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Hermanos - por Iván PascalR.

Julián había volado mucho por motivos profesionales y personales. En cada vuelo, escuchaba con atención las instrucciones de seguridad que impartía la tripulación de cabina que, en la mayoría de los casos, iban acompañadas de una demostración práctica en el pasillo del avión. En esta ocasión, todo era distinto, comenzando por el motivo de su viaje. Había recibido una llamada de su hermana pequeña, con la que no había mantenido contacto en los últimos dos años. Le comunicaba, con el tono lejano de los hermanos que han puesto mucha distancia entre ellos, que a su padre le habían diagnosticado Alzheimer.

“Colóquese la mascarilla antes de ayudar a otros pasajeros a hacerlo”. La voz de la locución se reproducía en ese instante. Los pensamientos de Julián volaron hacia el momento en que decidió, de forma consciente, hacer precisamente eso en su vida: pensar en él antes que en su hermana. Durante años había sido justo al revés, llegando, incluso, a cambiar las fechas previstas de sus vacaciones familiares para acompañarla el día en que le dieron las llaves de su nuevo piso, provocándole serios problemas conyugales. Como este episodio, se fueron sucediendo otros parecidos, y siempre era él el que se veía perjudicado por acceder a los caprichos de su hermana.

Sin embargo, todo esto cambió el día en el que Julián le dijo a su hermana que le habían diagnosticado un melanoma. La reacción de su hermana lo dejó helado. Recordó la literalidad de sus palabras: “pues conmigo no cuentes para cuidarte. Soy muy joven para cuidar enfermos”. Ni siquiera lo había necesitado, no lo había pedido, pero su hermana ya había mostrado su empatía hacia él. Afortunadamente, la enfermedad se superó sin necesidad de ayuda, pero para Julián, aquellas palabras supusieron un gran distanciamiento con su única hermana.

¿Qué pasaría ahora? ¿Cuál sería la actitud de su hermana ante la enfermedad de su padre? ¿Se Eludiría atenderle tal y como hizo con él? Su hermana vivía en la misma ciudad que su padre y, por tanto, era el familiar más cercano en una situación urgente. Julián vivía a unas dos horas de vuelo de ellos.

Aquellos pensamientos rondaban su mente cuando oyó la voz de la mujer sentada a su lado.

— No sé si has visto el aviso de cinturones.

Aquellas palabras fueron suficientes para devolverlo a la realidad.

— ¡Perdón! ¿Qué me decías?

Ella empezó a hablar en voz baja para evitar molestar a los pasajeros próximos.

— Se ha activado la luz de cinturones. Te he avisado por si no lo tienes abrochado. Lo tapa tu americana.

— Es verdad. No la había visto. Tengo la cabeza en otro lado. Siempre que vuelo lo llevo abrochado. Gracias por el aviso.

— De nada. Me ha parecido que estabas muy absorto en tus pensamientos. Espero que no sea nada grave.

Julián pensó si seguir con aquella conversación o ponerle fin de forma educada. Se decantó por continuarla, aunque con discreción.

— Es mi padre. Está mayor y nos han dado malas noticias. Aunque por su edad, ya parece inevitable recibirlas, nunca estás preparado para ello.

— Tienes razón, nunca estamos preparados. Los seres queridos nos duelen. ¿Sois más hermanos?

Julián meditó la respuesta.

— No sé qué contestar. Parece una pregunta sencilla, y normalmente lo es. Tengo una hermana menor, pero estamos tan alejados que el llamarla hermana es una simple cuestión biológica.

— No puedo ayudarte mucho con este asunto. Soy hija única. El mundo de los hermanos está alejado de mí, pero a mi alrededor sí que compruebo como los hermanos son puntos de apoyo en momentos difíciles y de acompañamiento en los buenos.

— Así es. En mi caso no sé lo que encontraré cuando baje del avión. Mi hermana me recogerá, pero no sé qué hará con respecto a nuestro padre. Es una incógnita.

— Ya llevamos unos minutos perdiendo altura. Estamos a punto de aterrizar. Te deseo lo mejor y que tu hermana y tú encontréis la manera de acercaros en el dolor por la enfermedad de vuestro padre.

— Me encantaría que las cosas cambiasen. Muchas gracias por tus deseos.

El avión aterrizó. Julián salió rápido, sin equipaje y enseguida alcanzó la terminal de llegadas. Al cruzar la puerta de salida, vio a su hermana. Se dirigió hacia ella. De forma instintiva, se dispuso a abrazarla, pero antes de que sus brazos la rodearan, su hermana le espetó.

— Ya era hora de que llegases. Tienes que atender a Papá.

A continuación, dio la vuelta e inició el camino hacia el coche.

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