Literautas - Tu escuela de escritura

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Lo que realmente importa - por Pilar (marazul)R.

—¡Atención!, —la voz del comandante se escuchó por el altavoz—. Señores pasajeros, las turbulencias que estamos teniendo son debidas a que el avión va sobrecargado. Sigan las indicaciones de las auxiliares de vuelo, por favor.
Alba, la azafata pelirroja de sonrisa constante, colgó el telefonillo después de conocer las instrucciones del comandante Albatros.
Ella empezó a hablar en voz baja con su compañera Celeste, la de los ojos color del cielo, que estaba preparando café. Entre cuchicheos y risas no parecían preocupadas en absoluto. Al contrario, con total tranquilidad cogieron sendas cajas vacías y, ante las miradas atónitas de los pasajeros, fueron, fila por fila pidiéndoles que se desprendieran de todo lo innecesario.
El hombre de negocios se aferraba a su maletín de cuero lleno de contratos.
—No lo va a necesitar, señor, verá qué ligero se siente de responsabilidades. Tampoco de su reloj de oro. No necesita medir el tiempo —casi le susurraba Alba.
La joven de la fila nueve era una conocida "influencer". Se miró por última vez en el espejo de mano y lo depositó en la cesta. Enseguida se dio cuenta de que mirar a los demás era más interesante que mirarse a sí misma.
El chico de la fila doce, cuando se desprendió del móvil, comenzó a hablar con el señor del asiento de al lado. Este llevaba sombrero y gafas oscuras para ocultarse de la gente. Ninguno de los dos se había percatado de la presencia del otro.
—Señor, puede dejar aquí sus gafas y su sombrero —le dijo Celeste— ya verá cómo desaparecen todos sus miedos.
Cuando le llegó el turno al padre de familia, este no sabía de qué desprenderse.
—No tengo nada importante, señorita, —dijo— casi no llevo equipaje.
—No hablo de su equipaje, señor, me refiero a los miedos en el trabajo, de sus facturas sin pagar…
Su hijo, el niño de sonrisa cristalina que le acompañaba, pareció entender que para volar no se necesitan motores potentes, sino ir ligero de cosas innecesarias. Solo tenía una cosa de valor para él, las pinturas de colores. En un gesto de lo más generoso las depositó en el cesto. Luego, sin pena alguna, señaló las últimas filas del avión:
—Mira papá, viaja con nosotros un equipo de rugby. ¡Parecen gigantes de hombros anchos! —dijo el niño con admiración.
El grupo de jugadores no renunció ni a sus zapatillas ni a los balones; lo hizo de las medallas y trofeos porque entendieron que en esta ocasión la carrera a ganar era diferente: la gloria no es algo que se cuelgue al cuello.

—Dejen sus miedos en los asientos— se escuchó decir al comandante.
Él también había renunciado a las cuatro barras doradas de su uniforme. Le pesaban demasiado.
Fue entonces cuando Alba y Celeste se miraron. Sabían que lo que a ellas más les pesaba eran las preocupaciones por los retrasos, las quejas de los pasajeros, el miedo. De todo ello y hasta de los incómodos zapatos de tacón fue de lo que se despojaron.

Cuando las azafatas abrieron una de las puertas en pleno vuelo, no hubo descompresión, nada que agitara a los pasajeros. Entonces lanzaron al vacío las cajas con todos los objetos innecesarios.
El avión comenzó a subir, una vez aligerado. El silencio era absoluto, el oxígeno tan puro que los pasajeros empezaron a recordar cosas que habían olvidado: el olor de la lluvia sobre la tierra seca, el sonido de la risa de sus madres, el sabor de las galletas recién hechas…
A punto de dejar la atmósfera, había que tomar una decisión: regresar al mundo de los relojes y de las medallas o…
El comandante Albatros soltó los mandos dejando que el destino decidiera.

****

En algún lugar de la tierra, un agricultor, al escuchar un silbido metálico sobre su cabeza, levantó la vista hacia el cielo. Soltó la azada, atónito por lo que estaba viendo caer: un maletín, un paraguas, un espejo, un reloj…
Con los ojos bien abiertos pudo comprobar que los objetos al tocar el suelo no se rompían, se deshacían en un polvo brillante que la tierra iba absorbiendo.
De ese polvo de estrellas, que él llamó, semanas después brotaron las hortalizas más hermosas, brillantes y sabrosas de toda la comarca.
Demetrio guardó el secreto. Solo él sabía que sus hortalizas estaban tocadas por el cielo.

Comentarios (4):

Ana

20/04/2026 a las 09:59

Maravilloso cuento con mensaje final. Tratado de una forma exquisita sin tener que caer en drama. Me ha gustado muchísimo. Al principio no sabía dónde iba pero el mensaje es realmente bonito y para pensar!!. Y supongo que el nombre de comandante Albatros, no está elegido al azar!!. Saludos

Pilar ( marazul)

20/04/2026 a las 11:07

Gracias, Ana, por tu tiempo al comentar y por tus amables palabras que ayudan a seguir escribiendo.
Un abrazo 🤗🌸

Federico Nicolás

20/04/2026 a las 11:57

Buen día pilar.
El mensaje que transmite tu cuento es muy lindo y deja a uno pensando. todos deberíamos desprendernos de nuestros miedos (aunque sea por un momento) para disfrutar el viaje.
Gracias por compartirlo. Saludos.

Ignacio Z

20/04/2026 a las 12:22

Hola Pilar. Me ha gustado tu relato. Transformas una turbulencia física en una sobrecarga emocional. Casi nos engañas con lo de que el avión va sobrecargado; lo que sobra es el exceso de ego, el peso de la jerarquía o de la gloria, la cárcel de la responsabilidad y las obligaciones. Eso sí, nos quedamos sin saber a dónde ha conducido el destino a los viajeros. Entre la física y la metafísica cada uno que escoja un final. Un gusto leerte.

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