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Habladuría en el avión - por Madame BovaryR.
Habladuría dentro del avión
Por: Madame Bovary
El avión despegó de Puerto Rico rumbo a Australia con ese temblor leve que siempre pone a todos en silencio por unos segundos. Luego, poco a poco, regresaron los sonidos: cinturones soltándose, conversaciones, el zumbido constante de los motores.
En la fila 18, junto a la ventana, iba sentada Laura Valdés.
Veinte horas de vuelo no eran suficientes para dejar atrás todo lo que había pasado, pero al menos servirían como distracción. Llevaba un libro abierto que no leía, las manos sobre el regazo y la mirada perdida en las nubes.
Habían pasado meses desde la muerte de Ernesto. Todavía le costaba decirlo en voz alta. Viuda.
Al lado contrario y varias filas más atrás, una mujer la observaba con insistencia. Fruncía el ceño, inclinaba un poco la cabeza, como tratando de confirmar algo que no terminaba de creer.
—Es ella… —susurró finalmente.
Su esposo, sentado a su lado, apenas levantó la vista.
—¿Quién?
La mujer se concentró un poco más para confirmar su sospecha.
—La esposa del abogado… el que apareció muerto en su finca.
El hombre ahora sí reaccionó.
—¿Estás segura?
—Claro que sí. La he visto en la iglesia, todos los domingos. Siempre impecable, con las niñas.
Hizo una pausa, como degustando la información.
—Pobrecita…
El hombre miró por encima del asiento, disimulando.
—¿Y qué fue lo que pasó exactamente?
Ella empezó a hablar en voz baja, presuponiendo que solo su esposo la escuchaba.
—Dicen que él tenía una doble vida —susurró—. Que no era tan perfecto como parecía.
El hombre arqueó las cejas.
—¿Cómo así?
—Pues… dicen que iba mucho a una finca que tenía, supuestamente, a montar a caballo. —dijo ella con sorna.
—Eso lo sabía todo el mundo. ¿Qué tiene de extraño que montara a caballo en su finca?
—Montar a caballo, nada, pero lo que no sabían era por qué iba tanto… y solo.
El zumbido del avión parecía hacerse más fuerte alrededor de ellos, como si quisiera opacar la conversación.
—Ahí trabajaba un hombre —continuó ella—. Julián. Y dicen que… bueno… que no era solo trabajo, ya tú sabes.
El esposo la miró con sorpresa.
—¿Tú estás diciendo que…?
Ella asintió lentamente.
—Eso es lo que cuentan.
Hubo un breve silencio.
—Pero si él tenía una familia… —dijo el esposo.
—Por eso mismo —respondió ella—. Nadie lo sospechaba.
Ambos miraron hacia Laura. Ella seguía en la misma posición, quieta, ajena… o eso parecía.
—Dicen que discutieron —añadió la mujer—. Que el otro quería que él dejara todo, pero el difunto no quiso.
El hombre negó con la cabeza.
—Qué lío…
—Pues peor —dijo ella—. Lo mató. Allí mismo, en la finca. Y lo enterró.
El esposo soltó el aire lentamente.
—Qué cosa tan fuerte.
La mujer bajó aún más la voz.
—Pero espérate… eso no es lo más raro.
—Ah, ¿no? ¿Todavía hay más?
—Eso no es todo. ¡Falta lo mejor!
Se inclinó un poco más hacia él.
—Dicen que el cuerpo no estaba donde lo habían enterrado.
El hombre frunció el ceño.
—¿Cómo que no?
—Que apareció más arriba. Como si la tierra lo hubiera impulsado.
Él soltó una pequeña risa nerviosa.
—Eso debe tener una explicación.
—Seguro —dijo ella—. Pero la gente habla.
Volvieron a mirar hacia Laura. Ella seguía quieta. Pero había algo distinto ahora. Sus manos estaban más tensas. Lágrimas corrían por su rostro.
—Imagínate enterarte de algo así —murmuró la mujer—. De la vida que llevaba tu esposo…
El hombre no respondió. Le hizo señas para que se callara.
Laura cerró el libro despacio. Se volteó y los miró fijamente a los ojos por un momento. No dijo nada. Pero la tristeza de su mirada reflejaba que había escuchado cada palabra claramente.
El avión siguió su rumbo. Allá abajo, el océano era una extensión infinita. Dentro de la cabina, entre susurros y miradas discretas, la historia de Ernesto seguía viajando… incapaz, incluso ahora, de quedarse enterrada.
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