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"Ceguera temporal" - por Lupa Sívori

Web: https://viajarleyendo451.blogspot.com/

“Ceguera temporal”

La primera vez que escuché el silencio lo interpreté como una anomalía menor, una de esas pequeñas fallas que el sistema corrige sin dejar rastro. La chimenea volvió a encender su emisión casi de inmediato, y el aplauso regresó con la misma precisión de siempre, ese golpe rítmico que ordena la respiración, que acompasa los pensamientos.
Así se vive en esta ciudad. El Ministerio de Estabilidad Cognitiva (MEC) lo describe como un modulador esencial para prevenir la ceguera. Nadie recuerda cuándo empezó ni qué había antes. Repetimos la definición como un mantra: sin la señal, la mente se dispersa; sin la señal, aparece la ceguera. Yo también lo creía. O, al menos, nunca había tenido motivos para dudarlo.
Hasta ese corte.
A partir de ahí, empecé a percibir pequeñas irregularidades. No en la chimenea, que funcionaba dentro de los parámetros esperados, sino en mí. El aplauso ya no era una superficie lisa. Era una trama en la que distinguía repeticiones, modulaciones, una arquitectura demasiado perfecta para ser espontánea. Intenté compensarlo. Ajusté la intensidad como recomiendan los manuales, pero el problema no estaba en el volumen. Era otra cosa.
Esperé varios ciclos antes de decidirme. A las 02:03, cuando las brigadas rotan turno y el monitoreo se relaja por unos minutos, abrí el panel de la chimenea. El sello de seguridad se rompió con un chasquido seco que me pareció excesivo en medio de tanto orden. Dudé. Pensé en las advertencias, en los informes sobre episodios de ceguera irreversible.
Finalmente, desconecté el módulo.
El aplauso se apagó de golpe, sin transición. Lo que siguió no fue oscuridad, más bien una especie de vacío que al principio me resultó insoportable. El cuerpo no sabe qué hacer con la ausencia: el pulso se acelera, la respiración se vuelve torpe, la mente busca un ritmo al que aferrarse.
Comprendí por qué lo llaman “ceguera”.
Me obligué a quedarme así, rodeado de una absoluta quietud. De a poco, en ese espacio nuevo, comenzaron a aparecer otras cosas. Mi respiración, primero, irregular y sorprendentemente ruidosa. Luego un zumbido lejano, filtrado desde las otras viviendas que seguían emitiendo. Y finalmente, con timidez, un pensamiento que no parecía responder a ninguna consigna externa.
Pese a que la habitación era la misma, las paredes me mostraron imperfecciones que nunca había registrado, sombras que no respondían a la modulación habitual, una textura en las superficies que el ruido había mantenido oculta. Entendí que la chimenea no evitaba la ceguera: la dosificaba.
Esa idea me acompañó cuando volví a activar la emisión. El aplauso regresó con una densidad mayor. Ahora percibía sus límites, sus repeticiones, el modo en que se imponía sobre todo lo demás. Había algo debajo que persistía incluso cuando el sonido lo cubría.
Salí al pasillo con esa certeza incómoda. Golpeé la puerta del vecino, Gustavo. Un hombre siempre demasiado correcto. Tardó en abrir. Cuando lo hizo, su expresión fue difícil de interpretar.
Le hablé de la chimenea, de que podía apagarse, de lo que había descubierto en ese intervalo sin ruido. Noté que su mirada se desviaba por momentos hacia el sensor del techo, midiendo cada palabra en función de un oyente invisible.
—Eso provoca ceguera —me dijo al fin.
—No —respondí—. La ceguera es esto.
—De eso no se vuelve —agregó, con prudencia. No supe si era una advertencia o una confesión. Cuando le pedí que lo intentara, negó suavemente.
Las brigadas del MEC llegaron poco tiempo después. Hicieron preguntas. Tomaron notas. Ajustaron la intensidad de mi unidad. No me detuvieron. Eso me resultó más inquietante que cualquier sanción. Como si el sistema pudiera tolerar cierto grado de desviación, siempre y cuando no se propagara demasiado.
Ahora estoy otra vez frente a la chimenea mientras el aplauso ocupa su lugar habitual. Todo ha vuelto a la normalidad, aunque ya no puedo percibirlo como antes. Entre un golpe y el siguiente hay un intervalo mínimo, casi imperceptible, y en ese espacio se cuela algo distinto.
A veces pienso en apagar la chimenea otra vez, en quedarme de ese lado donde las cosas no están cubiertas ni ordenadas. Sé cómo hacerlo. También sé lo que implica: la distancia, la incomprensión. El aplauso continúa, firme, envolvente. Una promesa de estabilidad. Yo acompaño el ritmo, porque es lo que se espera de mí.
No sé si vale la pena.
Lo único que sé es que, si decido salirme de ahí, voy a estar solo.

Comentarios (10):

Jairo

19/05/2026 a las 16:38

Qué tal, Lupa.
Primero que nada muchas gracias por leer y comentar mi cuento, así como por tus observaciones.

Sobre tu cuento:
Disfrute leyéndolo, más – tal vez – por la manera en que está escrit, el lenguaje que utiliza y el ritmo que por la historia como tal, que parece ocultar e insinuar más de lo que cuenta, lo que siento que la vuelve interesante.
En general me parece una historia simple y bien lograda, con pocos personajes que funciona precisamente por la forma en que se construye el relato. También destacaría el empleo simple y directo de las palabras del desafío, al igual que el ambiente distópico implícito, si bien no está marcado como participante del reto.

Akira

19/05/2026 a las 22:51

Buenas Lupa! Me paso a bichear aun que mi relato esta en la parte de abajo, y así te comento.

Creo que se te olvidó marcar la casilla de distopía, porque en el relato el ambiente es muy orweliano. Se ve reflejada la esencia en ese ministerio que controla la emisión de las chimeneas.
Las tres palabras están engarzadas en el relato, pero al resignificarlas para darle profundidad a la opresión distopica cuenta entender que son exactamente y que efectos tienen en la población.

Aun así me ha parecido un relato muy interesante y me apetecería segur leyendo.

Un saludo!

Violeta

20/05/2026 a las 08:32

Hazlo, hazlo, sal de ahí. Muy buen relato, Lupa. Relaciono tu texto con el Gran Hermano vigilante y con la gran ceguera. No le puedo poner ningún “pero”. Me ha llamado la atención lo bien que es encajado las tres palabras obligatorias al principio del texto. Y como se van repitiendo sin que resulten forzadas lo más mínimo. Este texto se merece un final más desarrollado en el que -espero-el protagonista se decida a acallar el aplauso embrutecedor. Enhorabuena.

Aner

20/05/2026 a las 21:11

Lupa, qué bien se lee tu historia. Un lenguaje muy bien construido y un protagonista estupendamente representado, con un mundo interior y unas observaciones que lo hacen atractivo. Me encantan las disquisiciones que lanzas, como “el cuerpo no sabe qué hacer con la ausencia”, la referencia a un pensamiento que no responde a ninguna consigna externa o esos intervalos de tiempo mínimos donde no debería ocurrir nada pero es precisamente por donde todo lo trascendente se filtra. Creo que dan profundidad a una ficción que, como es frecuente en las distopías, tiende hacia la reflexión y el cuestionamiento de lo que damos por sentado.

Quizá me quedo con la necesidad de comprender mejor la naturaleza de la relación entre el aplauso y la chimenea, palabras que resignificas pero cuya materialidad sigue siendo una incógnita. Quizá en una versión extendida del relato 😉

Lupa Sívori

21/05/2026 a las 12:36

¡Hola, chicos! Gracias a todos por sus palabras de aliento. En efecto, todos dieron en el blanco con tus observaciones:
– Sí, la idea fue darle el marco distópico y me olvidé de tildar que participaba del reto opcional =P
– Sí, tiene una fuerte inspiración en el Gran Hermano de Orwell, aunque también en el mito de Platón y su caverna. Me parece que hay un intertexto con ese mito también (el fuego, las sombras) y con la idea de “salir de la caverna”.
¡Los seguiré leyendo!

Aram

21/05/2026 a las 16:22

Hola Lupa,

¡Gracias por pasar a comentar!

Lo que más me gustó de tu relato: El ritmo y lo contenido del relato me parece de lo mejor

Lo que menos me gustó: Me parece un relato muy demandante que se ve limitado por las 750 palabras. Despierta algunas dudas que hacen que el conflicto se sienta un poco forzado

Lo que podrías mejorar: Creo que podrías terminar justo en “Entre un golpe y el siguiente hay un intervalo mínimo, casi imperceptible, y en ese espacio se cuela algo distinto.”

En general me parece muy buen relato, me encantó leerlo y espero poder seguir leyendo más. sigue así y nos leemos en el camino.

José Torma

22/05/2026 a las 00:03

Hola Lupa.

Bienvenido, welcome back.

Textos como el tuyo se extrañaban y no sabíamos cuánto.

Este texto, ciertamente es un mundo distópico, asfixiante. Bien escrito. La repetición de las palabras, nos hace caer en esa cadencia que, conociendo tu trabajo, fue totalmente a posta.

Que terrible puede ser la vida cuando el ser humano cede, deja de pensar y de actuar y se dedica a obedecer.

Lo tienes claro amigo y ahora no puedo sacar de mi mente ese aplauso atronador.

Felicidades. Un gustazo tenerte por aquí.

Hugo

23/05/2026 a las 02:48

Hola Lupa:

Muchas gracias por comentar mi texto, tomo en cuenta tus consideraciones.

Llego un poco tarde a comentar tu relato porque los compañeros ya lo han dicho todo y si faltaba algo, lo aclaraste en tu agradecimiento al mencionar el intertexto con la “Alegoría de la caverna”, que se me pasó por alto durante la lectura pero se me hizo evidente con el diario del lunes.

Me gustó mucho tu relato distópico, creo que está muy bien armado porque hay solo un par de párrafos de introducción y el nudo tiene espacio suficiente para desarrollarse, mostrar el conflicto y desembocar en un final abierto, pero que da señales de que el protagonista no apagará la chimenea por temor a quedarse solo.

Resalto la originalidad de crear un Ministerio de Estabilidad Cognitiva (MEC) y el hecho de que al resignificar las palabras del reto construiste un relato cargado de metáforas.

No tengo observaciones de etilo, ni gramaticales para hacerte.

Muy buen trabajo, Lupa.
Aplausos (pero no de los del cuento)

Lupa Sívori

26/05/2026 a las 13:09

¡Gracias a todos por sus comentarios!
Me inflan un poquito el pecho.
Los estaré leyendo también. =)

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