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El Domo - por Ana Laura PieraR.+18
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Fran y Gabriel perdieron la inocencia el día que llegaron al límite prohibido de la ciudad. Delante de ellos se alzaba una estructura transparente: «El Domo». Sabían que la misma cantidad de kilómetros que se elevaba al cielo era la misma que se incrustaba bajo tierra, haciendo imposible que nada entrase o saliese.
El paisaje afuera del Domo era desolador. No había árboles, arbustos o animales, solo la tierra consumiéndose al calor abrasador del sol. Cientos de cuerpos humanos secos aparecían recostados en las paredes de la estructura. Tenían posiciones extrañas. Eran como insectos que se hubieran querido colar en una lámpara y perecido en el intento.
Se acercaron fascinados; no conocían los cabellos blancos, las arrugas o los ojos cerrados para siempre.
—Esto es muy extraño —dijo Fran.
—Volvamos, no me gusta estar aquí —susurró Gabriel.
Regresaron sobre sus pasos, cuidándose de no ser vistos. Era algo en lo que ya tenían experiencia.
El día que Fran cumplió dieciocho años, dos guardias lo escoltaron a su cita médica. Una aguja penetró en su piel, y por su torrente sanguíneo circuló un coctel de neuroquímicos e inhibidores hormonales.
—¿Te dolió? —preguntó Gabriel, a quien le tocaría su turno en dos meses.
—Casi nada, pero me siento extraño, inquieto. Además, no puedo quitarme de la cabeza lo que vimos la otra vez.
—¡Cállate! Si alguien se entera…
—¿Y si lo que nos inyectan tiene algo que ver?
—¡Que te calles!
Una mañana. Fran observó el cadáver de una pequeña mosca en el piso. La movió con sus dedos, sintiendo la rigidez, la falta de vida. Era la primera vez que pensaba en esas cosas. ¿Por qué tan pocos nacimientos? ¿Cómo explicar la ausencia de deterioro en la población? ¿Qué será morir y por qué se nos ha negado? —se preguntó.
En alguna de sus correrías con Gabriel, habían encontrado el acceso a un conducto de ventilación. Entró en él y avanzó a gatas. Cada ciertos metros, era posible ver debajo a través de unas rejillas. Se encontró sobre una sala llena de paneles electrónicos y aparatos. Bajó del conducto y miró maravillado aquellas consolas de luces titilantes. «Debe ser la sala de control del Domo». Aunque estaba desierta, habría cámaras de vigilancia. No tardarían en ir por él.
Mientras tocaba todo intentando causar una reacción, pensaba en la ceguera de sus conciudadanos, que no se percataban de la anormalidad en la que vivían.
Una luz roja sustituyó a la blanca y se escuchó una alarma. Sabiéndose descubierto, siguió bajando palancas y oprimiendo botones hasta que un segundo ruido se sumó al primero. Una vibración ominosa hizo temblar todo.
Gabriel, que le había seguido, se asomó por el ducto.
—¡Detente!
—Es tarde. Ya no recibirás tu inyección.
—¿Qué hiciste? —el horror se asomaba en su voz.
Se oyó un estruendo. La cúpula se resquebrajó y se filtró el aire exterior, calcinante. Fran chocó sus palmas en un aplauso excitado. Gabriel lloraba.
Sin la protección del Domo, los inhibidores de edad dejaron de funcionar y la muerte entró vengativa. Ceguera, miembros que perdían la capacidad de sentir y moverse. Entrañas desgarradas, cuerpos que se encogían, se arrugaban y se caían a pedazos mientras la vida los abandonaba.
Fran encaró el destino con los labios apretados y un brillo febril en sus ojos. «Se acabó la mentira» fue su último pensamiento.
Al expandirse la brecha, como en una chimenea, los desechos se elevaron y salieron hacia el exterior para formar parte del páramo.
Así terminaron sus días el Domo y la Ciudad Eterna.
Ccomentarios (1):
Julio Cesar Blanco
18/05/2026 a las 22:56
Hola Ana Laura, me gustó tu distopía. Aunque me perdí un poco en la descripción de la ciudad, y la ubicación del domo. Igual disfruté mucho tu relato