audiencia, solo dos personas en el atardecer que empezaba a teñir de rosa las copas de los árboles.
Se acercó un poco más, reduciendo la distancia hasta que sus hombros se tocaron, Ella empezó a hablar en voz baja. Aquel susurro fue suave, pero cargado de un amor que no necesitaba volumen para ser inmenso.
No hubo una sola palabra de reproche por el espectáculo en la plaza. Ella le habló de la luz de la tarde que entraba por la ventana de la cocina, de cómo el jazmín del patio había florecido por fin esa mañana, y de que ya era hora de volver a casa para compartir un té, como lo habían hecho durante los últimos cuarenta años.
—Tus verdades son muy grandes, Julián —le dijo casi al oído, con una voz que sonaba a caricia—, pero nuestras cosas pequeñas son mucho más fuertes. El mundo no va a cambiar porque le grites, pero mi mundo cambia cada vez que me miras con paz.
El tono de Elena era entrañable, lleno de esa sabiduría romántica que entiende que la verdadera victoria no es tener la razón, sino tener un refugio. Le habló de la manta que los esperaba en el sofá y del libro que estaban leyendo juntos, recordándole que, fuera de ese parque hostil, había un universo minúsculo donde él no necesitaba ser perfecto para ser amado.
Julián sintió que el nudo de su garganta se deshacía. Las "verdades" que hace un momento le parecían vitales se volvieron ceniza frente a la dulzura de aquel murmullo. Entendió que había pasado la tarde intentando corregir el paso de los extraños, mientras se olvidaba de caminar junto a la única persona que conocía su verdadera esencia.
La soledad del grito se evaporó, vencida por la intimidad de un secreto compartido. Julián entrelazó sus dedos con los de Elena, sintiendo que esa conexión valía más que cualquier discurso. El hombre que hace unos minutos juzgaba al mundo ahora solo quería proteger el pequeño pedazo de cielo que ella le ofrecía.
Se alejaron lentamente por el sendero, dos siluetas recortadas contra el sol poniente. Ya no se oían gritos. Solo se escuchaba el crujir de las hojas bajo sus pies y el rumor constante, dulce y bajito, de una mujer que seguía contándole al hombre de su vida que, a pesar de todo lo que hacían mal los demás, ellos seguían haciendo las cosas bien.
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