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Polvo, plumas y política - por Silvina
Polvo, Plumas y Política
El lunes por la mañana todos estaban esperando ver las noticias, Doña Susana especialmente esperaba ver a su hijo Pedrito famoso por ser el único universitario del paraje. Al parecer Pedrito ya no iba a viajar más a la capital en el colectivo que parecía un carretón, que siempre llegaba a destino con la mitad de la comida que ella le preparaba. Pedrito iba a viajar en avión. En el viaje inaugural.
Nadie se esperaba el final de la travesía.
El programa "Alas Misioneras" nació como la joya de la campaña: unir pueblos olvidados con la capital en un tiempo récord. El problema era que la "pista" en Paraje La Gloria era, en realidad, un tramo de tierra colorada seca que el intendente había mandado a rastrillar el día anterior.
Allí esperaban los pasajeros, impecables. Don tito el periodista del pueblo lucía una camisa blanca almidonada; las feriantes, Doña Rosa y su hermana, llevaban canastos cargados de quesos, pan cuca recién horneado y masitas caseras. Un estudiante, que sostenía como podía una caja de cartón con agujeros, llevaba una gallina bataraza… viva.
Cuando la avioneta de prueba apareció en el horizonte, el optimismo era total. Pero al tocar tierra, la hélice levantó un remolino de polvo rojo tan denso que pareció una explosión volcánica. Cuando la nube se disipó, los pasajeros, que antes parecían listos para un casamiento, ahora eran estatuas de barro vivientes. El blanco de la camisa de Tito era solo un recuerdo.
—¡Es el progreso! —gritó el comisario local, escupiendo tierra.
Subieron a empujones. La cabina era un microclima de olores: queso criollo, nafta y el aroma dulzón del pan. La azafata, una joven traída de un crucero europeo que hablaba cuatro idiomas, los recibió con una sonrisa rígida que se quebró en cuanto la bataraza decidió que la caja de cartón era demasiado pequeña para su claustrofobia.
El despegue fue un evento sísmico. Al primer pozo de aire, la tapa del tupper de Doña Rosa voló por los aires, añadiendo un nuevo aroma en la cabina. La gallina, aprovechando el caos, escapó de un picotazo y comenzó a volar sobre las cabezas de los pasajeros, dejando un rastro de plumas.
—¡Oh mon Dieu! ¡S'il vous plaît! —gritaba la azafata en un francés desesperado mientras intentaba atrapar al ave con una bandeja de plata, terminando medio tirada sobre la mochila del universitario, que quería ayudarla, pero no quería soltar su otra cajita con huevos caseros.
En medio del desastre, Doña Rosa, que intentaba salvar su bolsa de masitas, notó que la azafata estaba al borde de un colapso nervioso. Ella empezó a hablar en voz baja, tratando de calmar a la mujer que ahora sollozaba en alemán mientras una pluma de gallina le decoraba el peinado perfectamente lacado.
—Tranquila, —le susurró Doña Rosa—. Mirá el lado positivo: en el colectivo, la otra vez en una curva, el baúl se abrió y los quesos redondos salieron despedidos y rodaron al monte, tuvimos que volver y entre todos rescatar en el oscuro lo que pudimos.
Cuando por fín llegaron, el aterrizaje en Posadas fue digno de una película de catástrofes. La puerta se abrió, los fotógrafos de la prensa oficial prepararon sus flashes. Algunos comentaban lo grandioso de ver como se cumplían las promesas y otros solo sacudían las cabezas, previendo la situación, pero todos esperaban ver ciudadanos modernos bajando de una aeronave del futuro. En su lugar, emergió una procesión de espectros rojos, cubiertos de plumas, y olor a gallina asustada. Tito bajó llorando de risa, Doña Rosa bajó masticando una empanada, la azafata simplemente bajó y caminó directo hacia la terminal sin mirar atrás, probablemente hacia el aeropuerto internacional más cercano.
Mientras los pasajeros intentaban sacudirse la tierra de la ropa, el Ministro de Conectividad se adelantó rápidamente. Ignoró a la mujer que intentaba explicarle que su gallina se había quedado atrapada en el conducto del aire acondicionado y se paró frente a los escombros del avión. Con una sonrisa de porcelana, sostuvo un cartel brillante ante las cámaras.
—¡Histórico! —exclamó para la foto—. ¡El viaje inaugural fue un éxito rotundo!
Detrás de él, la gallina asomó la cabeza por la ventanilla del piloto y soltó un cacareo que salió por los altoparlantes de la pista, sellando el triunfo de la aviación regional.
En su casa Doña Susana apagó el televisor, suspiró y solo pensó que más le valía a Pedrito volver al carretón.
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