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FLIPA - por MORGAN H. FREEMANR.
Los policías me cercan gritando, escoltados por sus perros de chapa. Antes de que puedan capturarme, le doy a “enviar” y, pensando en ti, mastico y trago una cápsula de cianuro.
En el video, que he mandado a Cato para su difusión internacional, se ve a unos agentes armados llevando a un grupo de prisioneros, a un edificio cuya chimenea expulsa un humo negro y maloliente. Hay cosas que no han evolucionado nada.
Todo empezó hace dos años, el último día clase, cuando en la puerta del aula, oteaba ansioso el pasillo para ver llegar tu melena negra y rizada, y decirte lo que mi enfermiza timidez, había aplazado, día tras día, con las excusas más peregrinas. Pero no apareciste.
Al final de clase, la profe nos dijo que tú, Amaranta y Ricardo, estabais detenidos, acusados de terrorismo y difamación; delitos penados con pena de muerte.
En cualquier caso —dijo la profe terminando su arenga— damos por finalizado el curso de “Introducción a la “meta verdad””, disfrutad de las vacaciones ¡Viva la inteligencia artificial! ¡Viva el algoritmo!
—¡Viva el algoritmo! —contestamos todos al unísono con un cerrado aplauso.
Deprimido por tu ausencia, no fui con mis compañeros al centro virtual de ocio, y al alejarme de la facultad, apareciste de sopetón a mi lado y me empujaste al patio de un viejo edificio.
—¡Chitón! —me dijiste, tapándome la boca para silenciar la explosión de alegría que anunciaba mi rostro— te estaba esperando. Escúchame bien: Soy guerrillera del “Frente de Liberación de las Personas Analógicas” y quiero pedirte algo.
—En clase nos han dicho que estabais detenidos.
—Ricardo sí. Se lanzó contra los policías cuando vinieron a identificarnos para permitirme escapar. Es un valiente.
Y clavándome tus ojos verdes, más oscuros y profundos que nunca, me dijiste:
—Necesitamos tu ayuda. Creemos que, de todo el curso, tú eres el único que puede apoyarnos. Toma, —y dándome un folleto continuaste— esto es el manifiesto por la libertad analógica, léelo y si quieres unirte a nosotros, nos vemos mañana. Sé discreto, y ten siempre actualizado el móvil.
Camino de casa me topé con un control aleatorio de la policía digital. El panfleto que me diste me ardía en el bolsillo. Pensé que podían oír los latidos de mi corazón.
Una pareja de policías examinaba el móvil de una anciana vestida de negro con moño y bastón.
—Hoy no ha dado ningún like al Presidente Perpetuo —le espetó un guardia de mirada torva— ni tiene actualizado el canal de noticias de la Fundación.
—Esto es muy serio, abuela —añadió el otro— estar desinformada es un delito grave. Ande, por esta vez pase. Pero que no se repita.
—¡Viva el algoritmo! —gritaron los policías.
Y la vieja, aturullada y temblorosa contestó:
—Viva el go…, viva algo el ritmo.
En la acera de enfrente otro policía tenía a un joven de rodillas, custodiado por dos perros mecánicos, a la espera del furgón policial.
Por la noche leí el programa de Flipa, donde se denunciaba el control de la población a través de teléfonos móviles obligatorios, la desaparición de personas y la difusión masiva y de obligada lectura de noticias falsas, sin posibilidad de ser contrastadas. Los periódicos estaban prohibidos y en televisión sólo emitían música y deportes. El manifiesto terminaba con unas consignas básicas:
-Contra la dictadura digital.
-Libertad de expresión.
-No al monopolio de noticias de la Fundación.
-La tecnología es un derecho, no un deber.
Dormí mal. Desasosegado por el miedo a la policía, por descubrir una realidad espantosa, antes oculta por una ceguera feliz, y por el deseo de volver a verte, imaginando que éramos unos “Bonnie & Clyde” 2.0
El día siguiente, después de actualizar las noticias de la Fundación, y dar likes al Presidente Perpetuo, fui a tu encuentro sabiendo que mi vida ya no sería la misma.
Las paredes del sótano estaban cubiertas de mapas y fotografías con el nombre de personas detenidas; la última era de Ricardo. Sobre una mesa, prensa extranjera y proyectos de nuevas acciones de protesta. Me preséntate a Cato, quien, si decidiera integrarme, sería mi contacto en Flipa. Después cogiste una mochila, y dándome un leve beso en los labios nos dijiste:
—Debo huir a la zona libre. Estaremos en contacto por “Canal Elipsis”. ¡Ojalá podamos vernos pronto!
Cuando la puerta se cerró tras de ti y tu olor a gardenias, Cato y yo nos miramos, compartiendo el mismo desamparo por tu ausencia, pero también la misma determinación libertaria.
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