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Nunca fueron estrellas - por Enzo Farías MolinaR.

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Pasaron tantas, pero tantas horas hasta que finalmente informaron por los altavoces del aeropuerto que el avión por fin despegaría, que más que un alivio, la noticia parecía ser otra falsa alarma. Era la cuarta vez que lo anunciaban, pero al menos, ésta sería la vencida. A esas alturas ya me daba un poco lo mismo volver a Chile que quedarme durmiendo debajo de algún puente otro par de días allá en Madrid. Nadie dio una explicación por el retraso. Ni siquiera había mal tiempo, es mediados de agosto, pleno verano europeo. Al menos ya dejamos Barajas atrás. Serán catorce horas y estoy tan cansado que no creo poder dormir. Mataría por un cigarro. Un cigarro y una birra. Mataría por haberme quedado con Marta en Argüelles. En cambio, estoy encerrado en este armatoste de fierros, rodeado de gente que no conozco y con rumbo inevitable de colisión: mi triste realidad sudaca. Igual aquello de la «colisión» no es una buena analogía cuando se va a miles de pies de altura cruzando el océano.

Pienso en Marta. En la boca de Marta, en cada escondrijo de su cuerpo. Y de golpe recuerdo nuestra última escena. Nuestra pésima última escena. En aquel pobre diálogo que parecía sacado de una película barata. En los gritos y reproches que nos escupimos a la cara, innecesariamente violentos, sobreactuados. Y aquel portazo que me sacudió la espalda: dramático, casi vulgar, infestado de ojos asomados acompañando mi paso por el corredor hasta el ascensor. Ni hablar de mi escena en el taxi rumbo al aeropuerto, solo faltó la lluvia y una canción penosa como telón de fondo para los créditos finales del culebrón, y así redondear lo que fue, sin dudas, un completo cliché. Todavía debe estar odiándome. Yo también.

Hastiado, con unas insoportables ganas de salir corriendo, pensé en ir y encerrarme un rato en el baño, pero la señalética mostraba en letras rojas: «ocupado». Estaba inquieto. Un calor extraño me cruzaba desde los pies hasta la garganta. Para distraer un poco la mente me involucré de oído en la conversación que mantenían dos señoras que iban a mi lado. Una de ellas, en un muy mal español, le comentaba a su interlocutora, que todos los años en estas fechas viajaba a Chile en busca de alguna información sobre su hermano, desaparecido durante la dictadura. Me da la idea de que la otra era periodista, por las preguntas y la grabadora. Fue entonces que aquella supuesta entrevistadora descubrió mi intromisión y le lanzó una mueca acusatoria a su compañera. Ambas me miraron, en tanto yo, evidenciado, con las mejillas incendiadas solo atiné a despacharle—a la más vieja—una sonrisa mecánica. Allí todo cambió, ella empezó a hablar en voz baja y no pude escuchar más.

Baño desocupado. Escapo.
Corro, salto, trepo y vuelo. Entro, pongo el seguro. Pienso en que es un buen momento para recordar a la Marta de antes del drama.

*

No sé cuánto rato habré estado encerrado en el baño. El asunto es que, al salir, advertí cierto revuelo entre los pasajeros. Todos estaban asomados a las ventanas. Un leve brillo se colaba y permitía diferenciar siluetas en la penumbra. Pensé que se trataba de auroras boreales. Apuré el tranco y me instalé. Afuera, en medio de la noche profunda, pude ver una cantidad innumerable de estrellas fugaces que caían a la distancia. Era un espectáculo sobrecogedor, de una belleza difícil de poner en palabras. Los pasajeros vueltos locos, filmando y tomando fotografías. Todo un acontecimiento, hasta que uno de los astros pasó rasante, a nada de impactarnos. Fue entonces cuando el nerviosismo nos empezó a ganar, pues, cada vez, las bolas de fuego pasaban más y más cerca. Nos pidieron volviéramos a los asientos a colocarnos los cinturones de seguridad. El capitán informó que trataría de regresar al continente. Comenzó a maniobrar para evitar una colisión. Luego de varios minutos conseguí divisar la tierra firme, abajo y a lo lejos. Todo, absolutamente todo, estaba en llamas. Las que caían del cielo nunca fueron estrellas.

—«Señores pasajeros, les habla el capitán. Perdimos contacto con la torre de control, no sabemos qué sucede abajo. Les solicitamos mantener la calma. Buscaremos un sitio seguro donde aterrizar. Por favor sigan las instrucciones de la tripulación».

*

Han pasado tantas, pero tantas horas y todavía no hemos conseguido aterrizar. El espesor de la angustia corta el aire agudamente. Aquí adentro, todo es una locura total. Afuera, las cosas, parecen ir igual, incluso peor.

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