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Solo 10 horas más - por Alberto CabreraR.
Hacía ya dos horas que despegó el avión. Iba a ser un vuelo largo, 12 horas en total metidos en aquella cosa de metal que desafiaba las leyes del entendimiento.
Marta se preguntaba cómo Ramón había conseguido convencerla, aunque la realidad era que no le había costado mucho, puesto que hasta el momento en el que ella miró por la ventanilla sobrevolando el Atlántico, Marta había estado tan entusiasmada como él.
Ahora el entusiasmo había sido sustituido por un vértigo atenazador. Miró hacia Ramón, que parecía llevarlo peor que ella: Estaba rojo, sudaba y temblaba ligeramente. Verle en semejante estado hizo que Marta olvidase su propia desazón.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó.
—No mucho. —De Ramón siempre podía esperarse una respuesta sincera.
Con picardía y complicidad a partes iguales, Marta dijo:
—Acojona un poco, ¿verdad?
—No es eso.
Algo hizo "clic" y ella entendió qué sucedía; después de tres años de noviazgo y cuatro de matrimonio, sabían leerse el uno al otro. Para no llamar la atención, ella empezó a hablar en voz baja.
⸺¿Tienes que ir al baño?
—Bingo —respondió él.
—Pues ve, ni que fueras el único.
Él negó con la cabeza.
—¿Y si alguien entra después?
Ella suspiró e intentó sonar comprensiva.
—Pues espera un poquito antes de salir.
Él agitó la cabeza con mayor velocidad
—¿Y quedarme encerrado con esa peste?
La comprensión de Marta se desvanecía y su voz volvía paulatinamente a un tono normal.
—Chico, pues no vas a aguantarte las 10 horas que quedan.
La lógica no bastaba para convencer a Ramón, que movió con aún más fuerza la cabeza, aunque sus ojos no se apartaban de la puerta del servicio, del que salió un hombre trajeado.
—¿Ves? Anda, ve, que te va a dar algo si no.
Él sabía que Marta tenía razón, por supuesto que la tenía. Nadie podía pasar tanto tiempo sin satisfacer las necesidades primordiales del cuerpo humano, pero la vergüenza tenía una fuerza tal que acallaba toda lógica.
—¿Se encuentra usted bien?
La repentina pregunta de la azafata, junto con lo repentino de su mano apoyándose sobre el hombro de Ramón, le sobresaltaron de tal modo que la discreción que trataba de mantener se quebró con el sonido que surgió de su interior, retumbando en el interior de todo el habitáculo.
De perdidos al río, Ramón se dirigió al servicio fingiendo ignorar los ojos que notaba clavados en él, mientras Marta se tapaba con una mano la boca para disimular la risa y con la otra la nariz, para salvar su vida.
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