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Los desaparecidos de Lagrange - por Diana TR.
Esa tarde sólo se escuchaba el sonoro rasgueo de las plumas contra el papel. “Aún son jóvenes” pensó el bibliotecario, recordando la frase “sólo el ciego y el necio caen al vacío”. En secreto, le aterraba la ceguera y necedad de los muchachos, y esperaba, no terminasen mal. Su mirada se desviaba de vez en vez hacia la puerta, y su corazón repiqueteaba en su pecho. Era la primera vez que se reunían de esta manera, y el simple hecho de estar ahí los hacía merecedores de un alto precio sobre sus cabezas. Si alguien los descubría…
El hombre observó su reloj. Cuarenta minutos sin incidente. A ese punto no tenía nada que temer, ¿o sí? Ni que tuvieran vigilado a cada individuo. No aún.
Se sacudió los pensamientos de un suspiro. Tal vez no los vigilaran las 24/7, pero sus sensores, estratégicamente colocados, podían detectar el miedo. Se alzó para dar indicaciones cuando alguien gritó:
—Lagrange no sólo era un envidioso. ¡Era un narcisista!
En ese momento, Ian Gabera Pérez entró a la habitación, vestido con su característica túnica negra y cinturón ancho, el sable plateado colgando a su costado. El aire se cargó con electricidad. Todos quedaron congelados, anonadados por la presencia del Presidente. Hacía un año que no se le veía en público, desde que los Senadores, hombres con poca gracia, cuya capacidad cerebral era inversamente proporcional al tamaño de su panza, tomaron cargo del Estado Patrio. Durante veintiséis días evitaron conferencias y después se negaron a comentar sobre el Presidente más que un mensaje claro: Se le sospechaba de desaparecido.
Pero todo el pueblo sabía que esas eran patrañas.
El Presidente era un buen hombre, y los buenos hombres no “desaparecían”. Siempre tramaba algo, y las personas lo reconocían desde la monumental Planta de Enfriamiento que le ganó la aceptación y aplausos del público. Lo tachaban de loco, y probablemente lo era, pero nadie podía negar su éxito y popularidad.
En menos de tres años, construyó su planta nuclear en la decaída costa de San Felipe, que no sólo sirvió de purificadora para las aguas del golfo, atrayendo nuevas especies marinas e impulsando el negocio de la pesca, sino que también enviaba emisiones limpias a la atmósfera. El equipo de Ian, compuesto por no más de cinco profesionales, entre ellos el afamado doctor H.A.Leyba, perfeccionó la fórmula termodinámica que estandarizó la creación de nubes de lluvia controladas, y logró la legalización de esta técnica en la región. Tras dos meses, acabaron con las temperaturas infernales de lo que en algún tiempo fue el noroeste del Estado, y recuperaron más de 250km² de territorio antes inhabitable por sus condiciones climáticas.
El bibliotecario, entre tartamudeos, expresó lo honrado que se sentía por su visita, y el alivio que era saber que seguía actuando bajo sus propios medios, pero dentro de él aullaba el creciente temor de que alguien indeseado los descubriera. El Presidente lo calló con un gesto de la mano y avanzó hasta el fondo de la biblioteca sin decir más.
—¿Y lo demás? —rugió, al no encontrar lo que buscaba.
—¿D…demás? —preguntó el bibliotecario, al borde del llanto.
Los jóvenes universitarios se habían recuperado de la conmoción, y sus cuchicheos se agazapaban en la habitación como una nube de humo gris de chimenea: inevitable y tóxico.
El Presidente retomó la compostura. Cuando habló fue con el tono que usa alguien para explicarle a un crío que uno más uno es dos. Su figura se alzaba como un ser superior, omnisapiente.
—Busco los desaparecidos Libros de Lagrange. En el último mes, los Senadores han hecho lo posible por hacerlos desaparecer, sabiendo el conocimiento que sus hojas resguardan. Han monitoreado los servidores de internet, al punto de convertirlos en un cepo para ratones. Han destrozado las bibliotecas y condenado a quién se acercase a una. Han prohibido la entrada a los archivos nacionales e internacionales. Pero he seguido una pista, y creo que el ejemplar que busco se encuentra justo aquí, en la biblioteca central de mi alma mater. En él encontraré información indispensable sobre el Leybium que me permitirá acabar con esta locura de una vez por todas.
Cuando hablaba, parecía perdido en las ensoñaciones, pero un muchacho, muy valiente o muy tonto, se aclaró la garganta.
—Señor, esta no es la biblioteca central. Nos encontramos en la facultad de artes.
La cara del Presidente adoptó un tono bermellón, tal vez por la furia o por la vergüenza.
—¡Zoquete! —Y con ese comentario, el Presidente desapareció.
Ccomentarios (1):
Pilar A. G.
18/05/2026 a las 20:32
Es un relato sorprendente. Me ha costado un poquito engancharme al principio, luego ha fluido mejor. Creo que en los relatos los números se escriben siempre con letra. Son detalles sin importancia. Ha sido un gusto leerte, Diana.
Un abrazo