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Tanto arder - por Nick Brooks
Acurrucados junto al fuego, el silencio nocturno era interrumpido solamente por el crujir de las llamas y el canto de los grillos a su alrededor. Quizá temerosa de romper la magia del instante, también ella empezó a hablar en voz baja.
—Daría lo que fuera con tal de que este momento fuese eterno —susurró, la mirada fija en el baile de las llamas.
Él se limitó a asentir, estrechándola contra su pecho. Ella suspiró, luchando por evitar que las lágrimas se arremolinaran en sus ojos. Batalla perdida.
—¿Y si nos escapamos?
El joven resopló, con una risa derrotada. La parte más egoísta de su corazón gritaba que sí, que huyeran a donde nadie los conociera, con tal de estar juntos. Pero la quería tanto que no podía hacerle eso. Significaba que perdería todo lo que con tanto esfuerzo le había costado conseguir. Sus amigos, su familia, la panadería…
—No, Lucía, no. Tu mamá se moriría, y tu hermano nos va a buscar —dijo, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano —. Cuando nos encuentre, me va a matar a mí.
—Si nos encuentra —señaló ella, medio en broma. Sonrió con tristeza. Sabía que él tenía razón.
Quedaron en silencio otro rato, observando como el fuego consumía la madera. Joaquín se inclinó para poner otro leño encima.
—¿Por qué tiene que ser así, Joaquín?
Él se encogió de hombros y la besó en la frente, incapaz de responder. Quizá no había respuesta.
—Voy a esperarte, ¿sabes? Sólo será por un par de años, y volverás. Todo será como antes.
Joaquín se mordió la lengua. Como antes. Ya era un hecho, las cosas habían cambiado. Aunque deseaba rogarle que sí, que lo esperara, también sabía que no iba a irse un par de años. Les quedaba mucha vida por delante, pero la quería tanto que no podía hacerle eso.
—Sí —insistió Lucía —. Ya verás, el tiempo vuela.
Joaquín negó con la cabeza.
—No, Lucía, no. Pasado mañana me voy, y quién sabe si volveré. Aun si vuelvo… quizá no vuelva el mismo Joaquín que quieres ahora.
—Siempre te voy a amar, Joaquín —sacudió la cabeza con fuerza —. Y volverás, yo sé que volverás.
La respiración de Lucía se volvió temblorosa, mientras la muchacha hacía un esfuerzo sobrehumano por no romper en llanto.
—Ojalá pueda volver —asintió el joven, con la mirada perdida —. Y así podrás contarme todo lo que ocurrió en el pueblo mientras no estuve aquí.
Lucía hundió su cara en el pecho de Joaquín, empapándose de su olor. Finalmente se permitió llorar.
—Prométeme que vas a escribir —susurró entre sollozos.
—Solo si prometes responder —respondió Joaquín, abrazándola con más fuerza.
La muchacha siguió llorando por un rato más, recostada en su pecho. Pronto se quedó dormida, reconfortada por el abrazo de su amado. Joaquín se quedó mirando el fuego, que poco a poco iba perdiendo intensidad, mientras la madera era consumida hasta que quedaron solo las brasas.
Al día siguiente, se despidieron una vez más en la estación del tren. Entre lágrimas, promesas y besos, los jóvenes se miraron por última vez sin saberlo.
Las cartas iban y venían cada par de semanas, al principio. Lucía le contaba con emoción como la panadería iba creciendo poco a poco. Pronto se mudaría a un local más grande, pero tendría que contratar más personas que le ayudara. Joaquín, por su parte, había empezado a ganarse el respeto de su mentor, pero esto implicaba invertir más tiempo en la oficina, por lo menos por el momento.
Varios meses más tarde, la respuesta de Lucía demoró más de lo normal. Se disculpó en la siguiente carta, contándole de lo increíble que fue la inauguración del nuevo local y lo cansada que estaba. Sonaba muy feliz. Joaquín la felicitó, y le contó que su mentor lo había involucrado en un nuevo proyecto junto con otros profesores de alto rango. Era un privilegio y se lo había ganado con mucho esfuerzo. Le preocupaba un poco no poder dormir bien, por la magnitud del trabajo que se venía encima, pero le deseaba todo lo mejor con el nuevo local de la panadería.
Pasaron un par de meses hasta que Lucía respondió en una carta más corta, felicitándolo por el proyecto y con los saludos de la familia. No supo si Joaquín la recibió, pues nunca recibió respuesta.
Quizá no la quería tanto, después de todo. Quizá Lucía tampoco iba a seguirlo esperando. Después de todo, hasta las brasas se convierten en ceniza.
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