Literautas - Tu escuela de escritura

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Antes del Amanecer - por Elena M.

Aquella noche el aplauso del público fue más largo de lo habitual. Había hecho quizás su mejor actuación. Solo él sabía que probablemente se tratase de su última función, y esa convicción interior le había dado el impulso para bailar como lo había hecho. Sus compañeros de la compañía de ballet también lo habían felicitado.
Se cambió rápido de ropa y salió.
—¡Eh, Ricardo!, ¿a qué viene tanta prisa? Hoy vamos a celebrarlo a lo grande —dijo un joven con la cara a medio desmaquillar.
—Id yendo, tengo que hacer un recado y os espero donde siempre.
Ricardo cogió su bolsa y salió. No tenía intención de reunirse con ellos. Se subió al primer taxi que pasó.
Dentro de poco esas calles monótonas serían sustituidas por otras, la ciudad sería otra y él mismo sería finalmente libre (y feliz). El corazón le latía con fuerza y le dolían los pies, pero no importaba.
Saltó fuera del vehículo, no sin antes darle indicaciones al conductor de que esperase. Corrió alegre hacia la casa y abrió la puerta emocionado.
Muy pronto los dos estarían lejos de allí. En el bolsillo de la chaqueta tenía los billetes del tren, que los llevaría a su primer destino. Desde allí tomarían un avión hacia la Tierra Prometida. Era así como solían llamar a América; lo hacían entre risas cómplices y abrazos cálidos. No sabían en qué país acabarían. Lo importante ahora era huir, escapar de las miradas, de las sospechas y de los rumores.
En el recibidor esperaban un par de maletas pequeñas. Eran una señal más de que el plan estaba en marcha.
Entró en la sala. Frente a la chimenea apagada y dándole la espalda estaba quien Ricardo más amaba en el mundo.
—¡No me puedo creer que vayamos a hacer esto! ¡Estoy tan nervioso! —exclamó con una emoción que le traspasaba la voz—. ¡Oh, amor!
Y abrazó al joven que todavía le daba la espalda.
—Ricardo… yo… —y se volvió con lentitud.
—¿Qué pasa?
El abismo se abrió ante él.
—Lo he estado pensando… y no creo que sea una buena idea.
Ricardo empalideció. Esas palabras le golpearon el pecho provocándole un dolor agudo y penetrante.
—Manuel, ¿qué es eso de que no es buena idea? Llevamos meses planeando esto. Sabes que aquí no podemos estar juntos.
Manuel lo miró. Intentaba aparentar serenidad, pero sus ojos mostraban la tempestad que había en su interior. Tomó las manos temblorosas de Ricardo.
—Sé muy bien todo lo que hemos planeado y créeme que ha sido hermoso soñar contigo todo eso, pero tenemos que ser sensatos. Estamos enamorados y la ceguera nos impide ver la realidad. ¿De qué viviremos? Tú eres un bailarín brillante y yo un periodista. No podemos tirar por la borda nuestras carreras.
Ricardo lo miró con los ojos desorbitados; su cerebro no alcanzaba a entender las palabras. Ya habían tratado todas esas cuestiones.
Manuel se giró de nuevo para ocultar las lágrimas que inundaban sus ojos. Intentó con todas sus fuerzas controlarlas, pero explotó en un llanto acompañado de violentos sollozos.
Ricardo había visto cómo en tan solo cinco segundos su vida había cambiado por completo. Pensó que quizá esa era la sensación que muchas personas tenían antes de morir: la de ver pasar ante sí su vida completa antes de dar su último aliento.
—Manuel, lo que acabas de decir son excusas. Te conozco, sé que tienes miedo. Yo también lo tengo, pero fuera de este país nos espera la felicidad. Hasta ahora hemos tenido suerte, pero nada es duradero y nos pueden detener cualquier día. ¿Acaso quieres vivir así? Venga… el taxi está fuera esperando.
Dijo estas últimas palabras como si se le escapara el alma, casi en un susurro.
—No puedo hacerlo. No estoy preparado. —Se giró y miró a Ricardo entre lágrimas—. Lo siento.
Se acercó y lo abrazó sin dejar de repetir “perdóname”.
El claxon del taxi cortó aquel último instante de intimidad.
Se besaron. Fue un beso agridulce, con sabor a amistad, a pasión, a complicidad oculta, pero también con el sabor amargo del desengaño y la decepción.
—Debo irme.
Y salió con paso apresurado tal y como había entrado, pero ahora con el corazón totalmente roto. Notaba cómo su garganta se cerraba y aspiró el aire gélido de la noche como si emergiera de las oscuras aguas de un lago.
Comprobó la hora. Todavía podía reunirse con sus compañeros o ir a la estación.
—¿Hacia dónde vamos?
—No lo sé.

Ccomentarios (1):

Violeta Negre

18/05/2026 a las 20:42

Hola, Elena. Cuando he leído el título pensaba que iba a encontrarme con una historia de vampiros!!! Me alegra ver que no ha sido así. Qué rabia me ha dado comprobar que la pareja no se fugaba hacia la “Tierra Prometida” por miedo. La atmósfera está muy conseguida y el cambio en el protagonista, que pasa de la ilusión a la enorme decepción, totalmente verídico. Si sigo con las referencias cinematográficas, veo a Manuel Bandera en “Ay, Carmela”. Genial, Elena.

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