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Vuelos populares - por Carlos Tabada

Tengo que admitir que solo he volado 3 veces en mi vida. Creo que por eso pienso en ellas con un aura mística.

La primera fue a Mallorca, el 14 de septiembre de 2001. Exacto, 3 días después de que unos zumbados empezarán el siglo XXI rindiendo pleitesía a lo que mi tío solia llamar la caja tonta. Tenía sentido del humor, y de no habérselo llevado el alzhéimer se habría rendido junto a mí con una sonrisa: Vale tíos, seguiremos pegados a la tele un siglo más.

Aquel día me senté poco emocionado en la penúltima fila, justo delante de tres árabes. Poco observador, sólo al tiempo recordé la tensión en las caras del pasaje. Volví a verla años más tarde, en las multitudes que dejaban sin papel higiénico los supermercados. We, the people, suena genial en una constitución pero amigos, a veces cuesta extrapolar su universalidad a la vida cotidiana. En fin, tampoco soy el más indicado para juzgar; mi primer avión y viaje a Mallorca, aquello fue lo más emocionante y no fui consciente hasta pasado el tiempo.

15 años pasaron hasta el siguiente avión: Madrid-Bilbao. Poco que recordar, excepto ser uno de los aterrizajes más peligrosos del mundo. El viento bambolea los aviones abriendo portaequipajes y, algunas veces, los viajeros se pierden la monumentalidad del paisaje esquivando bolsos convertidos en granizo de interior. Por lo demás, el aeropuerto de Sondika es como un Vips descolorido, muy aseado, y más pequeño que alguno de sus locales. Aunque quizá sí recuerdo algo, un comentario de pasada del taxista en una excursión: “¿Sabías que éste es el único pueblo del País Vasco con carretera directa hacia todo Euskadi?”. No se qué pensaría mi tío del comentario, pero es posible que esté revolviéndose en la tumba.

Y llegamos al más reciente, doble trayecto en realidad, Madrid-Varsovia-Breslavia. En mi estreno como programador informático me encontré buscando en internet al fabricante del avión, un bimotor de hélices, mientras 40 profesionales -solo hombres- esperábamos a pie de pista que abrieran el embarque. Definitivamente éste, a diferencia de los otros, sí fue emocionante de principio a fin.

El primer día, o mejor, primera noche, llegué al hotel a la 1 de la madrugada y resultó que no tenía saldo en la tarjeta. No me pregunten si recuerdo por qué, baste decirles que los jefes hindúes nos hacían pagar viaje y alojamiento por adelantado. En fin, después de unas sonrisas y llamadas incómodas, la recepcionista aceptó alojarme esa noche, y tengo que decirles quién terminó aportando una tarjeta con saldo aquella noche. Imaginen a un alemán de dos metros, ex-soldado con experiencia real en combate, Delivery Manager en un proyecto desastroso en Polonia. Si no tienen experiencia en proyectos informáticos quizá no suene muy espectacular pero yo, si fuera más breve, lo pondría en mi lápida: Aquí yace uno a quien un D.M. le pagó, a la una de la madrugada, el alojamiento de 15 dias en una ciudad frontera de tres civilizaciones.

Imaginen mi cara al día siguiente, al presentarme al equipo. Por suerte, el equipo eran dicho alemán, un italiano, dos holandeses, tres o cuatro polacos y un número indeterminado de hindúes vía internet. Al alemán le bastaba con poner cara de mal genio, pero el resto no escondía que estaba más perdido que…, bueno, que un hindú en Polonia.

Quince milagrosos días después, celebrábamos una exitosa sesión de demostración de la aplicación, y al día siguiente ya estaba a pie de pista orgulloso, satisfecho y listo para volver a Madrid.

Solo que esta vez solo eramos 39 hombres. El pasajero número 40 era una especie de princesa nubia, mas alta que la mayoría del pasaje, y desde luego mas atractiva. Ni en el aeropuerto, ni una vez embarcados, pude dejar de mirarla. En una de esas miradas furtivas, ella empezó a hablar en voz baja con su vecino. Nunca sé que pensar cuando me pasa eso, que una mujer musite a su compañero si me quedo embobado, aunque suelo reconocerme que no parece un gesto que invite a seguir mirándola. No puedo alargarme más. Me gustaría terminar este relato diciendo que ella también viajaba a Madrid, que en la escala en Munich la salvé de un accidente en un suelo mojado, y que eso me procuró un vuelo de vuelta con la vecina más arrebatadoramente hermosa que haya tenido jamás pero, saben qué, en Munich la vi marcharse, creo que con el maldito alemán de dos metros.

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