Literautas - Tu escuela de escritura

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Aguzanieves - por Arc FrancesR.

En el reino de Malva están prohibidos los aplausos. Primero desaparecieron los escenarios; después las fiestas, los elogios y cualquier palabra capaz de elevar a alguien por encima de los demás. Decían que así se enterraba la era antigua: los espejos públicos, las redes sociales, la necesidad de ser mirados.
La belleza no pudo eliminarse, pero sí vigilarse. Para eso estaban las Sinpárpado: antiguas infractoras convertidas en siervas del régimen de Grimhilde. Su ley era simple: nadie podía ser leída como más bella que la reina.

El castigo era la ceguera.

Blanca lo aprendió antes de comprenderlo. Con catorce años la subieron a un tren y la enviaron lejos de la capital, a un pueblo donde pudiera pasar desapercibida. Dos años después seguía en el mismo taller, cosiendo vestidos blancos, beige y crema, los únicos colores permitidos para las mujeres comunes.
El verano era eterno. Dentro, el aire pesaba: vapor, sudor, algodón. Nadie levantaba la voz.
Nadie destacaba.

Hasta que llegó Floriane.

No hizo nada especial. Y, sin embargo, todo en ella lo era. Los mechones cobrizos escapando del pañuelo. La risa que rompía el silencio sin miedo. La forma de moverse, como si el mundo no la estuviera mirando.

Incorregible.

Blanca empezó a mirarla también. A no bajar la vista. A olvidar, por segundos, lo que había aprendido.

El día veinte del antiguo otoño alzó la vista y la encontró mirándola.

—Te oí el otro día —dijo Blanca—. Tarareabas.
Floriane sonrió.
—No vuelvas a hacerlo delante de las otras.

La vergüenza le subió por el pecho.

—Cuando llegué aquí no dejaban de mirarme.
—¿Y? Yo tampoco dejo de mirarte.

Blanca apretó los labios.

—No lo entiendes. Aprendí a dejar de existir.

La luz de la ventana dejaba ver el humo de las chimeneas ascendiendo lento.

—Es el llamamiento. Ya han empezado.

Cada mes, los ojeadores enviaban a la capital un registro de rostros. Las elegidas eran presentadas ante Malva. Nadie volvía igual. Algunas regresaban sin ojos. Otras ni eso.
Floriane le agarró la mano.

—Podríamos irnos.
Blanca negó.
—Allí fuera nos verían igual.

Sus cuerpos quedaron demasiado cerca.

—Prométeme que vas a vigilar.

Floriane no apartó la mirada.

Y Blanca supo que ya era tarde.

Esa noche, cuando el taller quedó en silencio, volvió a los registros con una vela. Nombres ordenados, vidas reducidas a tinta. Buscó el suyo y el de Floriane.
Los quemó.
Observó cómo ardían hasta volverse ceniza.

Al regresar, vio luz en una estancia. Floriane estaba despierta.

Blanca alzó la mano. Floriane la imitó.

Las palmas quedaron frente a frente, suspendidas.

Y se tocaron.

Un aplauso sin sonido.

Después vino el beso.

Breve. Torpe. Verdadero.

Blanca pensó que quizá sería el último.

Durante unos segundos no se separaron. Sus manos seguían unidas, como si aquel gesto pudiera sostener algo más que sus cuerpos. Blanca sintió el pulso de Floriane en la palma, rápido, vivo, imposible de esconder.

Nadie las veía.

El calor seguía allí, pero algo había cambiado. Como si el aire se hubiera tensado alrededor de ellas, como si el mundo notara la grieta.

Si aquello era un error, no quería corregirlo.

Si aquello era un final, lo aceptaba.

Al alba, las ancianas las despertaron.

—Levantaos.

En el pasillo se oían voces.

—Faltan dos nombres.

Se miraron.

—Habrá sido un error en el registro —dijo una anciana—.

Los ojeadores recorrieron todas las estancias.

Antes de que la puerta se abriera, Floriane se escondió.

Entraron diez hombres.

Sus ojos se detuvieron en Blanca.

—Tú.

No fue una pregunta.

La sacaron a la fuerza.

Afuera, las chimeneas cubrían los tejados con humo espeso. Antes de subir a la camioneta, le dieron una manzana roja de la capital a cada una de las chicas.

Blanca la sostuvo.

Pensó en Floriane. En su risa. En su “yo te veo”.

Mordió la manzana.

El sabor era demasiado artificial.

Escupió el trozo al suelo con rabia.

—¿Cómo te llamas? —preguntó uno.

Blanca recordó un poema prohibido sobre un pájaro cuyo avistamiento anunciaba el frío.

Alzó la mirada.

—Aguzanieves.

Subió y la camioneta empezó a avanzar.

Entonces la ceniza empezó a caer distinta. Más lenta. Más densa.

Como copos de nieve.

Por primera vez en años, el calor cedía.

Blanca no sonrió.

Apretó los dientes.

Y mientras la ciudad se acercaba, supo que allí dentro encontraría a otras como ella.
Que aprendería sus nombres.
Que las haría verse.

Y que, cuando regresara, no sería para esconderse.

Sería para romperlo todo.

Y volver a por su beso de amor verdadero.

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