Literautas - Tu escuela de escritura

<< Volver a la lista de textos

Boeing 714 - por @HenkoSlowLifeR.

El avión iba lleno, pero no del todo.
Había embarcado sin pensar demasiado. Un vuelo de regreso tras una llamada breve, de esas que no explican pero lo cambian todo. “Vente”, dijo.

Me senté junto a la ventanilla mientras en el avión todo funcionaba como siempre: cinturones, maletas, instrucciones.

Despegamos.

El cuerpo se hunde un poco en el asiento y, por un instante, no hay nada más que sostener ese impulso hacia arriba. Luego, la calma. El aire estable. Esa sensación rara de estar entre dos sitios… y no estar del todo en ninguno.

Cerré los ojos.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que tuve la sensación de que alguien estaba sentado a mi lado.

Abrí los ojos y vi a una mujer.

No sabría decir cuándo había llegado. No la había visto antes, pero no había nada extraño en ella. Vestía normal, sin nada que llamara la atención. Miraba hacia delante, tranquila.

El avión seguía estable. Algunas luces encendidas, otras apagadas. Lo normal en un vuelo.

—¿Regresas o te vas? —preguntó de pronto.
—No lo sé —respondí.
—A veces no hace falta saberlo —asintió.

Miré hacia la persiana cerrada. Afuera solo habría noche. Pensé en la llamada, en el motivo del viaje, pero no terminaba de ordenar nada. Fue entonces cuando ella empezó a hablar en voz baja.

—¿Sabes? —dijo—. Hay personas que creen que entienden su vida porque pueden contarla.

No contesté.

—Pero muchas veces no hace falta entender tanto —continuó—. Solo parar un poco.

Se acomodó en el asiento.

—¿Has estado alguna vez junto a un río? —preguntó.

—Sí —respondí.

—Cuando intentas sujetarlo —continuó—, se te escapa. Cuando quieres que vaya más rápido, se resiste. Y si te quedas quieto un rato, al final lo escuchas. No porque haga más ruido, sino porque tú dejas de hacer el tuyo.

Hubo un pequeño silencio.

—Nos cuesta confiar en eso —añadió—. En que no todo necesita ser decidido.

El avión vibró ligeramente.

—Nos han enseñado a elegir, a avanzar, a hacer —dijo—. Pero casi nadie nos ha enseñado a escuchar.

Giré un poco hacia ella. No parecía estar hablándome a mí exactamente. Ni a nadie.

—Si escuchas de verdad, te das cuenta de que todo está ahí al mismo tiempo. Lo que ya pasó, lo que está pasando, lo que vendrá.

—Eso no tiene mucho sentido —fruncí el ceño.

—Ya —respondió—. Pensarlo no ayuda demasiado.

—Cuando dejas de separar las cosas —continuó—, dejan de molestarte tanto. No porque desaparezcan, sino porque dejan de ir cada una por su lado.

Pensé en todo lo que había intentado ordenar en los últimos días. En las decisiones, en las dudas.

—Nos cuesta mucho no intervenir —dijo—. Parece que si no hacemos algo, todo se va a romper.

Apoyó la espalda en el asiento.

—Y no siempre es así. A veces lo único que hace falta es no interrumpir.

No añadió nada más.

El resto del vuelo fue tranquilo. Nadie habló cerca. El avión siguió su curso sin cambios.

En algún momento cerré los ojos.

No dormí del todo, tampoco estuve despierto. Fue más bien como quedarse en pausa.
Hasta que la voz de la azafata me sacó de ahí.

—Señores pasajeros, comenzamos el descenso. Por favor, abróchense los cinturones.

Abrí los ojos.

La cabina volvía poco a poco a la actividad. Gente moviéndose, recogiendo cosas.

Giré la cabeza para buscarla y el asiento estaba vacío. Me abroché el cinturón y miré al frente, sin saber muy bien qué pensar.

El avión descendía con normalidad y no tenía claro qué iba a pasar al llegar: me limitaría a estar ahí y escuchar.
Y, ya fuera del avión, mientras caminaba hacia la salida y luego al taxi, me di cuenta de que no la había vuelto a ver.

Y, sin embargo, no me resultó extraño; recordé su pregunta y sentí la respuesta: “Ese… estaba siendo mi regreso”.

Pensé: “Cuando dejas de dividir lo que escuchas, todo se convierte en uno”.

Comentarios (0)

Deja un comentario:

Tu dirección de correo no se publicará. Los campos obligatorios aparecen marcados *