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Un vuelo, un misterio - por Laura P.R.
Entré en el avión medio dormido, como cada lunes por la mañana. Berlín empezaba a sentirse como un segundo hogar, aunque echaba de menos a mi mujer y a mi hija. Prometí no volver a la consultoría, y sin embargo allí estaba otra vez. Quería darle lo mejor a mi familia, pero el mercado laboral no me lo estaba poniendo fácil.
Caminé por el pasillo hasta llegar a mi asiento. Los pasajeros se levantaron sin protestar, como si fuera una rutina. Me senté y miré por la ventana. Ojalá Berlín esté igual de soleado.
Saqué el ordenador y empecé a ultimar los detalles de la presentación.
—Disculpe, señor, por su seguridad, le rogamos que guarde su ordenador portátil y coloque la bandeja en posición vertical. Vamos a despegar en breve.
Bajé la bandeja y guardé el ordenador en la mochila, debajo del asiento.
Cerré los ojos y dejé caer la cabeza en el respaldo. No dejaba de darle vueltas a todo, y la ansiedad volvía a mí como olas en el mar. Poco a poco empecé a relajarme… hasta que noté una presencia.
Me agitaba de un lado a otro, como si estuviera atrapado en una pesadilla, y de pronto abrí los ojos de golpe. No vi nada extraño.
Giré la cabeza lentamente hacia la izquierda… y allí estaba ella. Miraba fijamente por la ventana. Sonreía. No entendía qué estaba pasando.
Unos segundos después, volvió a girar la cabeza en la dirección contraria y clavó la mirada en el pasillo, hacia las primeras filas.
¿Lenguaje de signos? ¿Será sorda? ¿Con quién está hablando?
Abrí la mochila y saqué mis gafas. Quizá estaba siendo demasiado entrometido. Miré a mi alrededor, buscando a alguien… pero no había nadie.
Movía la manos de un lado a otro hasta que dejó de hacerlo y volvió a leer.
Decidí abrir el ordenador de nuevo, pero mis piernas no paraban de moverse. Intenté concentrarme en la presentación, aunque seguía en alerta, como si mi vida corriera peligro.
Texto en negrita,cambios de color, movimientos sutiles que no aportaban nada a la presentación.
Mis dedos empezaron a moverse rápidamente sobre la bandeja, como si tocaran un piano. Ella empezó a hablar en voz baja.Tan baja que apenas podía oírla. Le hablaba al suelo. Por el tono, parecía que se dirigía a un bebé… o a un perro.
Me inquieté aún más. Empecé a sentir como gotas de sudor se formaban en mi frente.
Minutos después, se levantó y caminó hacia el baño. Dudé un momento si llamar a una azafata. Quizá el que estaba enloqueciendo era yo.
—¡Que alguien me ayude! ¡Me quiere matar! — salió corriendo del baño hacia el pasillo. Tropezó y cayó al suelo. Se giró, aterrorizada, mirando a quien la atacaba… pero no había nadie.
Dos azafatas corrieron hacia ella y la sujetaron como pudieron. La mujer se defendía, lanzando golpes descontrolados.
—¡Me están atacando! ¡Que alguien me ayude! —seguía gritando, fuera de sí.
El nerviosismo se extendió entre los pasajeros. ¿Qué diablos está pasando?
Más miembros de la tripulación se acercaron. Una de las azafatas intentaba localizar su equipaje. Pastillas y más pastillas empezaron a salir de su bolsa.
—Señoras y señores, por favor, mantengan la calma. Estamos atendiendo a un pasajero que se encuentra indispuesto. Si hay algún médico o personal sanitario a bordo, le rogamos que se identifique a la tripulación.
Dos personas se levantaron y se acercaron.
Rebuscaron entre los blísteres hasta encontrar una caja cerrada.
—¿Ha tomado alguna pastilla? —preguntó uno de ellos.
Nadie respondió.
El médico abrió la caja. Las pastillas estaban intactas.
—Podría tratarse de una descompensación. Tenemos que tranquilizarla.
Se acercaron con cuidado e intentaron inmovilizarla con uno de los cinturones de sujeción. Ella seguía forcejeando, fuera de sí.
Tras intercambiar unas palabras, decidieron sedarla, hasta llegar a la pista de aterrizaje.
Miré a la señora con lástima. ¿Por qué no quiso tomarse la medicación? ¿Quién le habrá juzgado tanto para llegar hasta este punto de no retorno?
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