Literautas - Tu escuela de escritura

<< Volver a la lista de textos

UN ENCUENTRO EN LAS ALTURAS - por Mila G.R.

Mientras buscaba mi asiento, sentí un impacto seco en la espalda; una embestida poco sutil que por poco me hizo ensayar un aterrizaje forzoso sobre la moqueta del pasillo. El perpetrador era un hombre mayor, delgadito, poca cosa, con una mascarilla que le cubría prácticamente toda la cara.
—¡Joder! —gritó él, mientras seguía avanzando a toda prisa hacia el fondo de la cabina.
Cuando conseguí recuperar la estabilidad y la dignidad, recogí mi bolso del suelo, tres filas más atrás. Después me aferré a los respaldos de los asientos y seguí avanzando despacito hasta mi sitio, con la delicadeza de quien atraviesa un campo de minas. Al llegar a mi fila, ya estaba casi todo el mundo acoplado en sus butacas. Busqué la mía —el asiento del pasillo en una fila de dos— y me senté. A mi izquierda, pegado a la ventanilla, estaba sentado el «asesino del pasillo».
Me acomodé de medio lado, en una postura que desafiaba las leyes de la ergonomía, solo para obsequiarle con la vista de mi espalda. Enseguida, el capitán, con una voz que parecía diseñada para dormir ganado, comenzó su farragoso monólogo sobre corrientes de aire y horarios de llegada. Yo estaba en ese vuelo porque mi amiga Nerea, de la editorial Alfaguara, me había encasquetado un billete para un congreso. «Es un plan como otro cualquiera», pensé; además, la lista de autores invitados acabó por convencerme. Entre ellos figuraba mi escritor preferido, Juan José Millás. Incluso había rescatado su última novela de la estantería, alimentando la fantasía de conseguir su firma.
El avión alcanzó su altitud de crucero y, de repente, mi acompañante decidió romper su voto de silencio.
—¿Le está gustando el libro? —preguntó, señalando el ejemplar de Millás que yo tenía sobre las piernas. —Sí, mucho. Es mi escritor favorito.
Se recolocó las gafas con un dedo y replicó: —Pues yo no he leído nada de él… ¿Por qué le gusta? —No sé —le respondí—, me apasiona cómo escribe, lo que cuenta… Es muy divertido. —¿Ah, sí? ¿Entonces la literatura es solo una cuestión de chistes? —Bueno, no solo es eso, pero la risa es una buena filosofía de vida, creo yo. Me apasiona su arquitectura mental… Es un hipocondríaco profesional. Un genio que convierte las neurosis en arte.
Empecé a notar cómo me subía la presión sanguínea. Una azafata de coleta estirada se abalanzó sobre nuestras cabezas. Ella empezó a hablar en voz baja, ofreciéndonos un menú de plástico a precio de oro, pero yo la despaché con un gesto. Estaba demasiado ocupada defendiendo a mi ídolo.
—Pues no acabo de entender… manías, miedo, hipocondría… ¿Cómo puede ser divertido? —Pues lo es, y mucho —dije, tajante y casi enfadada.
Hubo un silencio denso, solo interrumpido por el zumbido de las turbinas. Pero el inquisidor no había terminado y, al poco, volvió a la carga: —¿Podría usted disfrutar de un libro escrito por alguien que le caiga mal?
Me quedé un rato pensando. El tipo era un profesional del incordio. —Mire —le dije al fin—, a Vargas Llosa no lo soporto. Será Nobel y todo lo que usted quiera, pero no paso de la tercera página. Hay una barrera ideológica, un muro. —¿De lo que se deduce que usted juzga el envoltorio humano antes que la obra?
Aquel interrogatorio me estaba agotando más que el desfase horario. Le confesé que sí, que no podía leer sin tener en cuenta quién movía la pluma. El hombre volvió a tocarse las gafas y soltó la bomba: —Pues es usted una lectora peligrosa, llena de prejuicios…
Eso fue el detonante. Me giré y le solté: —Y usted es un «cargante preguntón».
Se quedó mudo, como muerto, y soltó una tosecilla improvisada. En ese momento, la megafonía anunció que empezábamos el descenso. Me alegré de que el viaje estuviese concluyendo. Al aterrizar, nos pusimos todos de pie para sacar las maletas. Al fondo del pasillo, vi que el «cargante preguntón» se estaba bajando la mascarilla para despedirse de la tripulación. Solo entonces le reconocí. Antes de desaparecer entre la multitud del aeropuerto, me dedicó una sonrisa de medio lado y me guiñó un ojo.
Bueno, esto último tal vez lo haya imaginado. O quizás, solo quizás, fue la falta de oxígeno de la cabina la que me hizo confundir aquel último gesto.

Comentarios (0)

Deja un comentario:

Tu dirección de correo no se publicará. Los campos obligatorios aparecen marcados *