Literautas - Tu escuela de escritura

<< Volver a la lista de textos

Turbulencia - por AramR.+18

Andrea despertó sobresaltada del sueño, con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera escapar. A su lado, Pedro le apretaba la mano con una fuerza sorprendente. Era la primera vez, desde que estaban solos, que él la tomaba sin que ella tuviera que insistir. Dos semanas habían pasado desde la huida, y el silencio del niño pesaba más que el recuerdo del miedo.

El avión se balanceaba con un temblor grave, como si el cielo tuviera demasiadas grietas. Pedro sudaba y su respiración iba a saltos. Las luces indicaban abrocharse los cinturones, pero nadie parecía prestar atención. Una señora tres filas adelante rezaba en voz baja; el hombre junto a la ventana bebía sin pausa de una botella en miniatura. Por la radio, una voz metálica —serena, ensayada— hablaba de turbulencia leve, de mantener la calma. Andrea cerró los ojos y quiso creerle, aunque sabía que las turbulencias más peligrosas no se anuncian.

Sentía la presión de los dedos de su hijo, esa necesidad muda de aferrarse a algo que no fuera el vacío. Pedro tenía los ojos cerrados, el cuerpo tenso, y con el brazo libre abrazaba al conejo deshilachado que usaba para dormir. Andrea lo observó. Ese pedazo de peluche arrugado había sobrevivido a golpes, lluvias, viajes y mudanzas. Ella no estaba tan segura de poder decir lo mismo de sí misma.

—Tranquilo, Pedro —susurró, buscando la voz entre los labios secos—. Todo va a estar bien.

—¡Quiero a mi papá! —gritó él, y la frase atravesó la cabina como una cuchillada en la oscuridad. Varias cabezas se giraron, pero nadie dijo nada.

Andrea sintió un filo agudo en el pecho. Recordó la pesadilla de la que acababa de despertar, idéntica a todas las anteriores: se veía suspendida sobre su propio cuerpo, flotando, con las manos manchadas de sangre. Abajo, su marido se movía una última vez, balbuceando algo que apenas podía escuchar. Luego, el silencio. Y el eco de esa palabra —perra— escapando entre borbotones, pegándosele a la piel como un tatuaje ardiente.

Respiró hondo, tratando de contener la ira y la culpa. Desde aquella noche en que habían escapado, el sueño la visitaba sin falta. A veces, segundos antes de dormir; otras, en mitad de cualquier ruido que recordara el choque de un cuerpo al caer.

Ahora, con el zumbido grave del avión llenando el espacio entre ella y su hijo, pensó en lo mucho que Pedro podría llegar a odiarla si algún día supiera la verdad. Si supiera lo que ella había hecho por salvarlo, o tal vez por salvarse a sí misma. ¿Qué tipo de amor podía sobrevivir después de eso?

El avión crujió de nuevo, y un parpadeo rojo pintó el perfil de Andrea en el reflejo del cristal. Miró el cielo negro detrás de la ventanilla y sintió, por un instante, que seguía cayendo.

¿Cómo podría empezar? ¿Cómo le explicaría a un niño lo que significa amar a alguien que quiere verte desaparecer? Quizás podría contarle sobre las noches de espera, los mensajes borrados, el olor persistente de un perfume ajeno.

La aeromoza pasaba con gesto profesional, acostumbrada a turistas nerviosos y turbulencias repentinas. Andrea no pudo evitar verla: se llamaba Montserrat. Por supuesto que sí. Otra Montserrat. El nombre le pesó como una piedra en la lengua.

Recordó el plan: el cuchillo en el cajón correcto, la maleta bajo la cama, las rutas trazadas. Recordó el miedo convertido en fuego, la certeza final. Cuando él cayó, no gritó. No como Pedro gritaba ahora.

Entonces tuvo una idea. No le mentiría. Solo cambiaría el orden de las cosas. Podría decirle la verdad, pero como se cuentan los cuentos antes de dormir: con pausas, con metáforas, con trozos de ternura entre las cuchillas. Que él entienda, al menos, que este mundo no perdona a las mujeres que intentan pilotar su propio destino. Que a veces, para sobrevivir, hay que estrellar el avión antes de que te arranquen las ganas de volar.

Dudó un momento. La señal de emergencia se encendió de nuevo, y el piloto repitió su discurso sobre mantener la calma. Andrea miró a su hijo: sus párpados temblaban, los dedos seguían firmes sobre los suyos.

Ella empezó a hablar en voz baja, suplicó a Dios que Pedro solo escuchara lo justo para no odiarla. O que el avión cayera, y el silencio se encargara del resto.

Ccomentarios (1):

Ignacio Z.

20/04/2026 a las 10:52

Hola Aram. Muy buen relato. “No le mentiría, solo cambiaría el orden de las cosas”. Me ha impresionado esta frase. La relación madre hijo, la forma de desvelar la trama, la revelación de la historia dosificada, la atmósfera, las frases cinceladas, todo son elementos muy logrados. Quizás falta un poco más de claridad en la historia sobre lo que ha ocurrido con el marido, pero por lo demás muy bien.

Deja un comentario:

Tu dirección de correo no se publicará. Los campos obligatorios aparecen marcados *