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Click - por ArkaitzR.

CLICK
Itziar está en silencio sentada en el lado de pasillo y pendiente de él. Ella se mantiene alerta porque está profundamente enamorada. Lo ama tanto que después de todos estos años ha aprendido, no sin esfuerzo y dedicación, a detectar señales de de angustia o sufrimiento en Mario. Cualquier cosa puede serlo: un gesto, su actitud, sus silencios, sus discursos o sus preguntas… Y todo para poder ayudarle en ésos momentos tan horrorosos para él.
Mario observa el cielo por la ventanilla del avión ansioso porque el paisaje torne de un color gris plomizo a un azul celeste. Pero nada cambia. Ya hace mucho rato que empezó esa sensación de que no entra aire suficiente en sus pulmones y la cuesta respirar. Siente algo raro en el pecho, como una leve pero incomodísima opresión que se encuentra presente en todo momento. A cada instante, uno tras otro, inspiración a inspiración. Parece no tener fín. “La angustia sín fín” la llama él.
“Joder qué mal” piensa Mario. “ Si todo iba bien…¿ Ahora qué pasa?”. Noto el pálpito”. Su mente acaba de hacer “click”. Ya hay algo que ha cambiado. “Click” y ya está paralizado. “Click” y Mario no es capaz de pensar con claridad, no pude tomar decisiones simples y cotidianas, de ésas que uno toma automáticamente sin reparar en ellas. Su voz interior está en silencio a causa de la claustrofobia que siente al percibir cierto opresión en las sienes como si su mente estuviera embutida en una prenda ajustadísima y muy estrecha. Tiene la cabeza muy cargada. No puede tener pensamientos y es incapaz de expresar qué siente o qué necesita porque no sabe qué decir. Su mente está en blanco. A veces, y éste es el caso, todo este círculo vicioso se agrava al sentir que su garganta está como hecha un nudo. Quiere hablar pero no puede emitir ningún sonido. Su garganta se ha cerrado y paralizado.
Gira la cabeza hacia Itziar y luego mira al suelo como si tuviera vergüenza de que alguien capte el momento. Levanta la mirada. Ni siquiera puede pestañear, Tiene los ojos abiertos y por la mueca de su boca parece que quisiera decir algo pero sus labios están entreabiertos y petrificados.
-Toma Mario, creo que es momento de tomarte esto.
-Sí- dice Marío cabezeando.
Alarga la mano y su mente le juega un mala pasada. El sentido de profundidad y la distancia los tiene distorsionados por el estrés y el pico tan alto de ansiedad que sufre. Además tiene los ojos muy brillantes y con mucha lágrima lo que hace que vea todo borroso. Parece que está ebrio. Alcanza a atinar por fín los dedos de Itziar que sostienen las pastillas y las coge como dubitativamente de forma torpe, sin acertar a la primera al acercárselas a la boca. Con la mano temblorosa consigue ingerilas dando un largo trago de agua.
Itziar, aunque ya tenía experiencia, sabía que los momentos como este no eran todos iguales y simplemente se dejó llevar por su intuición para intentar ayudar Mario. Nunca estaba completamente segura de cómo actuar y, en esta ocasión, decidió recordar a Mario aquel fantástico safari fotogáfico que disfrutaron tanto en África.
Ella empezó a hablar en voz baja. Hablaba seseando pero de una forma casi imperceptible que sólo se apreciaba en silencio. Itziar lo hacia a posta porque sabía que a Mario ese seseo le producía una agradable sensación de bienestar como la que se aprecia cuando uno encara el calor del sol en una mañana fresca de primavera. Empleaba un tono melódico que a Mario se le hacía como una agradable letanía y con una naturalidad que transmitía seguridad en él. Su voz era cálida y suave como una tela de seda blanca mecida en un balsámico céfiro. Mario se imaginaba los pliegues aparecer y desaparecer de forma armoniosa, natural, y muy suavemente con movimientos ondulatorios y sin sobresaltos.
Itziar desplegó otra de sus herramientas. Comenzó a acariciar la cabeza de Mario. Y a la vez que le hablaba sobre recuerdos bonitos y anécdotas graciosas le masajeaba el cuero cabelludo provocando que, de placer, a Mario se le erizara el bello de los brazos y unos agradables escalofríos le recorrieran todo su cuerpo.
El amor desplegado por Itziar hizo que Mario cayera rendido. Se recostó en el sillón y apoyó la cabeza en el cabezal. Entrecerró los ojos y como adormecido plácidamente se dejó llevar hasta finalmente dormirse.

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