<< Volver a la lista de textos
EL VIAJE - por Carmen Sánchez GutiérrezR.
La joven sentada a mi derecha, permanecía en silencio ocultando su rostro tras la larga cabellera rubia. Se acopló los cascos y fingió dormir para evitar mis tentativas de entablar una conversación. Mi suerte no mejoró con el pasajero sentado a mi izquierda, se enfrascó en su libro y apenas obtuve como respuesta a mis triviales preguntas leves movimientos de cabeza asintiendo o desmintiendo, según el caso. Sin embargo, tuve la sensación de que sus ojos se clavaban en mí en cuanto apartaba la mirada, igual me ocurrió con la muchacha, creo que en algún momento sorprendí alguna rápida mirada de soslayo. Fue una impresión extraña y pasajera que de inmediato se esfumó y, aunque permanecí atento, no volvió a suceder.
Centré entonces mi atención en el resto de pasajeros, pese a que la visión de éstos era muy limitada desde mi asiento, estiré mi cuello cuanto pude y logré atisbar alguna cabellera rojiza de mujer y dos o tres lisas y morondas calvas que sospeché pertenecían al sexo masculino ya que las damas no solían exhibirlas tan airosas y acostumbraban a disimularlas con pelucas o sombreros. No todas, claro, pero sí la mayoría. Los hombres somos mucho menos pudorosos y lucimos nuestra calvicie con orgullo, quizás no al principio, cuando empieza a decantarse el brillo insigne de nuestra testuz, pero casi todos terminamos por aceptar lo inevitable y abandonamos la visera y los inocuos champús crecepelos.
Cerré los ojos para que todos los sonidos de mi alrededor entraran en mis oídos con mayor nitidez, cosa que suele ocurrir cuando anulamos el sentido de la vista. Recuerdo un experimento que realicé junto con unos amigos en el campo, cubrimos nuestros ojos con un oscuro pañuelo, los cantos de los pájaros, los rumores de la hierba, se percibían con asombrosa nitidez.
De ese modo escuché al niño protestando porque su madre no le dejaba desasirse del cinturón para correr en libertad por el pasillo. La madre reprendía con severidad su tentativa exhortándole a que permaneciese en su sitio sin molestar para no recibir el castigo que su desobediencia clamaba.
Una pareja discutía debido a alguna indiscreción por parte de ella en las redes sociales. El hombre, indignado, reprochaba a su pareja la publicación de ciertas fotografías íntimas, ella no contestaba, creí percibir un leve murmullo como si en vez de contestar a las acusaciones, se limitase a tararear una musiquilla pegadiza.
También escuché la voz de otra mujer, ella empezó a hablar en voz baja para dirigirse a la azafata. No pude escuchar la conversación de ambas, solo un imperceptible bisbiseo y algunos discordantes ronquidos que llegaban a mí desde algún punto cercano del avión, aunque no fui capaz de adivinar el lugar exacto.
Fue en ese momento cuando comencé a sentir las miradas sobre mí. Observé a mi alrededor con estupor, a mi alrededor se agolpaban funestas aves negras en lugar de pacíficos pasajeros. Sus alas medio desplegadas, amenazantes; sus ojos crueles, negros, brillantes, sin apartar la mirada. Abrí los ojos asustado. Los pasajeros continuaban en su lugar abstraídos en sus conversaciones o dormitando ajenos a las feroces aves que un segundo antes, ocupaban su lugar. «Un mal sueño», pensé y cerré de nuevo los ojos. Los pajarracos regresaron, rodeándome, uno de ellos, el que ocupaba el lugar de mi vecina. Levantó una de sus gigantescas alas y, sin apartar su inquietante mirada de mí señaló una enormes piedras que sobresalían de entre las nubes. Abrí los ojos de golpe, la joven continuaba en su asiento con el rostro oculto tras su hermosa cabellera. Mi otro compañero también seguía leyendo ajeno a mi inquietud, pero observé que continuaba en la misma página del libro, pese a su aparente concentración, observé que sus ojos permanecían inmóviles en un punto fijo. Levantó el rostro y me dedicó una enigmática sonrisa. Miré a mi alrededor, el resto de pasajeros también me miraba con una torva sonrisa en los labios.
Tranquilicé mi espíritu antes de volver a cerrar los ojos convencido de que aquello no era más que visiones propias de mi fatigado cerebro. La montaña alargó un brazo de piedra y sacudió el avión. Los oscuros pajarracos extendieron sus alas, gritaban mientras continuaban con sus furibundas miradas.
Abrí los ojos justo a tiempo de ver las siniestras montañas acechando por la ventanilla.
Después, nada.
Comentarios (0)