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Mi experiencia bajo tierra - por Federico Nicolás

Solo sentí dolor. No recuerdo haberme alarmado por las vibraciones. Ni si logré levantarme de la cama, como me dijeron más tarde.

Cuando desperté, sentí la presión sobre mi cuerpo asfixiándome. Mis piernas estaban atoradas. Y la oscuridad, a la que tanto estoy acostumbrado, me había paralizado de miedo.

Mis brazos estaban libres. Intenté mover aquella cosa que inmovilizaba mis piernas, pero no logré hacerlo. Solté un aullido de socorro, que rebotó entre los escombros hasta perderse por las grietas.

Mi boca estaba seca y mis piernas ardían. Cada grito en busca de auxilio era una gota de energía derramada inútilmente. Estaba convencido de que moriría allí. Aplastado y sofocado por la falta de oxígeno y desangrado por las heridas que mi ceguera no me dejaba ver.

Sentí la fiebre mucho antes que mi cuerpo se calentara. Los escalofríos subían por mi espalda y enviaban a mis piernas punzadas que me hacían llorar, por mis ojos apagados.

Cuando aquel zumbido de máquinas llegó hasta mis oídos, solté otro alarido de auxilio. Pocos minutos más tarde, la voz potente de un hombre sonó al otro lado de la pared que me aplastaba.

–          Quédese quieto, señor. Vamos a retirar la pared.

Mientras caliento mis piernas enyesadas al calor de la chimenea del hospital, se me ocurren mil respuestas para aquella orden, del tipo: “No iré a ningún lado, señor, estoy atorado”.

Sin embargo, en ese momento, solo dije “está bien” entre sollozos y desesperación.

Mi mente ha bloqueado el recuerdo de mis piernas liberándose de la presión. Solo consigo rememorar el alivio de sentir la brisa acariciando mi rostro, al salir a la superficie, y el coro de aplausos dirigido al grupo de rescatistas que consiguieron salvarme. Dios los bendiga.

Hoy, tres meses más tarde, me atrevo por primera vez a buscar en mi memoria los recuerdos de aquel día. Mi grabadora archiva mis memorias frente a las brasas del hogar, con la absurda idea de que alguien alguna vez quiera oírla.

Comentarios (3):

José Torma

20/05/2026 a las 17:53

Hola, Federico.

Me paso por tu relato al ser el segundo después del mío.

Me ha gustado la ambientación y prácticamente estas ahí con ese hombre que esta atrapado y peor aún, sin poder ver lo que esta pasando, limitado a sus otros sentidos.

Tiene un toque autobiográfico que se entiende en la última línea (espero que solo fueran licencias crativas). Me parece que te van a visitar varios y se van a quedar con el gustillo de un buen relato. Fuiste parco en las palabras, estimo sobraron algunas, pero en realidad no faltaron. La historia esta redonda y lo demás podría haber creado situaciones innecesarias.

Te felicito y te dejo el enlace a una historia que escribí, también para Literautas en el 2013 que va un poco de lo que nos presentas aquí con un pequeño giro que gusto mucho entonces. Sin compromisos, claro está.

Saludos desde México.

https://cuentoshistoriasyotraslocuraselorigen.wordpress.com/2013/11/11/paralisis/

Amadeo

21/05/2026 a las 11:57

Federico.
Muy buena descripción de lo sufrido por el personaje. Lo sentí, pensaba en el pobre hombre.
Tal vez, yo hubiera extendido un poco la salvación y alguno otra consecuencia, aparte de la pérdida de memoria. Tal vez con algún reencuentro.
Felicitaciones.
Cordiales saludos
Amadeo (Argentina)
Estoy en el 16, por si quieres leerlo y comentar

Naír

22/05/2026 a las 12:30

Hola Federico, me paso a comentar tu relato.
Es muy conmovedor, se mueven muchas emociones; haces sentir al lector una sensación de asfixia, de impotencia, de ansiedad incluso. Es como si estuviésemos con el personaje ahí metidos, sintiendo esa angustia y desesperación. ¿Cuántas veces nos hemos sentido así en nuestra vida verdad? Me ha recordado eso, a veces atravesamos situaciones que nos hacen sentir que estemos atrapados bajo tierra sin salida, a punto de morir, con un miedo horrible y con la desesperación de no ver la luz al final del túnel. Pero siempre hay una salida, alguien que te va a ayudar, una solución a nuestros problemas.. Aquí es cuando esa sensación de agonía se convierte en alivio y volvemos a respirar (ya que mientras lo leía tenía la respiración encogida).
Me encanta “estar en vilo” mientras leo un relato y con el tuyo lo he estado. Así que mis felicitaciones y a por el siguiente!
Un saludo.

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