Literautas - Tu escuela de escritura

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Publicidad Reparadora - por JL.MartínR.

Lo primero que vi nada más asomarme por la ventana, al otro lado de la avenida, fue un imponente cartel a todo color instalado en una valla publicitaria. Quedé asombrado. En él aparecía un caballero que resultó ser yo mismo. Vestía impecable con un traje negro de alpaca, camisa blanca, gemelos dorados y pajarita azul.

Estaba sentado con las piernas cruzadas en un majestuoso sillón, bajo una araña de cristal, y fumaba un cigarrillo. En la mano sostenía un vaso de whisky, y sobre el velador de marquetería, destacaba en primer plano una botella de la marca J&B. A mis pies, un setter tumbado. Lucía un pelo engominado que no reconocía, y la estancia era magnífica; se exhibía a mi espalda un óleo de buen tamaño sobre la chimenea encendida.

En el lateral del cartel publicitario, percibí letras ininteligibles. Después, entré en el cuarto de baño, sonreí a la imagen que me devolvía el espejo, cogí las llaves y, al salir con prisa por la rampa del garaje, volví a toparme con mi reflejo en el interior de la valla publicitaria.

Iba pensativo en el trayecto a la oficina y me dije a mí mismo: «¿Qué coño hago yo ahí?». En verdad yo no era tan mono, ni tan refinado; jamás había llevado el pelo con brillantina y aún menos, ni fumaba, ni bebía, ni tenía mascota, ni siquiera chimenea. Se me enturbiaron los ojos con el sol madrugador y traté de concentrarme en la conducción.

A la mañana siguiente, decidí cruzar el bulevar para acercarme y poder leer con claridad la letra diminuta. El anuncio decía así: «Agencia de Marketing Digital QQ», publicidad de whisky J&B.

¡Vale! Ahora entendí de qué se trataba. Esto era obra de mi exmujer. Andábamos separados desde hacía seis meses y, como profesional en marketing, seguro que trabajaba en esa empresa y se le había ocurrido usar mi rostro para el montaje del anuncio. ¡Joder! La llamé al momento.

—¡Susan, soy yo! ¡Escucha! ¿Me has usado en un anuncio instalado en las vallas de la calle? —le pregunté malhumorado.
—¡Sí, pensaba decírtelo! ¿Te gusta?
—¡Cojones!, me parece una falta de respeto.
—Creí que no te enfadarías.
—Siempre lo mismo. Haces lo que te da la gana —me desgañité—. Podría denunciarte a la Agencia de Protección de Datos.
—Vamos, Tony, si estás muy guapo, no te disgustes.
—Pues esta conducta tuya me hace pensar que deberíamos olvidarnos de la separación y pasar al divorcio definitivo.

Ella empezó a hablar en voz baja. Casi en un susurro.

—Ya veo que estás cabreado. Llevo unos meses en esta nueva empresa y, al firmar con J&B, me pareció fascinante manipular digitalmente una fotografía tuya. Esa que siempre llevo en la cartera. Mi jefe dice que el anuncio ha quedado de película… ¡No te enfades, cariño!
—¿Cariño? Bueno. No me gusta que me utilices. Ya lo sabes.
—Lo siento, Tony, de veras. ¿Quieres que nos veamos donde siempre o tal vez en tu apartamento para hablar?
—No me apetece, te lo digo en serio.
—¡Anda, Tony! ¡Vamos! De verdad, pensaba en llamarte.
—¡No sé! —respondí, aunque, conforme pasaban los segundos, me iba tranquilizando.
—¿Y tu trabajo?, ¿viajas mucho? —preguntó Susan con voz inocente.
—Todo marcha bien. Demasiada rutina.
—Por cierto, guardo un regalo para ti desde el día de tu cumpleaños. Si decides verme, te lo entregaré. Será bonito. Ya casi es Navidad.
—¡Vale!, no sé qué decirte ahora —contesté indeciso.
—La Navidad, ¿recuerdas?, la Nochebuena y Nochevieja, siempre con tus padres o los míos. Tú me preguntabas: ¿Para cuándo los niños?
—¿De verdad quieres que nos veamos?
—Por supuesto, Tony, me encantaría. Así nos ponemos al día con el trabajo, la salud o nuestras nuevas amistades…
—¿Nuevas amistades?, ¿sales con alguien? —la interrogué.
—Ese tipo de cosas, mejor hablarlas en persona.
—De acuerdo, Susan, ¿te parece el sábado en mi casa?
—¿A cenar? —preguntó ella.
—Hecho. Yo me ocupo del menú. ¿A las ocho está bien?
—¡Genial! Llevaré algún postre.
—Tendré que corresponderte con otro regalo, entonces.
—¿Una sorpresa? Sabes que me encantan las sorpresas. ¿Quieres seducirme?
—¡Susan, Susan! —le dije sonriendo—. Hasta el sábado.
—¡Un besito! Ya no pienso en otra cosa —me dijo.
—Mujeres… Qué peligro —comenté para mis adentros al colgar.

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