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LA ECUACION - por jesusa

¿Cuál es la incógnita en una operación matemática?
Clara lo sabía. Su compañero Elías revisaba por décima vez los sensores térmicos de la nave. Todo estaba muerto. El reactor principal se había apagado hacía tres horas, y el calor residual se filtraba hacia el espacio, dejando los pasillos con una escarcha plateada que brillaba bajo la luz de las linternas. A su lado Clara permanecía inmóvil, mirando hacia el centro del universo.
—No hay señales de la cápsula de rescate —dijo Elías. Su aliento formaba una nube blanca—.
Estamos flotando en un punto ciego.
Clara no respondió de inmediato. Parecía hipnotizada por el parpadeo errático de una estrella joven en el horizonte. Entonces, sin apartar la vista del vacío, ella empezó a hablar en voz baja, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito de pánico.
—No estamos solos, Elías.
Él dejó caer la tableta de datos. El sonido metálico resonó en la sala como un disparo.
—¿De qué hablas? Los radares están limpios.
—Los radares buscan materia —continuó ella, apenas moviendo los labios—. Buscan metal, calor, señales de radio. Pero la arquitectura de lo que hay ahí fuera no responde a la física de Newton. Escucha.
Elías aguzó el oído. Solo escuchaba el latido de su propio corazón y el siseo del soporte vital de emergencia. Pero luego, muy en el fondo, percibió una vibración. No era un sonido, sino una frecuencia que sentía en los dientes, un zumbido matemático que parecía reorganizar sus propios pensamientos.
—Cuando el reactor colapsó —siguió Clara, su voz ahora era un susurro rítmico—, no fue un accidente. La ruptura del núcleo creó una grieta en la membrana local. Lo que ves afuera no es una nebulosa, es un velo. Y lo que hay detrás está intentando entrar.
Elías sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la nave. Se acercó a ella y notó algo que le heló la sangre: las pupilas de Clara no estaban dilatadas por la falta de luz; estaban fracturadas. Pequeñas líneas de luz geométrica cruzaban su iris, cambiando de forma como un caleidoscopio biológico.
—Clara, aléjate del ventanal. Ahora.
Ella no se movió.
—Es hermoso, Elías. Es una inteligencia hecha de gravedad y tiempo. No nos ven como enemigos, ni siquiera como seres vivos. Para ellos somos una inconsistencia en la ecuación. Un error de redondeo en el tejido del universo. Y están tratando de corregirnos.
De repente la estructura gimió. No fue el crujido del metal contrayéndose por el frío, sino el sonido de algo que estaba siendo estirado. Elías miró hacia sus manos y gritó. Sus dedos parecían estirarse, volviéndose translúcidos, como si su propia existencia estuviera perdiendo resolución.
—¡Detén esto! —suplicó él cayendo de rodillas.
Clara se giró. Su rostro era una máscara de serenidad absoluta, pero sus ojos ya no eran humanos. Eran ventanas a un espacio de más dimensiones de las que el cerebro humano podía procesar.
—No se puede detener la aritmética Elías —dijo ella y su voz resonaba directamente dentro de la mente de él—. Solo se puede aceptar el resultado. El universo es un sistema cerrado que busca el equilibrio. Nosotros somos el ruido. Ellos son el silencio.
Fuera, la nebulosa comenzó a plegarse sobre sí misma. Las estrellas se estiraron en líneas infinitas de luz blanca y el negro del espacio se volvió un blanco cegador. La nave empezó a desintegrarse, no en pedazos, sino en conceptos: el calor se separó del movimiento, el peso de la masa.
En el último instante de su conciencia biológica, Elías vio a Clara disolverse en una nube de símbolos matemáticos que flotaban en el aire. Ella extendió una mano que ya era puro resplandor y le tocó la frente.
—No temas —susurró ella por última vez—. Ya no seremos una pregunta sin respuesta. Ahura simplemente seremos parte de la solucion.
Entonces la luz desapareció de los mapas estelares no dejando ni rastro de chatarra ni energía residual. En su lugar, en medio de la nebulosa, solo quedó un punto de orden perfecto, un silencio absoluto en un universo que, por un breve momento, había dejado de tener errores aritméticos.

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