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LUNA DE MIEL EN EL PARAISO - por Marta T GR.
El Airbus A350 surcaba el cielo cual inmensa ave de plata atravesando nubes de algodón. En la cabina las sobrecargo se disponían a servir café, un aroma que Ana notó almizclado tras dos semanas bebiendo auténtico café en tierras montañosas. Miraba las fotos en su móvil: el verde brillante de la Amazonía todavía parecía palpitar tras el cristal de la pantalla.
—Mira esta, Carlos —susurró, señalando una imagen de ambos en las Galápagos—. Tenemos cara de haber descubierto el secreto de la inmortalidad.
Carlos sonrió, un sonido cálido que se perdió entre el ronroneo grave de algunos pasajeros que dormían.
Estaban endeudados hasta las cejas, con un crédito que les recordaría el viaje de novios cada mes durante los próximos cinco años, pero la felicidad no les permitía esas preocupaciones. Sin embargo, tanto almíbar se agrietó cuando Carlos notó de nuevo, la mirada del hombre del asiento 12C. Era una mirada gélida, que no parpadeaba.
—Ese tipo nos está explorando hasta el alma, Ana —masculló Carlos, fingiendo que ajustaba el brillo de su portátil.
—No es el único. La mujer que me interceptó cerca del baño me preguntó si éramos biólogos o herpetólogos, vaya cosa más rara… Tenía una voz que rascaba, como lija sobre metal —agregó ella, sintiendo un frío que no provenía del aire acondicionado.
Ana se levantó de nuevo para despejarse. Al regresar, su rostro era una máscara de palidez absoluta. Se inclinó sobre Carlos, con un rastro metálico de miedo.
Ella empezó a hablar en voz baja, He visto a la mujer de la lija. Ha abierto un compartimento superior…juraría que había sacos moviéndose. Un siseo. No era el aire acondicionado, era un sonido húmedo, como seda arrastrándose, más bajo aún, dijo
—creo que llevan serpientes.
—¿Serpientes? Eso es paranoico, cariño. Estás cansada.
Entonces, el sonido cambió de textura. Ya no era el silencio mecánico de un vuelo transatlántico, sino un silencio biológico, denso y expectante.
Los traficantes, un grupo de cuatro individuos dispersos estratégicamente, habían cometido un error de cálculo termodinámico. Habían inyectado un cóctel sedante diseñado para anestesiar por varias horas a sus "mercancías": ejemplares de Bothrops atrox, cascabel tropical entre otras especies.
Los escáneres no las detectaron, mostraban ropa, calzado y bolsos, pero debieron subir por error la maleta a la cabina del pasaje. El calor humano y la presurización aceleraron el metabolismo de los reptiles. El coma inducido se estaba evaporando.
Un grito desgarrador, cromático y agudo, rasgó la monotonía del vuelo. En la fila 15, un hombre saltó de su asiento mientras una sombra delgada y oscura se deslizaba por su hombro. No era una sombra; era una lengua bífida probando el aire saturado de miedo.
—¡Están saliendo! —chilló la mujer de la voz de lija que se quebró en un sollozo seco.
De los compartimentos superiores empezaron a llover cintas de escamas. El suelo del avión se convirtió en una alfombra de movimientos sinuosos. El siseo colectivo era ahora un estruendo dorado que lo llenaba todo. Los traficantes intentaron reaccionar, pero sus propias "joyas" no distinguían entre captores y víctimas. Una yarará, despertando de su letargo con una furia ciega, hincó sus colmillos en el cuello del hombre que vigilaba a Carlos, inyectando un veneno que sabía a fuego y parálisis.
El caos fue absoluto. El aroma a café fue sustituido por un olor reptiliano. La luz de la cabina parpadeó, tiñéndolo todo de un efecto estroboscópico, mientras la gente trepaba por los asientos.
En la cabina de mando, el capitán ni siquiera tuvo tiempo de pulsar el botón de emergencia. Una joven boa constrictor, que se había filtrado por los conductos de ventilación buscando el calor de los paneles eléctricos, se enroscó con la fuerza de un pistón hidráulico alrededor de su garganta. El copiloto, atinó a decir en voz alta —estoy seguro que esta peli ya la vi, por lo tanto, esto no está sucediendo— pero sintió un pinchazo en el tobillo.
El avión, sin nadie al mando, inició un descenso pronunciado. La nariz del Airbus apuntó hacia la inmensidad del Atlántico. Carlos y Ana se abrazaron, cerrando los ojos ante la última imagen en la pantalla del portátil: una foto de ellos sonriendo bajo el sol de Cartagena de Indias, mientras a su alrededor, el avión se convertía en un nido de pesadillas que caía entre gritos y plegarias, justo antes de que el mar lo devorara todo.
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