Literautas - Tu escuela de escritura

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osvaldo.vela@gmail.com - por Osvaldo Mario Vela Saénz

A la edad de cinco años tuve mi primer encuentro con una escuela, pero no una cualquiera. Ese escueto plantel tenía una misión grande; alfabetizar a un pueblo. Un día, al pasar temprano frente a la escuela rural, mis ojos se toparon con niños, mochilas y loncheras. Escenario demasiado atractivo a mi niñez.

Le pedí a mi abuelo que me dejara allí. Él, sin dilación, detuvo su vehículo y de la mano me llevó ante la maestra. Hablaron, no supe de qué, pero terminé sentado en un pupitre. La maestra me dedicó una atención especial. Con un trato de seda me fue interesando en mi primera docencia; para culminar con una pregunta de futuro incierto.

— ¿Osvaldo que quieres ser cuando seas mayor?

Mi respuesta no dilato: título que algunos compañeros. hoy en día, me lo recuerdan.

—Un caballero, maestra.
Ante una réplica tan sincera y de tema tan amplio. la maestra se explayó; toda una mañana entre preceptos y comportamientos necesarios para calificar. Obligaciones que, abonaron profundo conocimiento del tema en todos los alumnos, incluyéndome.

Al final, con extremo cuidado le aclaré mi percepción de infante:

—Maestra, yo, solo quiero ser el mejor vaquero de a caballo como mi padre.

Un estrecho abrazo, la risa cristalina de la maestra y el aplauso de los compañeros, fueron premio excelso, a mi primera docencia.

Han pasado siete décadas; hoy, ese rinconcito de enseñanzas ha desaparecido. Una invasión de armas de fuego a nuestra región, en un proyecto bélico conocido como “Rápido y Furioso” en 2009, ha evolucionado en violencia sin fin. En 2015 Fui a obsequiar, a la Biblioteca municipal de Ciudad Guerrero, un par de tomos de historietas. Allí, pregunté por el caserío de mis primeras letras. Recibí como respuesta, que el pueblo estaba inhabitado.

Me sentí abatido y programé una visita al rancho.

Desde un lomerío, camino a mi cita, lo divisé. Las viviendas, con una blancura que destellaba a la distancia y sus bien configuradas calles, se veía hermoso. Solo qué, al cruzar la línea limítrofe, la soledad era total. Huellas de metralla en Las paredes y algunos techos volados por algún bombardeo. Acciones, no en contra de los moradores, sino para evitar qué las viviendas pudieran ser habitadas por indeseables.

Que desastre, mi primera escuela con ambas puertas y ventanales violentados. En la esquina noroeste, sobre el piso alguien construyó, con adobes, ladrillos y una lámina por encima lo que me pareció una chimenea. las cenizas y remanentes de leños mal quemados me decían qué, alguien se cobijó bajo el calor de aquel rincón. Yo, de pie ante la construcción, pude ver sobre la pared, un cuadro de la última cena. Aquello semejaba ser un lugar de oración. La fe de nuestra estirpe presente, aunque todo apuntara a un final desolado. Por un momento quise ser poseedor de una ceguera total para no ver aquel desastre.

Sentí culpabilidad: unas viviendas derruidas me reclamaban: la ingratitud del olvido.

El futuro distópico de un niño que soñaba con ser el mejor jinete mostraba su debilidad ante una violencia sin fin. Fue entonces que mi mente, sufrió un enroque como de juego de ajedrez en peligro de jaque mate. Mi nueva visión del entorno era diferente a una de destrucción.
Bajé al rio buscando la enmienda.

El murmullo casi silencioso de las corrientes me avasalló. Pude observar el cristalino líquido, la blancura de sus espumas y el ondular de sus corrientes. La visión frente a mí, clamaba sobrevivencia.

El húmedo escenario se repetía más bello que mí rememorar. Unos cenzontles con su despertar a una mañana hermosa cantaban la sinfonía de la naturaleza, mientras, unos pajarillos se mostraban amor jugueteando entre aleteos y trinos, cual poesía escrita de la naturaleza. En ese coloquio, sus andanzas de conquista permitían que las ramas de un huizache se mecieran al ritmo que imponía el correr de las aguas; el canturreo escénico del entorno llegaba claro a mis oídos. A lo lejos pude atestiguar el constante emigrar de peces diferentes; robalos de río, carpas, bagres, mojarras y otros más que nadaban contracorriente por encima de las lajas. Éxodo que dejaba plasmado sobre ellas, la estela de sobrevivencia de su nado en busca de un estanque que les garantizara una estadía más segura donde desovar.

Ante tanta bonanza de la naturaleza, llegué a la conclusión que, la violencia con sus sombríos fines, jamás podrá acallar
una natura que, primavera tras primavera, con abundancia salvaje nos acoge y llena de bríos; nuestros planes de reconstrucción.

Ccomentarios (1):

José Torma

19/05/2026 a las 00:10

Mi querido compadre.

Son ya muchos años de tu amable amistad y cada vez me encuentro con una anécdota, un recuerdo o tal vez ficción de lo que es nuestra tierra norteña. Tan lejos de Dios y tan cerca de los EEUU. Es muy fácil verte recorrer el camino que marcan tus letras, la imagen del pueblo abandonado por los motivos que todos sabemos es brutal. Y al final, característica que nos hace únicos, la fe indomable de que todo puede ser mejor. Gente del norte que no baja las manos y sigue luchando. Te admiro mucho, compadre. Tienes ese don de contar que atrapa y mas cuando sabemos que son recuerdos y vivencias.

Me ha gustado mucho, espero seguir leyéndote un buen rato.

Felicidades.

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