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Pompas y circunstancias - por Mónica Bezom
Web: http://letrasturquesa.blogspot.com
No me incomoda declarar que amo ir a la peluquería, salvo aquella vez que me casé.
El peluquero, al que todavía ando buscando, arrasó mi melena —tan griega— dejándola entre la tragedia y la indignación.
Ahora me río del río de consecuencias que por un pelo desbordó esa boda.
Los padrinos serían mi tío y mi ex suegra, quien viajaría hacia la capital.
Mi tío, un bon vivant de fina estampa —aunque portador de una conveniente sordera—, tenía encandiladas a las damas de honor, ambas aspirantes a madrinas por defecto.
Llegado el gran día, mi ex suegra no aparecía.
—¿Vamos, chiquita? —dijo mi tío, sonriente y cariñoso.
Abordamos el Torino azul. Atrás, mi tío, de elegante esmoquin y yo, de diosa griega nada. Al volante, mi primo, súper trajeado.
Enseguida me ganó el estupor. ¡Circulábamos en sentido opuesto a la iglesia!
—¡Matías, estás yendo para el lado contrario! —dije.
—Vamos a buscar a Lola, prima.
—Pero… —me volví desesperada a mi tío—. Mauro, es tardísimo. ¿Tu novia no iba por su cuenta? —le grité al oído que alojaba el audífono.
—¿Qué sucede? —se sorprendió—. ¡Estás nerviosa, chiquita! —concluyó emocionado.
—Mauro, no hay tiempo de ir por Lola —chillé, desencajada y desmechada.
Mi tío me contempló entre absorto y sobresaltado.
—Chiquita, no grites que me retumba. Olvidé cambiarle la pila al aparato.
Me horroricé.
Llegados a lo de Lola, ésta inició un insólito altercado: ella no iría al lado del chofer. Su lugar estaba junto a su hombre. Vanos fueron los intentos de mi primo y los míos para que viajara adelante.
Mi tío —el muy ladino— ostentaba su mueca de sorpresa con la mirada en lontananza. Al fin intervino y la convenció. ¡Bah!, es un decir.
Ella empezó a hablar en voz baja, protestando y agarrando del brazo a mi primo. Éste mutó a conducir como en mar revuelto, atrayendo la ira de la población automovilística inmediata.
Mi tío se sumó a la cruzada gritando rabioso.
—Matías, pedazo de crustáceo, ¡doblá! ¡Por ahí no! ¿No ves que no se puede girar? ¡Ay, qué chiquito tan desorientado! ¡Si será opa!
Mientras le sacudía la butaca, se ajustaba el nudo de la corbata como un enajenado. Mi primo contestaba: «Está bien, papi».
—¡Pero, no! ¡Doblá! ¿No te das cuenta, chiquito, que nos vamos al carajo?
El auto se movía como una coctelera.
—Está bien, papi.
Mi tío volvió a la carga, gesticulando como un poseído.
—Matías, querido, doblá de una vez. ¡Ay, pero qué desgraciado había sabido ser este chango! —se lamentaba, agarrándose la cabeza.
—Está bien, papi, quedate tranquilo.
Un insulto de otro automovilista irrumpió en el monoambiente vehicular.
Mauro se despachó con una palabrota al hombre que, bramando improperios, plantó el freno listo para tirársenos encima.
—Mati, no te detengas. ¡Acelerá! —imploré, aterrorizada.
—¡Acelerá, chango! —ladró mi tío, dándole un golpe rápido en la nuca, al tiempo que dedicaba un feroz corte de manga al automovilista.
Matías, fascinado, aceleró como un bólido. Estaba contento con el casamiento. Mi tío, ensimismado, soltaba una batería de juramentos que avergonzarían a un estibador.
Yo trataba sin éxito de hacerme escuchar en la refriega. —No importa, Mauro. Déjalo, llegamos igual —le grazné al audífono sin pila.
Mi tío estaba descontrolado.
—¡Doblá de una vez, Matías! Ay, este changuito, pobrecito, si será tan infeliz.
—Está bien, papi.
Lola, ajena a todo, se limaba la uña del dedo meñique.
Súbitamente, mi primo dobló.
Por fin, llegamos. Todos callamos y sonreímos en un tácito composé.
Un monaguillo malhumorado nos indicó el punto de ingreso.
Pero un alboroto hizo que me volviera. Lola y el sacristán discutían acaloradamente.
—No, señora. No puede marchar por la nave central. Diríjase hacia la entrada lateral.
Lo que faltaba. Estaba loca en serio.
Encaminados sobre la alfombra roja, mi tío me codeó. Al pie del altar estaba mi futuro ex marido, visiblemente conmovido, escoltado por su señora madre. ¡Qué alivio sentí cuando la vi!
Ya en el atrio, acosada por Pompas y Circunstancias, supe que las damas de honor llegaron a disputarse rudamente el madrinazgo cuando, justo a tiempo, llegó mi ex suegra saludando como si fuera Evita.
Y mi tío no se enteró —o sí y se hizo el gallo distraído— de los suspiros y aguijonazos que generó entre tan honorables señoras. Él, sólo avanzó a mi lado, orgulloso y emocionado, guapísimo, con un par de zapatos impecables ¡de un color diferente cada uno!
Y esto no es todo. Pero la fiesta es otro cuento.
Comentarios (2):
Ignacio Z.
20/04/2026 a las 11:24
Hola Mónica. El inicio del relato engancha con rapidez con la peluquería por medio. Continua con una escena muy dinámica y visual en el auto. Los diálogos son sobresalientes, capturan el habla local y transmiten un gran desorden comunicativo. El cierre es efectivo, aunque nos gustaría saber algo más de lo que ocurrió después, porque con ese inicio la vida en pareja promete. El relato me ha recordado algunas comedias italianas y algunos de los episodios de “Relatos Salvajes”. Como siempre, Mónica, un gusto leerte.
Clarinete
20/04/2026 a las 13:20
Hola Mónica, el inicio engancha, el resto es trepidante, si hubiera estado en ese coche los nervios me hubieran explotado.
Me parece un relato bien construido en su dinámica .
Un saludo