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ELLA EMPEZO A HABLAR EN VOZ BAJA - por KekaR.
ELLA EMPEZO A HABLAR EN VOZ BAJA
Era la primera vez en mucho tiempo que viajaba solo, y eso me produjo una sensación de libertad. Paula era mi vida y ella lo sabía; yo mismo se lo había dicho muchas veces. Quizás fue uno de mis errores.
La cuidé, la atendí y la vigilé. Al principio le gustaba, hasta que empezó a contestarme, y eso no se lo podía consentir.
Ella quiso vivir su vida, y lo puedo entender. Éramos muy jóvenes cuando empezamos la relación, una relación tormentosa y cruel por parte de los dos. ¿Quién era el culpable? Jamás lo sabremos. También hubo buenos momentos, menos, pero los hubo.
Al entrar al avión volví a sentir esa sensación de libertad que tanto anhelaba. Respiré al ver que me había tocado un compañero. Estaba harto de mujeres, no las quería en mi vida; bueno, a veces un rato, nada más, y eso no lo entendían. Les hacía sentirse mal. No lo veo: que alguien quiera estar a tu lado sin tú pedírselo. Pasábamos un rato, ¿y qué querían, más?
Eso le pasaba también a Paula. Quería estar conmigo a toda costa, pero ¿por qué?, ¿para qué? Ya había hecho todo por agradarla y tenía que seguir con mis cosas.
Niños, yo no quería. Luego tienes que darles todo lo que a ti te ha costado tanto conseguir. Cuando le dije que no, se enfadó mucho, y yo le grité; le dije lo que pensaba. Ella empezó a hablar en voz baja, y eso sí que no, no se lo podía consentir: me faltaba al respeto, a mí, que tanto había hecho por ella. Me enfadaba, me irritaba, me hacía fastidiarme y me incomodaba. Era como si algo irreal pasara por mi cabeza. Le decía que se callara, pero no lo hacía.
El trayecto no era muy largo. Había decidido ir a Roma. Quería empezar de nuevo, solo. Mi mochila emocional se había quedado en aquella cocina junto a los utensilios de limpieza, que había estado utilizando todo el día.
—¡Señor, ¿quiere tomar algo?!
La azafata. No quería ni mirarla; le dije que no y volví a mis pensamientos. Al alejarse, vi que llevaba muy corta la falda. Luego se quejaban cuando pasaban cosas.
Pedí el periódico. Cuánto hacía que no lo leía sin que me preguntaran constantemente. El señor de al lado estaba leyendo un libro; mejor, no quería hablar con nadie después de lo que había pasado.
Yo lo sabía: que un día llegaría el fin de todo aquello que me atormentaba la cabeza. Se lo había advertido muchas veces. Y la plancha, no tenía otra hora para planchar que cuando yo veía la televisión.
Su familia, a comer cada vez que les daba la gana, y todo a mi costa. Se lo dije: que se me va la cabeza, que no puedo contenerme en muchas cosas, y ella como si nada fuera su problema.
Pero bueno, no me lo puedo creer: el señor del asiento contiguo lleva las zapatillas como las mías.
—Azafata, ¿puede venir? Quiero cambiarme, no quiero viajar en este asiento.
—No sé si va a. ser posible, estamos en vuelo.
—¡Pues hágalo posible!
Encima que pagamos, tenemos que consentir todo esto, y luego quieren que no estalle.
Su perro ladraba y ladraba. También se lo advertí: sacrifícalo ahora que es un cachorro, que luego te va a dar pena.
Y guardó al perro en el garaje, en una caja, desobedeciéndome, como siempre, al lado de las herramientas. ¿Y si me tiraba el hacha? Era un peligro, y todo por no hacerme caso.
No voy muy seguro en este avión. He visto a un señor de uniforme fumando, subiendo; no será el piloto. Lo que nos faltaba, después de lo que cuesta el billete.
Lo peor ha sido hacerme la maleta. Siempre me la hacía Paula. Eso sí, nunca metía lo que yo quería, pero en eso si la echo de menos. Bueno, y el desayuno también le sale a ella más rico.
Estamos llegando al destino y no han cambiado a este señor. Bueno, ya no hace falta.
Ahora llegaré al hotel, me cambiaré y saldré a cenar, que en el avión no ponen mas que guarrerías.
Ya estábamos en el destino. Desembarcamos.
¡Qué buen día hace! Y qué tranquilidad.
—¿Es usted Jaime Luque?
—Sí, ¿quién lo pregunta?
—¡Queda usted detenido por el asesinato de su mujer! Tenemos todas las pruebas.
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