<< Volver a la lista de textos
El estiércol y el queso - por Edu, S.C.R.
Lars miró a la mujer y comprobó una vez más su billete.
—Disculpe, creo que está usted en mi asiento.
La mujer alzó la mirada del dosier que estaba leyendo y ofreció una sonrisa de disculpa.
—Como el avión va medio vacío… ahora mismo le cedo el sitio —empezó a guardar el dosier en un maletín.
—Cierto, hay poca gente que vuele a Kiruna un martes por la mañana. A no ser…
Lars se sentó en el asiento contiguo al de la mujer y tendió la mano.
—Lars de Vries, abogado. Encantado de saludarla.
Ella observó sorprendida la mano.
—Anke Schimer —dijo estrechando en un apretón firme—. Abogada también.
Él sonrió.
—Lo había adivinado.
—El traje, claro —respondió ella.
—Desde luego no tiene pinta de minero. Pero, no. Los ojos.
Ella se echó para atrás en el asiento y lanzó una media sonrisa.
—Así que los ojos. ¿Me había visto antes, señor de Vries?
—Lars, por favor. Y sí. Estuve rebuscando en la web de tu bufete. Me gusta ponerles cara a los colegas de la parte contraria. Tienes unos ojos increíbles, difíciles de olvidar.
—Tengo uno más grande que el otro.
—Pero bonitos.
—Ya… te lo agradezco. Quizás sea mejor que me cambie a otro asiento vacío, ¿no crees? Siendo rivales…
—Rivales es una palabra que no me gusta —dijo él mientras dejaba un maletín algo raído a sus pies—. No tenemos por qué hablar de empresas mineras. Podemos hablar de quesos.
—¿Quesos?
—¿Casada? —Lars señaló la alianza.
Anke parpadeó, confundida. Luego levantó la mano y observó con el rostro repentinamente serio la alianza de oro en su anular.
—Disculpa —a Anke le pareció de verdad arrepentido—, no es de mi incumbencia.
—Casada —dijo ella al fin—. Pero me estoy divorciando.
—Vaya, lo siento.
—No lo sientas, me engañaba.
—¡Qué me dices! Espero que lo dejes sin blanca. ¿No será abogado, también?
—Y de los buenos —ella cruzó las piernas y miró con detenimiento a Lars. Él pareció ruborizarse.
—¿Quieres que te cuente cómo me la pegaba?
—Me encantaría —respondió él—. Por si alguna vez me pasa.
—¿Estás casado?
—No. Buscando aún.
Ella volvió a sonreír.
—Pues escucha. Mi madre estaba enferma de cáncer. Mi hermana Karin y yo nos turnábamos para quedarnos con ella en el hospital. Los días que me tocaba a mí, Karin se llevaba a mi hija a su casa. Malte, mi marido, estaba llevando un caso muy importante, una farmacéutica, y necesitaba las noches, eso decía…
—¡Que cabrón!
—Un cabrón con encanto, mi Malte. Nunca le gustó a mi madre, no me lo decía, pero yo lo notaba ¿Te gustan los niños, Lars?
—Sí, me encantan. Tengo unos cuantos sobrinos. ¿Tu madre está bien?
—Murió.
—Lo siento.
Anke se encogió de hombros.
—Sólo me queda mi hija. Tiene siete años. La echo mucho de menos cuando viajo.
—¿Cómo se llama?
—Clara.
—Tu bufete está en Berlín. ¿Vivís en la ciudad?
Anke asintió.
—¿Has estado?
—Bastantes veces —dijo él—. Tengo familia allí, un hermano.
—¿Sois muchos hermanos?
—Ocho.
—¡Ocho! ¿no es coña?
—Para nada. En Navidad nos juntamos todos. Si Clara y tú venís a Amsterdam en diciembre te los presento. Y a mis padres y abuelos.
Anke sonrió. Le había gustado como sonaba el nombre de Clara en la voz de Lars. Se atusó el pelo y se inclinó hacia él. Ella empezó a hablar en voz baja.
—Sabes, Lars. No sé si me volvería a liar con un abogado.
—Pues que sepas, Anke, que estoy pensando en dejar la abogacía.
—No me lo digas: cultivarías tulipanes.
—Nada tan glamuroso —dijo Lars—. Mi familia tiene una granja de queso gouda. Vacas, estiércol y, por supuesto, quesos.
—¡Vaya! ¡estiércol! ¿Te lo estás pensando, dices?
Él asintió con una sonrisa tímida.
—¿Y eso?
Él levantó las dos manos y las puso a la altura de la cara de Anke.
—Huélelas —dijo.
Ella lanzó una carcajada. Como Lars no decía nada, cogió las manos y las olisqueó.
—Esto es raro —dijo—. Colonia.
—Colonia —asintió él—. Y bolígrafo. ¿me las devuelves, Anke?
Ella dejó ir las manos. Estaban calientes, le había gustado cogerlas.
—Deberías oler las manos de mi abuelo. Huelen a leche fresca, y a heno. Hasta echo de menos el estiércol.
—Mmm, suena bien, supongo.
—Oye, Anke.
—Dime.
—A Clara y a ti, ¿os gusta el queso?
Ella sonrió.
—A Clara le gustan las vacas.
Comentarios (0)