Literautas - Tu escuela de escritura

<< Volver a la lista de textos

El reino de DPRTe - por OcitoreR.

Web: https://plumalanza.blogspot.com/

Marcipolli es un hombre cincuentón. En su época escribió un análisis sobre la estupidez humana. Nadie le quiso hacer caso, pero su regla de la ventana de las simplicidades mostraba el estado en el que se encontraba la humanidad. La IA se estaba desarrollando con bastante rapidez. Algunos conocedores de su funcionamiento habían dado el grito de alarma, sin embargo, fue sordo el aviso, no porque no se escuchara, sino porque la humanidad ya estaba gobernada por la raza digital. Era una generación de seres que se destacaban por crearle perjuicios a los demás sin obtener ningún beneficio —jodían a los demás porque sí, cómo la mismísima peste—. Esa actitud o fenómeno se explicaba en la ventana inferior izquierda y señalaba que pronto la mayoría de la gente pasaría a la ventana derecha del mismo nivel en la que se encontraban las personas que creaban perjuicios para los demás y para sí mismos, lo que era el colmo de la estupidez.

Ahora con medio siglo sobre los hombros, Marcipolli vagabundea por las tétricas calles de la ciudad, hace caso omiso de la conducta inútil de la gente, se ha dotado de una ceguera física y moral que lo protege del aplauso demente de los individuos sin razón ni sentido común. Ve con desprecio a la gente vestida a la moda preguntándole a Groosk hasta la más pequeña insignificancia.

“¿Cómo debo cruzar la calle? ¿Qué me recomiendas hoy para comer? ¿Si le digo a Marie que ya no me gusta cuáles serían las consecuencias?”.

Ensimismado, recuerda cómo llegaron al poder los líderes plasta. Era simplísimo, la enorme mayoría de votantes ya era idiota, solo había que perjudicarlos diciéndoles que los demás querían ir contra la democracia, que querían acabar con el derecho a manifestar su opinión en público, que querían conservar los valores y símbolos de su sociedad arcaica oponiéndose a la modernidad. El primer paso hacia el fracaso fue permitir que los niños de la primaria escogieran su identidad. Los padres ya tenían lavado el coco. Se había hecho una campaña en favor de la elección de identidad al azar: cruz, cambio de sexo; cara, lo voy a pensar. Así con esa fórmula mágica se logró ir controlando a las masas. Luego vino, la ley de selección natural, el más fuerte se come al débil. La fuerza residía en ser del partido gobernante, por eso todos se afiliaron y acabaron del mismo lado y sin oposición. Al final de tantos logros, quedó una élite desconocida que habitaba lejos de la plebe, aludida por los aplausos de los vedados, aquellos despojados de pensamiento libre que solo alimentaban la riqueza y el poder de los privilegiados.

Marcipolli se fue a su vivienda abandonada. Los muebles eran viejos, pero limpios. Se había esmerado por mantener un espacio decente en el que pudiera ocultarse de la ignorancia y manipulación que reinaban en las calles. Le dieron ganas de leer. Bajó a su sótano, encendió una linterna y comenzó a buscar entre los libros que le faltaban por leer. Sus dedos se detuvieron en un ejemplar muy delgado. Era la fantástica historia de Sugar Johnes, pensó en cogerlo, pero desistió. De pronto recordó que hacía tiempo que quería leer El escudriñamiento de la estupidez de H Cazelab. Se lo puso bajo el sobaco y subió por la escalerilla. Una vez en la cocina, se preparó un café, echó unos cuantos leños a su chimenea, un bote de petróleo oxidado con un gran hoyo y un tubo que sacaba el humo por la ventana. Se fue a la habitación por una manta y se sentó.

Antes de empezar sus lecturas cerraba los ojos y se transportaba al pasado buscando en sus recuerdos algún suceso agradable, como el de su única mujer mirándolo con curiosidad y amor, una vez que lo encontraba, se lo traía atado en la mente gracias a una repetición constante de imágenes. Luego, volviendo a su realidad, murmuró: “Lo leeré con cuidado pegado a aquel cuerpo desnudo de Meliza, como lo hicimos en aquella cabaña del bosque en compañía del amante de Lady Chaterley”.

Sorbió un poco de café, lo saboreó, abrió los ojos, separó la pasta, leyó el título y el nombre del autor. No había prologo, pasó al capítulo uno y leyó lo siguiente:
Marcipolli es un hombre de cincuenta años que en su época escribió un análisis sobre la estupidez humana…

Comentarios (0)

Deja un comentario:

Tu dirección de correo no se publicará. Los campos obligatorios aparecen marcados *