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Una buena solución - por CodrumR.
Ella empezó a hablar en voz baja junto a mi oído. El incontrolado movimiento de mis piernas se redujo, evitando que el bulto se cayera. En anteriores despegues, mi corazón se había puesto a martillear al ritmo de una bandera en días de tormenta. El temblequeo de mi cuerpo había molestado a los pasajeros sentados a mi lado, atrayendo a las azafatas. De vuelta, habían recibido mis chillidos y empellones. ¡Hubo hasta tirones de pelo! Tras sudar, conseguían inmovilizarme y obligarme a abandonar el avión.
Por eso he venido con ella. Sus palabras se introducen por mis oídos e impregnan mi cerebro, que obedece al instante. Gracias a su musicalidad, paré de morderme las uñas, me abroché el cinturón y, cuando mi amiga de seis ojos y gorro en punta me lo pidió, encendí la mecha que asomaba por debajo de mi chaqueta.
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